Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
– Es un fanático del béisbol. Si todavía está en Baltimore, seguro que tiene entradas de temporada para ver jugar a los Orioles.
– Lo comprobaré.
– ¿Vamos a espiarlo?
– ¿Nosotros?
– Sí, yo formo parte del plan.
– No, tú no.
Lola se inclinó hacia delante y le cogió la mano.
– Max, quiero ayudarte a darle su merecido.
Max apartó su mano de la de Lola y cerró el puño para que no se escapase la calidez de su tacto. ¿Qué tenía Lola que le hacía decir que sí incluso cuando quería decir que no? Era algo más que su cara bonita o su cuerpo, aunque a veces costaba ver más allá del envoltorio para conocer lo que había en el interior. Pero él lo había visto muchas veces.
La última noche que habían pasado juntos, Max lo había visto. Lola era una guerrera. Era una guerrera de pechos grandes, culo hermoso y labios suaves que pedían un beso; pero en su interior era una guerrera. No se le daba muy bien, pero en lo esencial era una luchadora igual que Max.
– Tienes que hacer exactamente la que yo te diga, Lola. No debes permitir que tus emociones se inmiscuyan. Si lo haces, nos pillarán inmediatamente.
– No lo haré.
En la oscuridad, a la luz de la vela, Lola sonrió.
– Lo único que quiero que digas es «sí, Max».
Lola frunció el ceño pero asintió.
– Vale. ¿Cuándo empezamos?
– Cuando regrese de Charlotte.
– ¿A qué hora tienes que irte esta noche?
– No tengo que encontrarme con la gente de Duke hasta el lunes por la mañana. Alquilaré una habitación por aquí y saldré mañana por la mañana.
– Es un viaje de sólo dos horas y media. ¿Qué vas a hacer hasta el lunes por la mañana?
– Investigar la zona -mintió.
Cuando había cargado la maleta en el coche, Max no tenía ningún plan, sólo la vaga intención de ver a Lola y quizá pasar un rato con ella, asegurarse de que estaba bien. Y sí, abrigaba la esperanza de terminar desnudo y encima de su escote.
– Puedes quedarte aquí. Tengo una habitación para invitados.
Vale, quizá no tenía la menor posibilidad de acabar revolcado y desnudo en su cama, pero ése no había sido el único motivo de su viaje. Max podía tener las manos, y el resto de su cuerpo, quietos. Podía portarse bien, pero no pegaría ojo en toda la noche.
– Suena bien.
– Estupendo. Hace años que no se queda a dormir un amigo en casa. Será divertido.
Max agarró la cerveza.
– Depende de lo que entiendas por divertido -gruñó.
– ¿Qué?
– Nada.
Lola se puso de pie y recogió los platos. Pasó por detrás de la silla de Max y cuando éste se disponía a levantarse, le posó una mano en el hombro, impidiéndoselo.
– Deja, ya lo hago -le dijo, inclinándose por encima de él.
El vientre de Lola rozó la espalda de Max, y si éste hubiera vuelto la cabeza, habría enterrado la nariz en el pecho de ella.
– Hagamos algo divertido esta noche.
Vale. A Max se le ocurrían unas cuantas cosas divertidas. La primera de ellas consistía en comerse la camiseta de Lola.
– ¿Como qué?
– Como hacer palomitas y ver Orgullo y prejuicio. La tengo en video. Dura seis horas, pero pasaremos directamente a las partes interesantes. -Lola le dio unas palmaditas en el hombro-. Mañana es la reunión de mi familia. No tenía intención de ir, pero ahora que estás aquí, podemos ir juntos. -Le dio un apretón en el hombro-. Te va a encantar.
Max cerró los ojos. Jesús, Lola la estaba torturando a propósito. Estaba vengándose de él por haberla atado y amordazado y por haberla amenazado con lanzar su perro por la borda del Dora Mae.
CAPÍTULO 13
La reunión familiar de los Carlyle siempre se celebraba el primer sábado de septiembre, en conmemoración de aquel primer sábado en que los yanquis atravesaron Carolina del Norte a caballo e incendiaron el hogar de los Carlyle. Lo de menos era que ese «hogar» no fuese más que una chabola, que los Carlyle durmiesen con sus gallinas y que la guerra hubiera terminado en 1865. Los hombres Carlyle habían luchado y perecido en la guerra contra el Norte, y esa memoria genética continuaba viva en las almas de la generación actual.
Este año la reunión se celebraría en casa de los padres de Lola, para aflicción de su madre. Había algunas ovejas negras en la familia Carlyle, y a la madre de Lola no le entusiasmaba la idea de que su jardín se llenase de bebedores de cerveza y camorristas. En realidad, se sentía un tanto atemorizada ante esa clase de hombres, aficionados a la caza y a escuchar a Lynyrd Skynyrd en radiocasetes baratos mientras abarrotaban su camioneta de botellas de cerveza vacías.
Además, nunca entendería a esas mujeres que ponían a esos tipos en un pedestal y les servían patatas fritas para que disfrutasen del partido de fútbol mientras ellas hacían callar a los niños. Mujeres cuyo peinado resistía una carrera en camioneta con la ventanilla abierta. Aunque, si su madre hubiese sido sincera consigo misma, habría tenido que admitir que su propio peinado podría resistir un tornado de Oklahoma.
El jardín de los Carlyle, de dos mil metros cuadrados, estaba sombreado por viejos arces y enormes robles. Largas mesas soportaban el peso innumerables bandejas de pollo frito y pan de maíz, jamón, salsas, estofados y encurtidos caseros. Una de las mesas estaba repleta de ensaladas y cazuelas. Había otras tres dedicadas a pasteles y dulces.
Como en todas las familias, algunos parientes seguían fieles a sus orígenes pueblerinos, mientras que otros tenían empleos en grandes empresas y vivían en barrios exclusivos de Chapel Hill. Las camionetas y camiones oxidados con banderitas de la Confederación se encontraban aparcados al lado de flamantes Cadillac y brillantes cuatro por cuatro.
Pero todos habían acudido con sus mejores galas. Las mujeres lucían vestidos y camisas de estampados florales; Lola llevaba un sencillo vestido largo de seda de cuello cuadrado y manga corta. Los hombres iban con elegantes pantalones y camisas de vestir, pero ninguno de ellos tenía tan buen aspecto como el acompañante de Lola, que no le quitaba la mano de la cintura. La camisa de Max era del mismo color azul que sus ojos, y los pantalones de color gris marengo. De corte europeo, eran más anchos a la altura de los muslos y caían sobre los mocasines cosidos a mano. Alto, moreno y guapísimo, estaba para comérselo, y Lola pensó que no le disgustaría clavarle los dientes.
Poco después de llegar, Lola presentó a Max a sus padres; Max pareció un tanto desconcertado cuando el padre de Lola le estrechó la mano, le dio una palmada en el hombro y le agradeció que hubiese cuidado de su «pequeña». Su madre no cesaba de expresarle su gratitud por haberles devuelto a su hija sana y salva y, en cuestión de minutos, todos los asistentes a la reunión supieron que Max Zamora era el héroe que había salvado a Lola de una muerte segura a bordo de un yate averiado.
– Olvidaste contarles algunos detalles de la noche en que nos conocimos -le susurró Max al oído mientras cruzaban el césped en dirección las tías abuelas de Lola, que les hacían señales con la mano como locas.
– ¿Te refieres a cuando me ataste con mi propia falda?
Lola sintió el roce de sus labios en la sien cuando Max sonrió y respondió:
– Sí, y de cuando disparaste la pistola de bengalas contra mí.
Lola no se molestó en decirle que la pistola de bengalas se había disparado por accidente. Pensó que era mejor no sacarlo de su error.
Lola presentó a Max a sus tías abuelas Bunny y Boo, que se encontraban sentadas fumando unos Viceroy y tomando bourbon con agua mientras distribuían copias del árbol genealógico de los Carlyle.
Ellas mismas lo habían confeccionado y habían añadido una lista de los fallecidos el año anterior además de algunas historias basadas en sus recuerdos más antiguos. Boo no había escrito gran cosa a causa de «la azucarbetes». La relación entre la deficiencia de insulina y la mala memoria era algo de lo que nadie estaba muy seguro, excepto por el hecho de que dicha deficiencia siempre eximía a Boo de hacer cualquier cosa que no le apetecía hacer.