Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
Hitch había comprado armas después de cruzar la frontera y había insistido en que aprendiéramos a utilizarlas. La verdad es que no nos resistimos demasiado. Nunca había usado ninguna (como me había criado en una década tranquila, había desarrollado un odio civilizado por ellas), pero Hitch me dejó una pistola con el cargador lleno y se aseguró de que sabía desconectar el mecanismo de seguridad y sujetar el arma de modo que no me rompiera la muñeca cuando disparara.
Decidimos que Ashlee y yo nos quedaríamos en la furgoneta protegiendo la comida, el agua y el transporte, mientras Hitch iba a Portillo para localizar al grupo de Adam y negociar un encuentro. Ashlee deseaba dirigirse directamente a la ciudad (y yo la comprendía), pero Hitch se mostró inflexible. En la furgoneta estaba todo lo que necesitábamos para sobrevivir y si nos quedábamos sin medio de transporte, no podríamos ayudar a Kaitlin ni a Adam.
Hitch cogió una de sus armas y se alejó, caminando, hacia la ciudad. Me quedé observándolo hasta que se desvaneció entre el polvo. A continuación, cerré las puertas de la furgoneta y me senté con Ashlee en el asiento delantero, donde me esperaba una comida a base de frutos secos, manzanas y café instantáneo tibio que guardábamos en un termo. Comimos en silencio mientras la luz del cielo se iba apagando. Poco después salieron las estrellas, brillantes y precisas a pesar de la neblina y el polvo del parabrisas.
Ashlee apoyó su cabeza contra la mía. Ninguno de los dos había tomado un baño desde que entramos en el país y, aunque resultaba bastante evidente, a ninguno de los dos nos importó. Ambos necesitábamos calor, un poco de contacto.
—Tendremos que dormir por turnos —dije.
—¿Crees que este lugar es peligroso?
—Sí.
—No creo que sea capaz de dormir.
A pesar de sus palabras, intentó reprimir un bostezo.
—Acuéstate detrás. Tápate con la manta y cierra los ojos un rato.
Asintió y se tumbó sobre una de las hileras de asientos de la parte posterior. Yo me senté al volante con la pistola bien cerca, sintiéndome solo, inútil y estúpido, mientras el calor del día se iba mitigando.
Incluso desde esta distancia era posible oír los sonidos de la noche de Portillo. La verdad es que era un único sonido, una ráfaga compuesta por voces humanas, música, hogueras crepitantes, risas y gritos. Me di cuenta de que ésta era la locura milenaria de la que habíamos logrado escapar a principios de siglo… pero ahora, cientos de hajístas deseaban presenciar el fin del mundo. Aunque nadie sabía si vendría para redimirnos o para destruirnos, Kuin era el dueño del mañana y del pasado mañana y del día siguiente y de todos los mañanas, por lo menos en las mentes de estos jóvenes. Y en esta ocasión, no quedarían decepcionados: el Cronoliio llegaría y Kuin dejaría su huella sobre el suelo americano. Probablemente, un gran número de hajistas moriría por el choque térmico o la conmoción, pero si lo sabían (y estaba seguro de ello), no les importaba en absoluto. Al fin y al cabo, era como una lotería: cuanto mayores son los premios, más graves son los riesgos. Kuin recompensaría a los fieles… al menos a los que lograran sobrevivir.
No podía evitar preguntarme hasta qué punto habría aceptado Kaitlin toda esta locura. Mi hija tenía mucha imaginación y había sido una niña solitaria. Imaginativa e inocente: una combinación terrible en este mundo.
¿Kait creía realmente en Kuin? ¿En un Kuin que sus deseos y su inseguridad habían idealizado? ¿O todo esto no era más que una aventura, una forma de rebelarse y escapar del hermético hogar de Whitman Delahunt?
Puede que no se alegrara de verme, pero iba a llevármela de este horrible lugar aunque fuera a la fuerza. No podía obligar a Kaitlin a quererme, pero podía salvarle la vida. Y por ahora, eso sería suficiente.
La noche llegó lentamente. El estruendo de Portillo decaía y resurgía a un ritmo imposible de presagiar, como las olas de la playa. Entre la vegetación que había al este de la furgoneta se escondía un grillo que añadía su voz dispar a esta cacofonía. Me serví otro vaso del café que había dejad o Ashlee en el termo y abandoné la furgoneta unos instantes para aliviar mi cuerpo, sorteando un eje oxidado y un volante que acechaban entre la hierba como si fueran trampas para animales. Cuando cerré la puerta de nuevo, Ashlee se revolvió y murmuró en sueños.
Había algo de tráfico por la carretera, sobre todo de hajistas que se dirigían a Portillo pegando gritos por las ventanillas del coche. Nadie nos vio; nadie se detuvo. Estaba adormilado cuando Ashlee me dio unos golpecitos en la espalda. El reloj del salpicadero marcaba las dos y media.
—Es mi turno —dijo.
No discutí. Después de indicarle dónde había dejado la pistola, me tumbé en el asiento posterior y me tapé con la manta, que aún conservaba el caior de Ashlee. Me quedé dormido en el mismo instante que cerré los ojos.
—¿Scott?
Me zarandeó suavemente, pero con apremio.
—¡Scott!
Ashlee estaba inclinada sobre el asiento del conductor, moviéndome el hombro con la mano.
—Hay alguien fuera —susurró—. ¡Escucha!
Dio media vuelta y se agachó para mantener la cabeza escondida. Se había alzado una media luna en el cielo, así que la oscuridad ya no era absoluta. Durante unos segundos sólo hubo silencio, pero entonces, no muy lejos, se oyó el gemido de una mujer aterrorizada, seguido de unas risas ahogadas.
—Ashlee… —susurré.
—Llegaron hace un minuto. En coche, por la carretera. Se acercaron, pararon el motor y se oyó un gritito. Y entonces… la verdad es que no pude verlo hasta que moví el retrovisor, y ni quiera así, porque había árboles en medio, pero me pareció que alguien salía del coche y corría por el campo. Creo que era una mujer. Y dos chicos salieron corriendo tras ella.
Reflexioné.
—¿Qué hora es?
—Apenas las cuatro.
—Dame la pistola, Ash.
Parecía reacia.
—¿Qué podemos hacer?
—Esto es lo que haremos: yo cogeré la pistola y saldré de la furgoneta. Cuando te haga una señal, conectarás las luces largas y pondrás en marcha el motor. Intentaré mantenerme a la vista.
—¿Y si te ocurre algo?
—Entonces te vas de aquí sin perder ni un segundo. Si me sucede algo, ellos tendrán la pistola, así que no te quedes aquí, Ash. ¿De acuerdo?
—¿Y adonde voy?
Era una pregunta razonable. ¿A Portillo? ¿A los campamentos de socorro o al control de carretera? No estaba seguro de qué responder.
Entonces, la mujer volvió a gritar… y no pude evitar pensar que podía tratarse de Kaitlin. Su voz no parecía la de mi hija, pero la verdad es que no había vuelto a oírla gritar desde que era pequeña.
Le dije a Ashlee que iría con cuidado, pero que se fuera inmediatamente de este lugar si me ocurría algo. Y que, quizá, lo mejor sería que escondiera la furgoneta más cerca de la ciudad y que por la mañana, cuando Hitch regresara, estuviera alerta.
Salí del vehículo y cerré la puerta con cuidado. Cuando hube recorrido unos metros, le indiqué que encendiera los faros.
Las luces largas de la furgoneta se extendieron por la estrellada noche como focos militares y, entre aquella calma, el motor rugió como un animal salvaje. La mujer y sus dos asaltantes, paralizados ante aquel resplandor, se encontraban a menos de diez metros de distancia.
Los tres eran jóvenes, posiblemente de la edad de Adam. Los hombres estaban forcejeando con la mujer, que yacía sobre su espalda entre la maleza; uno de los muchachos la sujetaba de los hombros mientras el otro intentaba separarle las piernas. Ante la luz, la joven se giró y los chavales levantaron sus cabezas como si fueran perros de presa olfateando a un depredador.
No parecían ir armados, y eso hizo que me sintiera un poco aturdido por el peso de la pistola que llevaba en la mano.