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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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– ¡Me ha dejado abandonada! ¡Oh, cielos, Luiza! ¿Qué voy a hacer?

– Primero te sientas aquí, te tomas un chocolate y te tranquilizas. Luego me cuentas lo que te pasa.

Pero hacía tiempo que Luiza conocía el problema que preocupaba a Vitória. El escaso apetito de su sinhazinha, así como su cara pálida, le habían hecho intuir la verdad semanas antes.

Mientras Luiza preparaba el chocolate, Vitória se sentó en la mesa, escondió la cara entre sus manos y el llanto la hizo convulsionarse de tal modo que el agua que había en una jarra junto a ella casi se desborda.

– Te traeré un coñac del salón -dijo Luiza dirigiéndose hacia la puerta después de servirle el chocolate.

– ¡Ni hablar! Hasta ahora el alcohol sólo me ha traído problemas. No beberé nunca más. ¡No probaré ni una sola gota!

Luiza encogió los hombros. Se sentó en una silla de paja junto a Vitória y esperó a que ésta empezara por sí sola a contarle sus penas.

– Espero un hijo de León -dijo Vitória, y levantó la nariz. En su voz había obstinación, como si fuera Luiza la causa de sus males-. Le he escrito contándoselo, pero en lugar de casarse conmigo, se marcha a un largo viaje a ultramar. Así de sencillo.

Volvió a sollozar con fuerza. Luiza le entregó un gran pañuelo sucio.

– No quiero a ese niño. Me repugna tener un hijo de ese libertino irresponsable. Ayúdame a deshacerme de él.

De pronto Vitória había tomado la decisión a la que había dado vueltas durante tanto tiempo: se sintió aliviada ahora que podía actuar, que tenía una meta. Al mismo tiempo estaba profundamente alterada. ¿Realmente había pedido ayuda para abortar?

– Sinhazinha, ¿estás completamente segura de que eso es lo que quieres?

No, no estaba segura. Pero ¿qué otra opción le quedaba?

– Sí -respondió.

– Yo te puedo ayudar. Pero espero que sepas el peligro que corres. Es una operación complicada y puedes morir. Lo que es seguro es que estarás muy enferma, y eso no es fácil de ocultar. Tu familia hará preguntas. Dona Alma adivinará lo que has hecho. Y además existe el riesgo de que no puedas tener hijos nunca más. ¿Quieres asumir todos esos riesgos?

– Luiza, todo eso suena horrible. Pero no es ni la mitad de malo que el destino que me espera si tengo el niño.

– ¿De cuántos meses estás?

– De tres.

– No se puede esperar más. Cuanto más tardes, más difícil y peligroso será. En cualquier caso, es mejor que duermas toda la noche. Hoy has recibido la carta y estás demasiado alterada para tomar una decisión. Si mañana sigues decidida, te llevaré con Zélia. Ella sabe lo que hay que hacer.

– ¿Zélia? ¡Pero esa vieja está loca!

Zélia era una negra delgada, de pelo canoso y contrahecha que, debido a su edad, ya no trabajaba en los campos, sino que limpiaba las senzalas. Todos en Boavista la temían, porque con su voz penetrante como un graznido no paraba de soltar obscenidades y avergonzaba a todos con sus agudas e irrepetibles observaciones. Seguro que era capaz de anunciar el estado de Vitória por todo el patio gritando: «Nuestra virtuosa sinhazinha es en realidad una perra preñada», o algo peor.

– Zélia no está loca -dijo Luiza-. Es muy lista. Y sabe mucho de plantas y de medicina natural. Todos la temen porque es una mae de santos, no porque se comporte de ese modo. Eso lo hace para estar preparada por si un día la descubren haciendo sus rituales de macumba. Nadie pensaría que está haciendo nada sospechoso, sólo que está loca.

– ¿Qué es una mae de santos?

– En macumba es lo mismo que un sacerdote en una misa católica.

– Pero… ¿acaso no son católicos todos los esclavos? Los hemos bautizado a todos y los hemos educado en la fe de Cristo. ¿Cómo podéis mantener todavía cultos africanos?

– No temas, Vita. Todos creemos en el Buen Dios y la Santísima Trinidad. Pero a veces nuestro Padre del cielo no cree en nosotros, y entonces tenemos que pedir ayuda a otros dioses.

– ¡Luiza!

– No seas así, sinhazinha. Ni tú misma piensas ahora que tu Dios te esté prestando ayuda.

– No. ¡Pero Zélia!

– Confía en mí, niña. Yo nunca permitiría que te ocurriera nada malo.

Vitória se encogió en la tosca silla de paja. Dudaba que Luiza pudiera decidir si le ocurría algo malo o no. Se tomó a sorbos el resto del chocolate ya frío y se sintió muy desgraciada.

Al día siguiente no había cambiado su decisión de poner un final sangriento a todo ese asunto. Si tenía que morirse, pues se moría: cualquier cosa sería mejor que ser enterrada viva para el resto de su vida. Fue a ver a Luiza a la cocina y aprovechó un momento en que nadie las molestaba.

– Dile a Zélia que quiero hablar con ella esta tarde, antes de que regresen los esclavos. A solas. La veré en las senzalas, diré que voy a inspeccionarlas.

– Oh, pero…

– ¿Qué?

– Normalmente Zélia sólo recibe cuando ella dice.

– Ah, ¿tiene que concederme audiencia? No, esta vez hará lo que yo diga. Al fin y al cabo, me pertenece.

Como si hubiera recibido una orden, Zélia pasó a toda prisa ante la ventana de la cocina sin dejar de murmurar. Vitória la observó. Nunca había pensado que la vieja mereciera un examen más detallado. Sencillamente estaba allí, como un mueble que está siempre en una habitación y cuya singularidad se percibe sólo cuando falta. Zélia era pequeña y nervuda.

Tenía un trasero muy prominente y la cintura muy fina, por lo que su cuerpo no era muy diferente al de una hormiga. Aunque no resultaba muy femenino. Sus musculosas piernas negras podrían haber sido las de un joven adolescente, y sus pies anchos y callosos los de un esclavo del campo. Su cara era aún menos agradable. Tenía los rasgos típicos de los negros de África occidental, con los labios muy gruesos, la nariz corta y ancha y el contorno redondo. En las mejillas tenía unas cicatrices decorativas que Dios sabe quién se las habría hecho, ya que, por lo que Vitória sabía, Zélia había nacido ya en Brasil.

Aunque Zélia no tenía arrugas en la cara, parecía muy vieja. Vieja y sabia. Sí, mirándola mejor Vitória pudo ver en el rostro de la esclava algo que antes no había percibido. Irradiaba una cierta dignidad, además de sabiduría e inteligencia. ¿Cómo podía habérsele pasado por alto todos esos años? Seguro que con esta mujer estaba en buenas manos.

Cuando Vitória estuvo frente a ella, afloraron sus anteriores temores con doble intensidad. La vieja estaba loca, y ella misma estaría más loca aún si confiaba en su arte médico.

– Ah, nuestra sinhazinha se ha dejado montar y no ha pensado en las consecuencias. ¿Para qué te han mandado tantos años a la escuela, si no conoces las cosas más elementales de la vida?

– En primer lugar, me tienes que tratar siempre de usted, sea cual sea la situación en que me encuentre. En segundo lugar, no me he dejado montar porque no soy un animal, sino que he amado y he dejado que me amaran. En tercer lugar, en la escuela he aprendido que no hay que adorar a más Dios que al Todopoderoso. Y por eso me da igual tu rango dentro de tu extraña religión. Para mí eres y seguirás siendo la vieja Zélia, y no te voy a respetar ahora más que antes. En cuarto lugar, haz el favor de hablar más bajo, no hace faltan que en Boavista se enteren todos del motivo que me trae hasta ti.

– ¿Entonces quieres deshacerte del hijo de un loco?

– ¿Tengo otra elección? Luiza dice que tú puedes hacerlo.

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