Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
– Te vi en televisión el miércoles -le dijo Max al entrar en la cocina.
Lola sacudió la cabeza y sacó dos vasos.
– Tenía un aspecto horrible.
– Nunca tienes un aspecto horrible.
Max estaba siendo amable y ambos la sabían, pero cuando Lola levantó la vista hacia él, le pareció que hablaba en serio. Se había quitado las gafas de sol y esos maravillosos ojos azules la miraban con sinceridad.
– ¿Vino?
– No, gracias.
– Es verdad. Eres bebedor de cerveza.
– Sí, como tus primos por parte de padre. -Max le dio la cajita que llevaba en la mano-. No sabía si querrías verme, así que pensé que podría sobornarte un poco con esto.
Lola tomó el regalo y lo agitó.
– ¿Por qué tendrías que sobornarme?
– Después de todo lo que pasó, no estaba seguro de que no quisieras sacarme los ojos.
Lola rompió el papel y el lazo y no pudo evitar sonreír. Sintió como si un ridículo fuego se encendiera en su interior y le calmara el enfado. A diferencia de los regalos de otros hombres que había recibido en el pasado, éste no era caro ni lujoso.
– Gracias -le dijo-. Ningún hombre me había regalado nunca un cepillo de dientes.
– Es un Oral-B, como el que tenías.
– Sí, ya lo veo.
– Pensé que te lo debía.
– Sí, me lo debías. Lo trataré bien.
Lola dejó el cepillo de dientes al lado de las bolsas de la compra y sacó un jarrón Waterford del armario.
– ¿Sabes? Posiblemente no debería tener ganas de volver a verte -le dijo mientras llenaba el jarrón con agua-. Pero Baby y yo todavía sufrimos los efectos del síndrome de Estocolmo.
– ¿Síndrome de Estocolmo? ¿No tiene uno que ser secuestrado para sufrir el síndrome de Estocolmo?
Lola cerró el grifo del agua y lo observó: el pelo negro de Max brillaba bajo la luz de la cocina; su presencia le llenaba todos los sentidos; notaba el suave olor de su colonia. Se había equivocado respecto a los morados. Todavía tenía uno pequeño en la comisura del ojo.
– ¿Vamos a volver a discutir eso?
Max negó con la cabeza y se apoyó en la nevera.
– Bueno, ¿cuánto tiempo crees que tú y tu perro sufriréis esos efectos?
Lola colocó el jarrón en la encimera y se puso a arreglar las flores que había comprado en el mercado. Resultaba tan extraño tenerle allí, en su casa, hablando con ella en la cocina, en lugar de en el Dora Mae. Pero, al mismo tiempo, no resultaba extraño en absoluto. Era como si la conociese de toda la vida. Lo cual era otra prueba de que de verdad estaba volviéndose loca.
– Yo no puedo hablar en nombre de Baby, y no estoy del todo segura respecto a mí misma.
– ¿Cenamos?
Lola levantó la vista del tulipán que tenía entre las manos.
– ¿Invitas tú?
– Por supuesto. Pensé que podríamos comer un bistec y hablar de tus planes para quitar esas fotos de Internet.
Lola ya había puesto en marcha su nuevo plan.
– He llamado a un detective privado y voy a verlo el lunes.
– Contrátame a mí en su lugar.
Lola no se habría sorprendido más si él le hubiese sugerido que lo contratara para llevarla a la luna.
– ¿Me estás ofreciendo tu ayuda?
– Claro.
Si había alguien capaz de obligar a Sam a cerrar su página de Internet y de recuperar esas fotos, esa persona era Max. Mad Max, el hombre que comía cobras y rescataba perros en el mar. Que la había salvado de los traficantes de droga y había hecho volar el barco en pedazos. Max el héroe. Lola sintió que le quitaban un peso de encima, y el corazón se le aceleró imperceptiblemente.
– ¿Cuánto me cobrarás?
– Por tratarse de ti, te ofrezco mis servicios a un precio ridículo.
– ¿Cómo de ridículo?
– Lo hablaremos durante la cena. -Max le quitó el tulipán de las manos y le acarició la punta de la nariz con él. Luego, la puso en el jarrón-. Estoy hambriento, y pienso mejor después de comer.
Una de las últimas cosas que Lola deseaba hacer en esos momentos era volver a ponerse los zapatos.
– De verdad que no tengo ganas de salir, pero dejaré que me cocines la cena aquí.
Max abrió una de las bolsas y echó un vistazo dentro.
– ¿Qué tienes ahí?
– Unas cuantas verduras. Leche, pollo, hamburguesas, y no sé qué más.
– Una chocolatina tamaño gigante -dijo Max mientras sacaba la barrita de caramelo.
– Por supuesto.
Max la dejó en la bolsa.
– ¿Tienes arroz para acompañar el pollo?
– Ahí arriba. -Lola señaló uno de los armarios. En el estante inferior había alimentos y en los dos estantes superiores, algunos de los libros de cocina en lengua extranjera que nunca había utilizado.
Max se puso detrás de ella y levantó el brazo; al abrir el armario, su pecho rozó la espalda de Lola. Max sacó una caja roja. El contacto no había sido nada, sólo un ligero roce de los tejidos, pero a Lola le provocó escalofríos por toda la espalda.
– ¿Sólo tienes arroz de cocción rápida? -preguntó Max justo encima de su cabeza-. No puedo preparar arroz con pollo con esto.
Lola apoyó las manos en la encimera. Lo más fácil del mundo habría sido apoyarse en la sólida comodidad del pecho de Max. Entregarse a sus brazos y fundirse en ellos. Cerrar los ojos y dejar que él apartara cualquier otro pensamiento. Sentir de nuevo su calor y su fuerza.
– ¿Qué lleva el arroz con pollo?
– Pollo, arroz, especias, un poco de salsa de tomate, un poco de cerveza y pimientos.
Antes de que Lola pudiera sucumbir a la tentación, Max volvió a dejar la caja en el armario y se apartó de la encimera, alejándose de ella. A Lola le pareció que él intentaba poner algo más que distancia física entre ellos. Era como si quisiese guardar una distancia profesional, y la extraña sensación de estar como suspendida en el aire, a la espera, la asaltó de nuevo.
– ¿Sabes encender una barbacoa?
– Sí, puedo hacerlo. -Max extrajo un paquete de pollo de la bolsa-. Eh, Lola.
Lola frunció el ceño y puso una rosa en el jarrón.
– ¿Sí?
– No has contestado a mi pregunta.
Lola, que pensaba que las había contestado todas, levantó la vista.
– ¿Cuál de ellas?
– ¿Cómo estás? -Max recorrió su rostro con la mirada-. Sinceramente.
– Estoy bien. -Lola volvió a dirigir la atención a las flores y escogió un hermoso tulipán cerrado-. Todo es un poco raro, pero pronto me adaptaré de nuevo. Hoy ha sido mi primer día en la oficina, así que no estaba…
– No te estoy preguntando por tu trabajo. -Max le sujetó el mentón con los dedos y le levantó la cabeza-. Te estoy preguntando por ti.
Al tacto de sus dedos, Lola sintió que el vello de la nuca se le erizaba y que la garganta le picaba. Dejó el tulipán sobre la encimera y contempló esos familiares ojos azules. Miró el rostro de la única persona que podía comprender aquello que ni siquiera ella misma entendía.
– No sé cómo me siento. Sé que se supone que debería estar contenta de encontrarme en casa otra vez, y lo estoy. Pero al mismo tiempo, siento que algo ha cambiado y no sé qué es. Mi casa, mi trabajo, mi vida, todo parece igual pero no sé. Me producen una sensación distinta. Desconcertante. Extraña.
Max enarcó las cejas, agachó un poco la cabeza y la miró a los ojos.
– ¿Tienes recuerdos recurrentes, o problemas para dormir?
– No.
– ¿Pesadillas?
– Soñé que no podía sacar a Baby del centro de acogida para animales.
– Aja. ¿Y sueños de muertos o de muerte?