Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
Por supuesto que no. Sólo delante de él. Sólo para que a Max le doliesen los ojos y el cerebro. Sólo para que Max se preguntase cómo reaccionaría ella si la tumbaba en el suelo y aceptaba la invitación.
– ¿Cómo va el pollo? -preguntó Lola.
Max apartó la vista de la camiseta y se fijó en la barbacoa. Esto de ser amigos no iba a funcionar. Max bebió un trago de cerveza antes de contestar.
– Faltan unos diez minutos.
– Casi he acabado con la ensalada. ¿Quieres comer dentro o fuera?
La mano con que sujetaba la cerveza se le crispó a Max, que se preguntó si Lola estaba torturándolo a propósito.
– Fuera.
Ella le dedicó una sonrisa inocente, como si no fuese consciente del caos que desencadenaba con sólo respirar.
– Pues voy a poner la mesa fuera.
Max la observó entrar en la casa y deslizó la mirada por su espalda, su trasero y sus largas piernas. Venir había sido un error. Lo había sabido incluso antes de cargar el jeep, esa mañana.
Max volvió a dirigir la atención a la barbacoa y dio la vuelta a un muslo. El viaje a Charlotte había sido simple y sencillamente una excusa para venir a verla. No tenía que estar en ningún sitio hasta el lunes por la mañana, y de hecho, llevaba un billete de avión de ida y vuelta guardado en la maleta. Había reservado ese vuelo unas semanas atrás. No tenía necesidad de hacer ese largo viaje en coche, excepto para ver a Lola. Quería comprobar por sí mismo que se encontraba bien. No saberlo lo estaba volviendo loco y no le dejaba dormir por las noches.
Baby dejó caer un juguete chillón a los pies de Max, que lo recogió y se lo lanzó. El juguete cayó en un arbusto y Baby se internó en él y desapareció. Max paseó la vista por el patio, por la hiedra que trepaba por las altas vallas, por la profusión de rosas y por el pequeño banco situado debajo de la magnolia. Y se preguntó qué estaba él haciendo allí.
Ella tenía razón. Max habría podido llamarla por teléfono para asegurarse de que se encontraba bien, del mismo modo que habría podido llamar a cien tipos para que se encargaran de ayudarla en su problema con su ex novio. No tenía por qué involucrarse personalmente en eso. Esta era la vida de Lola, su casa, su mundo y él no encajaba allí. Nunca encajaría, él era Max Zamora, agente en la sombra, en un mundo que comprendía. Llevaba el único tipo de vida que conocía. El único tipo de vida que había querido vivir.
Pero aunque hubiese querido otra cosa de la vida, Max sabía que no había nacido para eso. Lola no era para él. Lola era una fantasía. Y ¿cuánto tiempo dura una fantasía? Hasta que suena el buscapersonas y él tiene que desaparecer en medio de la noche. ¿Se conformaría ella con un beso de despedida sin ninguna explicación?
No, Lola no se conformaría. Ninguna mujer la haría. ¿Cómo podía Max imaginar una vida con ella, si en el mejor de los casos la dejaría viuda a los cuarenta? Max no era un loco; había tenido suerte, pero en esa profesión, los días de un hombre estaban contados. No le asustaba morir, pero sí dejar a alguien atrás. ¿Cómo podía esperar que una mujer se conformara con ese tipo de vida? Especialmente una mujer como Lola, que podía conseguir algo mucho mejor.
Lola atravesó la puerta de dos hojas y depositó una bandeja blanca al lado de la barbacoa.
– Max, hay algo de lo que quería hablar desde la noche que nos fuimos de la isla -le dijo mientras se acercaba a la mesa que había en un extremo del patio-. Pero estaban pasando tantas cosas que no tuve la oportunidad.
– ¿De qué se trata?
Max tomó un trago de cerveza y observó el movimiento de los shorts mientras Lola colocaba el mantel en la mesa.
– ¿Fuiste tú quien hizo explotar el Dora Mae?
– Sí.
– ¿Cómo? -Lola se dirigió al otro lado de la mesa y se volvió hacia él-. Estaba oscuro y sé que tenías algún tipo de rifle. ¿Disparaste a los depósitos de combustible?
– No. Cargué un poco de dinamita con cabezas detonantes y la puse dentro de uno de esos condones que había en el yate. Luego la pegué con cinta en la o de Dora. Cuando nos encontrábamos lo bastante lejos, le disparé una bala del calibre 50. La segunda explosión se produjo cuando estallaron los depósitos de combustible.
Lola sonrió y se le formaron unas pequeñas arrugas en las comisuras de los ojos.
– Me temblaban tanto las manos que casi no podía sujetar el timón. ¿Cómo conseguiste hacerlo en aquella oscuridad?
– Práctica -responió Max-. Años de práctica.
Lola meneó la cabeza y metió las servilletas a juego con el mantel en unos servilleteros en forma de melón.
– Bueno, eres un chico con sangre fría. Cuando los motores no se ponían en marcha y empezaron a llover las balas, la sangre casi no me llegaba a la cabeza y estuve a punto de desmayarme.
– Sí, parecía que estuvieses a punto de desmayarte. -Max puso el pollo en la bandeja y tapó la barbacoa-. Pero lo hiciste muy bien.
– No. -Lola negó con la cabeza y colocó cubiertos de plata al lado de los dos platos rojos-. Tenía tanto miedo que no podía pensar, pero tú no tenías miedo en absoluto.
Lola estaba equivocada. Max había pasado miedo. Había pasado más miedo que en toda su vida. No por sí mismo, sino por Lola. Se acercó a la mesa y dejó la bandeja en el centro, al lado de dos velas en forma de pera
– He aprendido a controlar el miedo -le explicó-. No permito que interfiera en lo que hay que hacer.
– Bueno, pues yo no quiero aprender a controlar el miedo, porque no quiero volver a encontrarme en un barco averiado ni volver a ser blanco de tiro. -Lola entró en la casa y salió poco después con la ensalada y una cesta con rebanadas de pan francés-. Cuando llegamos a la base, ¿adonde fuiste?
Max le acercó la silla para que se sentara.
– A la estación aeronaval que se encontraba al lado de las instalaciones de los guardacostas. En una hora me encontraba camino de Washington.
– Ah. -A Lola se le arrugó ligeramente la frente mientras se servía un muslo en el plato-. Intenté esperarte despierta.
Max se sentó a su lado y puso la ensalada en dos cuencos que figuraban dos cabezas de lechuga vaciadas. Le dio uno a ella y luego se extendió la servilleta sobre el regazo.
– Lo siento -le dijo, como había hecho en todas las ocasiones anteriores con todas las mujeres a quienes había decepcionado durante esos años.
– No, no quiero que lo sientas. -Lola eligió una rebanada de pan y luego le pasó la cesta a él-. Nunca dijiste que vendrías a verme, así que ni tienes por qué disculparte -le aseguró, pero él no la creyó del todo. Lola se llevó un poco de ensalada a la boca y luego tomó un trago de vino- ¿A qué vas a Charlotte? ¿A resolver algún tipo de secuestro del cual nadie sabe nada? ¿A un congreso de espías?
– Nada tan emocionante, me temo. Duke Power me ha contratado para ir allí a comprobar sus sistemas de seguridad.
– ¿Por qué? ¿Hay una amenaza terrorista?
– No. Me han contratado porque ése es mi trabajo. Soy asesor de seguridad.
Lola le clavó los ojos.
– ¿Quieres decir que tienes un trabajo de verdad?
– Tengo un trabajo de verdad y una empresa de verdad. -Max se llevo la mano al bolsillo trasero del pantalón y sacó la cartera-. Mira -le dijo, enseñándole su tarjeta.
Lola la estudió mientras masticaba un trozo de pan.
– «Z Security». ¿Tú eres Z?
– Sí, señora. -Max pinchó un trozo de pollo-. Ése soy yo.
– Tienes un trabajo de verdad y además haces de agente secreto. ¿Por qué?
– ¿Por qué qué?
– ¿Por qué un hombre en sus cabales arriesga su vida si tiene un trabajo y un negocio propios? -Lola dejó la tarjeta encima de la mesa-. ¿Por qué exponerte a recibir un tiro o una paliza si no tienes ninguna necesidad? ¿Es por dinero?