La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– ¿Eso dice? Ya, bueno, no estoy tan segura. No siempre sale bien. Antes tengo que examinarte. Si los dioses quieren y lo hacemos en una noche de luna llena, podría funcionar.
– ¿No ibas a tratarme de usted?
– No, tú querías que lo hiciera. Pero créeme, niña, a mis sesenta y seis años no voy a llamar de usted a ninguna pollita como tú. Bueno, tampoco eres ya una pollita, más bien una gallina ponedora. -Zélia soltó una estruendosa carcajada.
– Y si no me hablas como corresponde entonces te juro que haré contigo picadillo de gallina.
Zélia se apretaba el vientre de risa.
– ¡Ah, sinhazinha, tienes mucho valor, lo reconozco! Eso te ayudará cuando te saquemos el huevo. -De nuevo se partió de risa a causa del chiste que se le había ocurrido-. ¡El huevo! ¡Ja, ja, ja! Pero no el de Colón. -No podía dejar de reír.
Vitória frunció el ceño. ¿Cómo es que la vieja sabía todo eso?
– A mí no me hace tanta gracia. Dime cuándo y dónde va a tener lugar esa horrible intervención.
– Cuanto antes, mejor. Ven esta tarde a mi cuarto. Después de comer. Pero no comas ni bebas demasiado; si la vejiga y el intestino están llenos no puedo palpar bien.
¡Cielos! La simple idea de que aquella espantosa mujer la iba a tocar hizo temblar a Vitória. Pero, bueno, lo soportaría. Luego se dio cuenta de que no sabía dónde estaba el cuarto de Zélia. ¿Cómo es que no vivía con los demás de su comunidad? ¿Le habrían buscado los demás esclavos un lugar especial porque era una mae de santos? ¿Compartiría la habitación con alguien, como hacían José y Félix?
– ¿Y dónde está tu cuarto?
– Vivo donde antes se guardaban las cadenas y los grilletes, al lado del almacén de las herramientas. Allí no va nadie sin que yo me entere. Estarás segura.
El cuarto todavía olía levemente a óxido y aceite, aunque los instrumentos utilizados para castigar a los esclavos se habían destruido años antes por orden de dona Alma. Pero aquel olor quedaba disimulado por el de las hierbas, cortezas y raíces que Zélia almacenaba.
– En la Edad Media te habrían quemado por bruja.
– Hoy también lo harían si supieran a qué me dedico. Túmbate ahí, súbete la falda y quítate la ropa interior.
¡Qué situación tan desagradable! Vitória se moría de vergüenza, pero hizo lo que le decían. Cuando se tumbó con las piernas encogidas y desnuda de cintura para abajo, cerró los ojos. Pero aquello no cambió nada de la grotesca situación. Notó que la vieja le oprimía el vientre con una mano, mientras le introducía dos dedos de la otra en el cuerpo. ¡Qué terrible! Vitória abrió los ojos y miró a Zélia. La vieja parecía muy concentrada y resuelta: sabía lo que hacía. Pero entonces Zélia arrugó la frente como si hubiera descubierto algo extraño en el cuerpo de Vitória.
– ¿Qué pasa? ¿Algo está mal?
– ¡Calla!
Zélia siguió palpándola, hasta que por fin sacó los dedos y se limpió en una palangana con agua.
– ¿Qué ocurre?
– Eres un poco estrecha de caderas, por lo demás está todo normal. El embarazo no está muy avanzado, creo que nos podemos arriesgar.
– ¿Qué significa eso? Explícame exactamente lo que vas a hacer.
– En la próxima noche de luna llena, dentro de cuatro días, voy a pedir indulgencia a los dioses. Hasta entonces te tomarás tres veces al día una infusión de hierbas que yo mezclaré y le entregaré a Luiza para que te la prepare. Con eso tu cuerpo estará listo para lo que le vendrá luego.
– No te hagas tanto de rogar. ¿Qué vendrá entonces?
– Te daré una bebida que hará que sientas menos dolor y te ayudará en la expulsión. Si tienes suerte, el feto saldrá enseguida. Si no, tendremos que tomar otras medidas.
– ¡Cielos, Zélia! ¿Qué medidas?
– Con una herramienta larga y afilada despedazaré el fruto de tu cuerpo hasta que salga.
Vitória miró a la vieja negra con incredulidad.
– ¿Quieres hurgar en mi interior con un cuchillo?
– No, yo no quiero, quieres tú.
– ¿No hay otro método más suave?
Vitória siempre había pensado que con tomarse ciertos brebajes y pasar un par de días con dolor de tripa estaría todo solucionado. No sabía que podría ser todo tan brutal.
– Hay métodos más suaves. Pero pocas veces consiguen el efecto deseado. Tú decides. Si dices ahora sí a mi método, puedes beberte aquí mismo la primera taza de mi infusión.
– ¿Qué clase de infusión es?
– Está compuesta fundamentalmente de perejil.
– ¿Perejil? -¡Pues vaya! Le daban una hierba de lo más normal y se confiaba más en su efecto sugestivo que en el propiamente médico-. Yo tomo perejil todos los días, porque Luiza lo pone en todas las comidas. A pesar de todo me he quedado embarazada.
– Sí, en dosis pequeñas es inofensivo. En concentraciones muy altas es abortivo.
– Seguro que lo mismo se puede decir del perifollo, el cilantro y el cebollino.
– No, sólo del perejil.
– Pues por mí, está bien. No puede ser malo beber infusión de perejil durante unos días.
Pero Vitória estaba muy equivocada. La bebida sabía asquerosa y le provocó tales dolores de tripa que los días siguientes estuvo casi todo el tiempo en el retrete creyendo que además del útero iba a perder también todos sus órganos internos. Realmente no perdió nada, excepto algunos kilos de peso y el gusto por el perejil. ¡Jamás podría volver a probar esa hierba!
Por tanto, no le quedaba más remedio que ir en la noche de luna llena al cuarto de Zélia y dejar que siguiera todo el procedimiento. No sería tan malo, al fin y al cabo los esclavos sentían un gusto infantil por la exageración. Vitória sería capaz de hacer frente a sus supersticiosos rituales, y a la intervención también. Era joven, sana y fuerte.
Vitória dudó un instante cuando llegó a la puerta del cuarto de Zélia. Notó un olor dulce, extraño. El espacio estaba iluminado con innumerables velas. Zélia estaba de rodillas, con los ojos cerrados, ante algo que podría ser un altar, movía el cuerpo rítmicamente adelante y atrás y pronunciaba palabras misteriosas en un monótono cántico. Vitória llamó a la puerta, que ya había abierto con anterioridad, para atraer la atención de Zélia. La vieja no reaccionó. Vitória entró, cerró la puerta tras de sí y se sentó en la cama. Zélia terminó por fin con sus oraciones o los conjuros que estaba cantando.
– Toma, bebe esto.
La dio a Vitória un cuenco de arcilla lleno hasta el borde de un líquido parduzco.
Vitória se contagió de la inquietante atmósfera de la habitación y no se atrevió a preguntar qué había en el cuenco. Se lo bebió de un trago. Algo después empezó a girar todo. Las velas, Zélia, los tablones de madera y las paredes hechas de barro se mezclaron en una única imagen que se movía cada vez más deprisa ante los ojos de Vitória, hasta que, mareada e inmersa como en una niebla impenetrable, se dejó caer sobre la cama. Tumbada le parecía que el carrusel giraba más deprisa todavía, como si fuera a lanzarla lejos, cada vez más lejos.
El estado de Vitória se parecía a un desfallecimiento. Luego no sería capaz de decir con exactitud qué había ocurrido. Desde el fondo de su aturdimiento pudo percibir el dolor, tanto el corporal como el espiritual. Cuando Zélia le extrajo el niño, Vitória hubiera querido gritar con fuerza si estuviera en condiciones de hacerlo. La embriaguez en la que Zélia la había sumergido no le impedía ver con increíble claridad lo mal que estaba todo aquello. ¡Cielos, estaba tan mal! ¿Cómo podía haberlo hecho? ¡Ella quería a León, y él la amaba a ella! ¿Acaso no eran ante Dios hombre y mujer, y no era eso lo único que contaba? Por fin, una profunda inconsciencia acabó con su sufrimiento interior.
Vitória no se dio cuenta de que Luiza se ponía de rodillas a su lado llorando a gritos, reconociendo así su culpa. No fue consciente de que la abnegada Zélia la cuidaba durante toda la noche y la lavaba, y nunca tuvo claro cómo llegó hasta su propia cama. Sólo percibió vagamente que dona Alma se sentó a su lado y leía la Biblia con los ojos inyectados en sangre. En estado semiconsciente reconoció una vez a su padre, que le apretaba la mano en silencio, y a Pedro, que, sin afeitar y con el pelo alborotado, la miraba como si fuera un espíritu. Luego oyó a lo lejos la profunda voz de Joana que le decía palabras agradables. En una ocasión creyó ver a Miranda, que le levantaba el camisón y le cambiaba la ropa; en otra, a Luiza, que le hacía tragar pequeños sorbos de vino tinto y la alimentaba con hígado de vaca.