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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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El taller de Duncan ocupaba la esquina de una carretera secundaria donde Highgate converge con Islington. El muro alto de ladrillo gris, con manchurrones allí donde se había intentado sin éxito borrar las pintadas, estaba interrumpido por una puerta doble provista de candado. Las dos hojas de la puerta estaban abiertas, y en el interior, a la derecha, había un pequeño despacho. Una mujer joven, cuyo cabello, de un amarillo inverosímil y recogido en la coronilla con un enorme pasador de plástico, semejaba una cresta, estaba sentada frente al ordenador. A su lado se inclinaba para examinar la pantalla un hombre fornido con una chaqueta de cuero negro. Este se incorporó cuando Piers llamó a la puerta y fue a abrirle.

Piers abrió la cartera y se identificó:

– Policía. ¿Es usted el encargado?

– Eso dice el jefe.

– Nos gustaría hablar con el señor Stanley Carter, ¿está aquí?

Sin molestarse en echar un vistazo a la placa de identificación, señaló con un movimiento de la cabeza la parte trasera del taller.

– Ahí detrás. Está trabajando.

– Nosotros también -contestó Piers-. No le entretendremos demasiado.

El encargado regresó a la pantalla del ordenador y cerró la puerta. Piers y Benton-Smith rodearon un BMW y un Volkswagen Golf que debían de pertenecer al personal, puesto que ambos eran modelos recientes. Detrás de los vehículos, el taller adquiría dimensiones mayores, con paredes de ladrillo pintado de blanco y un techo alto. En la parte de atrás había una plataforma de madera que hacía las veces de piso adicional, a la que se accedía por una escalera que quedaba a mano derecha. La parte delantera de la plataforma estaba decorada con una hilera de radiadores relucientes que semejaban los trofeos capturados en una batalla. La pared de la izquierda estaba cubierta de estantes de acero y por todas partes -a veces colgadas en ganchos y etiquetadas, pero la mayor parte de las veces en un revoltijo que daba la impresión de caos organizado- aparecían las herramientas propias del oficio. El lugar tenía para Piers el mismo aspecto familiar que otros similares, con sus montones de piezas acumuladas por si en algún momento resultaban de utilidad. Alineados en el suelo había bombonas de oxiacetileno, latas de pintura y disolvente, bidones de gasolina aplastados y una prensa, mientras que encima de los estantes colgaban llaves inglesas, cables de arranque, bandas de ventilador, gafas de soldador y varias pistolas de pintura. El taller estaba iluminado por dos tubos fluorescentes largos. El aire frío olía a aceite y pintura, y el único ruido que se oía era un leve golpeteo procedente de debajo del chasis de un Alvis gris de 1940 que había en el elevador. Piers se agachó.

– ¿El señor Carter? -gritó.

El golpeteo cesó. Dos piernas se deslizaron de debajo del vehículo y luego se materializó un cuerpo, vestido con un mono sucio y un suéter grueso de cuello alto. Stan Carter se puso de pie, se sacó un trapo del bolsillo y se frotó las manos lentamente, prestando atención a cada uno de los dedos mientras miraba a los agentes con expresión serena. Satisfecho con la redistribución del aceite en sus dedos, les estrechó la mano con fuerza, primero a Piers y luego a Benton-Smith, y a continuación se restregó las palmas en las perneras como para quitarles cualquier rastro de contaminación. Estaban ante un hombrecillo enjuto con una tonsura en la cabeza y un flequillo tupido de pelo cano, cortado muy corto en línea recta encima de una frente alta. Tenía la nariz larga y aguileña y la palidez de sus pómulos era típica de un hombre cuya vida laboral se desarrollaba en un recinto cerrado. Se lo podía confundir con un monje, pero no había nada contemplativo en aquellos ojos atentos y perspicaces. Mantenía el cuerpo muy erguido.

Piers dedujo que debía de haber sido soldado. Hizo las presentaciones de rigor y a continuación, añadió:

– Estamos aquí para preguntarle por el doctor Neville Dupayne. ¿Se ha enterado de que ha muerto?

– Me he enterado. Lo habrán asesinado, supongo. No estarían aquí si no fuese así.

– Sabemos que usted se ocupaba del mantenimiento de su Jaguar E. ¿Podría decirnos cuánto tiempo lleva haciéndolo y en qué consiste normalmente su trabajo?

– En abril hará doce años. Él lo conducía y yo cuidaba del coche, siempre la misma rutina. Lo recogía a las seis todos los viernes por la tarde de su garaje en el museo y regresaba los domingos a última hora o hacia las siete y media los lunes por la mañana.

– ¿Y lo dejaba aquí?

– Por lo general lo llevaba directamente al garaje, que yo sepa. Solía ir allí los lunes o los martes y lo traía para la revisión, limpiarlo, comprobar el aceite y el agua, llenar el depósito…, en fin, hacer lo que sea necesario. Le gustaba que el coche estuviese impecable.

– ¿Qué sucedía cuando lo traía aquí directamente?

– Nada. Lo dejaba para la revisión, sin más. Sabía que estoy aquí a las siete y media, así que si tenía que decirme algo relacionado con el coche venía aquí primero y luego tomaba un taxi para ir al museo.

– Si el doctor Dupayne traía el coche, ¿le hablaba de su fin de semana, de dónde había estado, por ejemplo?

– Era bastante reservado, en realidad, salvo cuando se trataba del coche. Puede que charlásemos un rato, del tiempo que había hecho ese fin de semana, tal vez.

– ¿Cuándo lo vio por última vez? -preguntó Benton-Smith.

– Hace dos semanas, el lunes. Trajo el coche justo a las siete y media.

– ¿Qué aspecto tenía? ¿Le pareció que estaba deprimido?

– No más que cualquier persona una mañana lluviosa de lunes.

– Conducía rápido, ¿verdad? -inquirió Benton-Smith.

– Bastante rápido, imagino. No tiene sentido conducir un Jaguar E para ir de paseo.

– Si supiéramos hasta dónde llegaba, eso nos daría una idea de adónde iba. No se lo decía, supongo -añadió Benton-Smith.

– No, no era asunto mío adónde iba. Ya me lo han preguntado antes.

– Pero debía de tomar nota del kilometraje -intervino Piers.

– Es posible. Al coche le toca la revisión completa cada cinco mil kilómetros. Por lo general, no hay mucho que hacer. Tardaba un poco revisando el carburador, pero era un buen coche. Iba muy suave, al menos mientras cuidé de él.

– Apareció en 1961, ¿verdad? -dijo Piers-. No creo que Jaguar haya hecho una máquina más bonita.

– No era perfecta -contestó Carter-. A algunos conductores les parecía pesada y no a todo el mundo le gustaba su carrocería, pero ése no era el caso del doctor Dupayne. Le tenía muchísimo cariño a ese coche. Supongo que se alegraría de que el Jaguar y él se fuesen juntos de este mundo.

Haciendo caso omiso de aquel sorprendente arranque de sentimentalismo, Piers preguntó:

– ¿Y el kilometraje?

– Rara vez menos de ciento sesenta kilómetros cada fin de semana, por lo general entre doscientos cincuenta y trescientos. En ocasiones bastante más. Eso era sobre todo cuando volvía los lunes.

– ¿E iba solo? -inquirió Piers.

– ¿Cómo voy a saberlo? Nunca vi a nadie con él.

– Vamos, señor Carter -dijo Benton-Smith en tono de impaciencia-, ha de tener alguna idea de si alguien lo acompañaba. Semana tras semana revisando el coche y limpiándolo…; tarde o temprano hay alguna prueba, un olor distinto, incluso.

Carter lo miró fijamente.

– ¿Qué clase de olor? ¿Pollo al curry con patatas? Normalmente conducía con la capota baja, hiciese el día que hiciese, a menos que lloviera. -Acto seguido, añadió con un dejo malhumorado-: Nunca vi a nadie con él y nunca olí nada raro. ¿Por qué iba a ser asunto mío con quién iba?

– ¿Y las llaves? -preguntó Piers-. Si recogía el coche del museo los lunes o los martes debía de tener llaves tanto del Jaguar como del garaje.

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