Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
Diana se internó bruscamente en la caverna, moviéndose con el aplomo de quien sabe adonde va.
– ¿Qué demonios…? -masculló Nate.
– Vamos a averiguarlo -le dijo Quentin y, sin soltar la mano de Diana, iluminó su camino con la linterna.
Todavía mascullando, Nate dijo:
– No me importa decirte que se me ha puesto de punta el pelo de la nuca. -Tenía la mano libre apoyada sobre su pistola.
Quentin sabía cómo se sentía. Había algo casi insoportablemente horrendo en el hecho de estar en aquel lugar subterráneo, oscuro y hediondo y escuchar la voz suave y serena de Diana hablando de un suceso del pasado, espantoso y escalofriante. No era tanto lo que decía como su forma de decirlo, aquello voz casi dulce, casi… infantil.
Quentin sintió un escalofrío más intenso cuando se dio cuenta de aquello, cuando de pronto comprendió que no era Diana a quien estaban escuchando.
Cuando la voz que salía de ella pulsó en su interior una cuerda familiar tan profunda que fue como una astilla de hielo en su corazón.
Antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera siquiera intentar romper el trance en que se hallaba ella, Diana les condujo al interior de uno de los pasadizos del otro lado de la caverna. Pero aquel pasadizo era corto, medía apenas unos pasos, y daba a otra caverna más pequeña.
Antes incluso de que las linternas les mostraran lo que había allí, Quentin pudo olerlo. El hedor antiguo de la putrefacción, de la sangre derramada, de la carne podrida y los huesos enmohecidos.
De la muerte.
– Santo cielo -murmuró Nate.
– Aquí es donde trae a algunos -dijo Diana con aquella voz dulce e infantil que era ahora triste y contemplativa-. Mueren donde él murió.
Diana se desplomó bruscamente; Quentin soltó la linterna para cogerla en brazos y, cuando la linterna rodó por el suelo de piedra y fue a dar contra una roca, su haz iluminó intensamente una risueña calavera humana que yacía de lado junto a un desordenado montón de huesos.
Desde su puesto no lejos del cenador, Madison vio con preocupación cómo aquel hombre alto y rubio sacaba a Diana del establo y subía con ella por el sendero, hacia El Refugio.
– ¿Se encuentra bien?
Becca sacudió la cabeza lentamente.
– No lo sé. Yo creía que estaba lista, pero… puede que no.
– ¿La… la ha cogido?
– No. No. La necesita. Igual que la necesitamos nosotros. Pero eso todavía no sabe lo que es. Tenemos que hacerla entender, para que pueda ayudarnos. Antes de que eso descubra lo que estamos haciendo e intente detenernos. Por eso Missy pensó que éste era el mejor modo.
– ¿Cuál era el mejor modo?
– Hablar a través de Diana.
Madison frunció el ceño.
– ¿Cómo podría hacerlo?
– Diana puede vernos, eso ya lo sabes. Nos abre las puertas para venir a este lado. También puede visitar el tiempo gris. Puede ser la voz de uno de nosotros si tenemos que hablar con alguien de este lado. Pero lo que la hace realmente especial es que puede cruzar del todo.
– ¿Quieres decir…?
– Quiero decir que puede caminar con los muertos.
– ¿Aunque esté viva?
Becca asintió con la cabeza.
– Es muy, muy peligroso para ella. Sobre todo ahora, porque no entiende lo que es capaz de hacer. Podría perder el camino, quedar atrapada en nuestro mundo o en el tiempo gris, entre los dos.
– ¿Qué pasaría entonces?
– Que sería uno de nosotros. También estaría muerta. O como si lo estuviera. Madison se estremeció otra vez; habría deseado llevar una chaqueta, pero sabía que no serviría de nada.
– Entonces no debería hacerlo, Becca. No debería cruzar. Alguien debería advertirle que no lo intentara siquiera.
– Sí. Supongo que tienes razón. El caso es que… cuando descubra lo de Missy, cuando entienda esa parte, seguramente lo intentará de todos modos. Y puede que así tenga que ser.
– ¿Puede?
– Bueno, no lo sé con seguridad. -Becca frunció el ceño-. Puede que sea eso lo que haga falta. Para que pueda luchar. Enfrentarse a ello como nadie más ha podido hacerlo. Para que pueda ser destruido de una vez por todas.
– ¿Ahí es donde está? ¿Al otro lado? No me dijiste que estaba muerto, Becca.
– Parte de él murió. Pero otra parte sigue viva. Y ésa es la parte que no ven, la parte contra la que tenemos que luchar. Hemos esperado mucho tiempo, hasta ser lo bastante fuertes. Y hasta tener lo que más nos hacía falta. Alguien que nos ayudara a luchar. Alguien lo bastante poderoso como para abrir la puerta adecuada.
– ¿Diana?
– Diana. Si puede. Y si él puede ayudarla.
– He mandado traer un equipo de antropología forense -le dijo Nate a Stephanie en un tono tan fatigado como el aspecto que presentaba-. Sabe dios cuánto tiempo llevarán ahí abajo algunos de esos huesos, pero tenemos que averiguar todo lo que podamos sobre ellos.
Ella empujó una taza de café sobre la mesa, hacia él, y se sirvió otra, sorprendida por que no le temblasen las manos.
– ¿Y no tenéis ni idea de lo grandes que pueden ser las cuevas y los túneles?
– Ni idea. Cuando Diana se desmayó, lo primero era sacarla de allí, así que no seguimos explorando. Alumbré con la linterna un par de aberturas, y parecía que llevaban a túneles más largos, pero no hay modo de saberlo con certeza sin volver a bajar. -Meneó la cabeza-. Y, francamente, preferiría no hacerlo.
– No me extraña -murmuró Stephanie.
Con un suspiro, él dijo:
– De todos modos, no sé si ése es sitio para la policía. Hace unos minutos, cuando llamé a Quentin al móvil, me dijo que había una unidad del FBI especializada en explorar y cartografiar pasajes subterráneos. Dijo que se pondría en contacto con ellos. -Hizo una pausa y añadió con deje irónico-: Preferí no preguntarle por qué existía semejante unidad.
Stephanie se quedó pensando en ello y por fin dijo:
– Parece raro, ¿verdad?
– Sí.
– Hum. ¿Cómo está Diana?
– Dormida, me ha dicho Quentin. Más bien inconsciente, supongo. Pero al parecer es normal después de una experiencia así. Normal. Santo dios.
– ¿Qué le pasó ahí abajo?
– No tengo ni puñetera idea. Lo único que puedo decirte es que tuve la escalofriante sensación de que otra persona estaba usando a Diana para hablar con nosotros.
– ¿Otra persona? ¿Quién?
– No lo sé. Pero parecía un niño.
Stephanie cogió su taza de café y bebió un sorbo rápidamente.
– Está bien, ahora sí que me estás asustando.
– No me sorprende. -Él suspiró-. Quentin estaba muy impresionado, eso te lo aseguro. Y sé de buena tinta que no hay muchas cosas que le afecten de ese modo. Creo que ha visto cosas que a ti y a mí nos provocarían pesadillas durante años.
Siguieron tomando el café en silencio durante varios minutos, ambos pensativos, y luego Stephanie habló lentamente.
– En parte, mi trabajo consiste en preocuparme por la reputación de El Refugio. Pero, con toda franqueza, creo que lo que haya en esas cuevas debe ver la luz del día… pase lo que pase después.
Nate se sintió al mismo tiempo aliviado y un tanto impresionado.
– Podrías perder tu empleo -dijo-. Quiero decir que a tus jefes no va a gustarles encontrar a policías y federales pululando por todas esas cuevas, sobre todo cuando empiecen a sacar los huesos que encontramos allá abajo. No hay ni una sola esperanza de que podamos mantener esto en secreto.
Stephanie hizo una mueca.
– No me importa mucho, ¿sabes? Después de lo que he descubierto sobre este sitio estos últimos días, empiezo a pensar que, de todos modos, preferiría trabajar en otra parte.
– No te vayas muy lejos -se oyó decir Nate. Y sintió que le ardían las orejas cuando ella le sonrió.
– Ya veremos -dijo ella, y añadió enérgicamente-: Entre tanto, ya que estás, podrías aprovecharte de mi autoridad mientras todavía la tengo. Daré permiso por escrito para que el equipo forense y los espeleólogos del FBI de los que te ha hablado Quentin hagan lo que crean necesario en esas cuevas. También daré autorización escrita, como directora de El Refugio, para que se inspeccionen minuciosamente los documentos históricos y los archivos almacenados en el hotel.