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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Lola negó con la cabeza.

– No.

– ¿Estás nerviosa?

– No.

– ¿Tienes miedo?

– Desde que he vuelto no. -Lola se encogió de hombros-. Me cuesta concentrarme.

Max le posó las manos en los brazos.

– Parece que tienes un ligero trauma. Es frecuente en personas que han pasado por una situación difícil. Quizá deberías buscar ayuda.

– ¿Un psiquiatra?

– Sí.

No, Lola no quería hablar con un médico. Ya había seguido una terapia antes, durante varios años, y le había ayudado, pero en esa situación no necesitaba acudir a ningún profesional. Sólo quería hablar con Max. Sólo el contacto de las cálidas palmas de sus manos en los brazos la hacía sentirse mejor, como en aquella tormenta o aquella noche en que habían hecho el amor.

– ¿Has ido alguna vez al psiquiatra?

– No -rió Max-, tengo miedo de la que pueda descubrir.

– ¿Temes que descubra que estás más loco que una cabra?

– Totalmente. -Max deslizó las manos hasta los codos de Lola y, de nuevo, ella tuvo que reprimir el instinto de apoyarse en él-. ¿Has comido estos días?

Lola había tenido algunos problemas con eso. Se había visto obligada recordarse constantemente que tenía que comer, pero ya había pasado por eso antes y conocía el proceso. No era nada que ella no pudiese controlar y superar, pero no deseaba hablar de ello.

– ¿Por qué tantas preguntas?

– Necesito saber que estás bien. -Max bajó las manos, privándola de la calidez de su tacto-. En mi vida he hecho algunas cosas de las que no me siento muy orgulloso, pero nunca le había jodido la vida a una mujer inocente. Yo te lo he hecho y lo siento. -Max la miró a los ojos, y a Lola le pareció que podía leer su mente-. Quiero asegurarme que te vas a poner bien, y quiero ayudarte a quitar esas fotos de Internet. Te lo debo.

Al parecer, la única razón de que hubiera venido a su casa era que se sentía responsable de ella. Como si estuviese en deuda con Lola, y ella fuese solamente otro de los trabajos que debía terminar para poder tacharlo de la lista y borrarlo de la memoria.

– No me debes nada. Puedo contratar a alguien que me ayude en el tema de Sam. Y no tenías por qué venir hasta aquí desde Alexandria sólo para asegurarte que estoy bien. Podrías haber llamado para eso.

– Estoy de paso hacia Charlotte.

– Ah.

Lola había sido una parada en su trayecto hacia otro lugar. El dolor que eso le provocaba la avergonzó.

– Habría venido de todas formas.

– ¿Por qué?

– Tú y yo hemos… Nosotros… -Max luchó para encontrar las palabras, como había hecho aquella tarde en el Dora Mae para dar con una expresión más educada-. Pensé que nos llevábamos mejor. Que teníamos una relación más amistosa, quiero decir.

Sí, ella también diría que hacer el amor era más amistoso. Se preguntó a qué se referiría Max en realidad. Si es que se refería a alguna cosa. Con Max era difícil saberlo.

– ¿Intentas decirme que quieres que seamos amigos?

Max cruzó los brazos por encima del pecho y apoyó el peso del cuerpo en una pierna.

– Ser amigos está bien -dijo, aunque no parecía especialmente feliz con la idea-. Podemos ser amigos.

El hombre que la había mirado desde el umbral como si quisiese devorarla allí mismo no había venido por amistad. Pero el hombre que se encontraba ahora delante de ella le recordaba a ese Max que le había dicho que ella podía pasearse desnuda sin que él sintiera nada en absoluto.

– ¿Has tenido alguna vez a una mujer como amiga?

– No.

– ¿Estás seguro de que podrás ser sólo un amigo mío?

– Seguro.

Lola colocó un tulipán en el jarrón y lo miró de reojo.

– Porque todavía recuerdo varias ocasiones en que me besaste y en que tus rápidas manos me desabrocharon la ropa.

– Puedo mantener las manos quietas -le aseguró-. ¿Puedes tú?

– No hay problema.

Max ladeó la cabeza y la estudió con el ceño fruncido.

– ¿Estás segura de eso?

– Segurísima.

– Porque todavía recuerdo una ocasión en que me metiste mano y me agarraste las pelotas.

Lola se quedó boquiabierta y él sonrió. Ella había olvidado lo vulgar que Max podía ser.

– Bueno, eso fue sólo porque pensaba que me iba a morir. Y como no tengo previsto encontrarme en esa situación nunca más, tus… tu cuerpo está a salvo. -Lola levantó la barbilla-. Sí, creo que podemos ser sólo amigos -concluyó.

Pero ¿podrían? ¿Qué sentía ella por Max en realidad? Confusión, básicamente. ¿Y qué sentía él por ella? Lola no tenía la menor idea.

– Nunca he tenido como amigo a un hombre. Bueno, a un hombre que no fuera gay, así que esto puede ser interesante.

Lola puso el resto de las flores en el jarrón y se preguntó si Max y ella podían ser amigos después de todo la que habían pasado juntos. ¿Sólo amigos? Quizá, pero tenía sus dudas. No sabía si podía ser amiga de un hombre que, sexualmente, la había hecho soltar chispas.

– Bueno -dijo Lola-, ¿por qué no asas el pollo en la barbacoa, en el patio, mientras me cambio? -Lola pasó por delante de él y se detuvo en la puerta-. ¿Vamos a llamarnos «colega» a partir de ahora?

– No, tú me llamarás Max y yo te llamaré Lola.

La parrilla eléctrica humeaba cuando Max levantó la tapa y dio la vuelta al pollo. Echó salsa de barbacoa a las pechugas y los muslos y se fijó en la caseta de perro de Baby, o más bien el castillo de perro de Baby. Estaba en una parte cubierta del jardín, rodeado de plantas en flor rosas y púrpuras, un entorno de cuento de hadas. El castillo era de color azul y lavanda y sobre él ondeaban pequeñas banderas. Era aproximadamente de un metro de ancho por uno y medio de largo y tenía un puente levadizo por puerta. Aparte del interior de la casa, era prácticamente la cosa más cursi que había visto nunca.

Durante el viaje hacia el sur, Max se había preguntado cómo sería la casa de Lola y no se había equivocado mucho en sus suposiciones. Colores pastel como los del algodón de azúcar, cojines con encajes en sofás de piel de un violeta oscuro y cortinas con puntillas. Alfombras blancas y papel pintado de flores. Era la clase de casa que lo vaciaba a uno de testosterona y le encogía los cojones si no se andaba con cuidado.

Max miró al perro que estaba a sus pies.

– ¿No te hace sentir eso como un mariquita? -le dijo, señalando el castillo con las pinzas de la carne.

Baby ladró, moviendo las cejas.

– Si no tienes cuidado, acabarás con las uñas pintadas de color rosa y con lazos rosas en las orejas.

– Baby no tiene dudas sobre su masculinidad -aseguró Lola, que en ese momento atravesaba la puerta de dos hojas y entraba en el patio de ladrillo.

Max sacudió la cabeza y dio la vuelta a un muslo de pollo.

– Bonita, tu perro tiene el seso sorbido. Probablemente por eso es un resentido. -Echó un vistazo a Lola y no hizo más comentarios. Ella se dirigió hacia él con un vaso de vino en una mano y una botella de Samuel Adams en la otra. Llevaba unos shorts tejanos tan holgados que le caían por la cadera y una camiseta blanca. Pero no era una camiseta cualquiera. Le venía tan ceñida que se le ajustaba como una segunda piel, y a la altura del pecho, en un color verde neón, unas letras decían: «Cómeme en St. Louis.»

– Bonita camiseta.

Lola la miró y sonrió:

– Un amigo mío abrió un restaurante en Saint Louis hace unos cuantos años, y éste es el nombre que le puso. -Le alargó la cerveza a Max-. Divertido, ¿no?

– ¿Un novio?

– No, Chuck es gay. Hice un poco de publicidad gratis para él entonces y él organizó una fiesta en mi honor. El restaurante se cerró, pero todavía tengo la camiseta. Es una de mis favoritas aunque, por supuesto, no me atrevo a ponérmela para salir.

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