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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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En lugar de eso, cerró la puerta de la oficina para hacer saber a todo el mundo que quería disponer de un poco de tiempo para sí. Todo el mundo asomaba la cabeza por esa puerta cada cinco minutos con cualquier excusa tonta o cualquier pregunta. Lola sabía que sólo querían asegurarse de que de verdad estaba viva y de que había vuelto al trabajo. Era muy amable de su parte, pero un poco abrumador.

Lola quería lanzar en primavera una nueva línea de bragas y sujetadores sin costuras y sin aros y, además, tenía que revisar los esbozos del stand de promoción de la feria que se celebraría en Madison Square Garden. La línea de lencería de microfibra era obra de la diseñadora principal, Gina, y tenía un gran potencial de ventas. Ese tejido de alta tecnología transpiraba, se adaptaba al cuerpo y tenía sólo un inconveniente. Ese sujetador sólo se podía confeccionar hasta la talla 90, a pesar de que la empresa que tenía la patente del tejido aseguraba que soportaba hasta la talla 95. Lola en persona había querido comprobarlo y no había quedado satisfecha. Lola Wear Inc. tendría que añadir un aro a todos los sujetadores sin costuras de la talla 95.

Lola se sentó en su sillón de piel, frente a su mesa de trabajo, y se quitó las zapatillas amarillas Manolo Blahnik. Con los pies descalzos encima de la alfombra, empezó a estudiar los borradores. Cuanto más los observaba, más le parecía que algo estaba mal. Faltaba algo que no era capaz de definir.

La vista se le nubló, y Lola se masajeó las sienes. Le dolía la cabeza y, además, esa mañana le había venido la regla y tenía calambres. Quizás ése fuera el problema. Fuera cual fuese la causa, se le antojaba muy extraño encontrarse en su oficina otra vez, casi como si su vida real estuviese a bordo del Dora Mae, como si su vida en ese despacho no fuera real. Pero los hechos decían lo contrario. Ésta era su vida. Esto era real. Encontrarse a bordo de un barco a la deriva, sobrevivir a una tormenta en el mar o escapar en una lancha de unos traficantes de droga, ninguna de estas cosas formaban parte de su vida. La horrible mezcla de emociones que albergaba hacia Max, la terrible sensación de que no podría sobrevivir sin él, eran cosas que todavía se encontraban presentes allí, en los márgenes de su condensa, como un rayo de luz inaprehensible o un retazo de conversación casi inaudible.

Por otro lado, a veces se preguntaba si el tiempo que había compartido con Max no había sido sólo un sueño. Ahora que él no estaba a su lado, no había nada que demostrase que ese tiempo pasado con él hubiera sido real. Nada excepto la ramita de guayaco trenzada alrededor de su pantorrilla. Las flores moradas se habían caído, y sólo unas cuantas hojas le recordaban la noche en que él se la había puesto.

Durante la mayor parte del tiempo, Lola se sentía confundida, como flotando en el aire. Esperando. Esperando recibir noticias de él. Y cada vez que sonaba el teléfono y no era él, Lola se quedaba frustrada y decepcionada.

Paseó la mirada por la oficina, por los objetos que ella misma había escogido para decorarla, desde las cortinas de color azul y lavanda hasta las prímulas que había plantado en pequeños tiestos colocados en puntos estratégicos del aparador blanco, así como en una esquina de su mesa Luis XIII.

También había elegido el ventilador de techo que silenciosamente hacía circular el aire de la habitación, y las sillas adamascadas de color crema estilo reina Ana. Los colores y los diseños se combinaban para crear un delicado espacio femenino. Todo se encontraba exactamente como lo había dejado. A pesar de ello, todo presentaba un cariz distinto.

Tenía un bonito bronceado en las piernas del tiempo que había pasado en el Dora Mae a la búsqueda de un barco que los rescatase, y no había querido ponerse medias a pesar de que siempre le había parecido que no llevarlas era vulgar. Su ropa también le parecía distinta. El vestido rojo sin mangas le venía más holgado de la normal a la altura de las caderas, y no podía soportar los zapatos. Pero no se trataba de que no llevara medias, o zapatos, o de que hubiese perdido peso. Era algo más.

Alguien llamó suavemente a la puerta y la jefa de oficina, Rose McGraw, asomó la cabeza:

– ¿Tienes un minuto?

Lola bajó las manos, abatida.

– Por supuesto.

– Necesito tu aprobación para estas compras. -Y le puso una carpeta encima del escritorio.

Lola la abrió y echó un vistazo a la lista de material de oficina. Lo primero que se preguntó fue: «¿Por qué me molesta Rose con esto?» La respuesta se le ocurrió antes de que acabara de formular la pregunta: «Porque a ti te gusta controlar todos los aspectos del negocio, desde las estrategia y los objetivos hasta los sujetapapeles» Cerró la carpeta casi antes de empezar a mirar la lista. Había contratado a gente muy competente, y el negocio que había iniciado por sí misma ya no la necesitaba tanto. Le había hecho falta encontrarse a la deriva en el Dora Mae para darse cuenta de que no tenía que controlarlo todo.

– Parece que está bien -le dijo.

Durante una temporada, la compra de material se había restringido a lo mínimo indispensable, pero esos tiempos habían pasado. Ya no necesitaba restringirlo todo tanto.

– Eres una mujer competente. Por eso te contraté. No necesitas mi aprobación sobre la tinta de impresora y el papel de la copiadora.

El rostro de Rose expresó una mezcla de confusión y alivio.

– ¿Estás segura de que no quieres revisarlo?

– Estoy segura.

– ¿Te encuentras bien? -inquirió Rose.

– Sí, gracias.

– Has pasado por un infierno.

Rose no lo sabía bien. Nadie lo sabía. Nadie conocía la verdad. Nadie excepto ella y Max. Durante los primeros días, que pasó junto a sus padres, Lola se confió un poco a ellos. Les dijo que Max estaba con ella en el Dora Mae, pero no les contó todo. No les dijo que él la había secuestrado. Omitió muchos detalles porque sus padres ya estaban bastante preocupados, y eso que no sabían que había estado en peligro de muerte en tres ocasiones en un período de pocos días.

La historia que refirió a la prensa era una versión dulcificada de la verdad. Cuando salió del hospital y se encontró con los periodistas, les dijo que se había quedado atrapada y a la deriva durante un paseo en yate por el Atlántico. Nada más.

– Estoy bien -le respondió a Rose, pero no estaba muy segura de que eso fuera verdad. Lo era, pero era una verdad a la que no estaba acostumbrada. Lo cual no tenía ningún sentido y era una señal de que, obviamente, había perdido la cabeza. Lola consiguió esbozar una sonrisa un poco más sincera-: Gracias.

Rose abandonó el despacho, cerró la puerta a su espalda, y el sonido de las suelas de sus zapatillas se alejó por el pasillo. Lola apoyó los codos sobre la mesa y hundió la cara entre las manos.

Ya antes de abandonar el hospital, había recibido la visita de dos caballeros de aspecto oficial que insistieron en la necesidad de que guardase cierta discreción. Apelaron a su sentimiento patriótico y su prudencia. Esos hombres habrían podido ahorrarse el viaje y la saliva. Lola no era tonta. No necesitaba que el FBI, la CIA o cualquier otro organismo le recordaran que su vida podía correr peligro si revelaba dónde había estado, había visto y con quién la había visto. Lola sabía que no podía hablar de ello con nadie. Con nadie excepto con Max, pero tampoco podía hablar con él porque no sabía cómo ponerse en contacto con él; y él no se había puesto en contacto con ella.

Lola suspiró profundamente y alcanzó el calendario de mesa. Antes de marcharse a las Bahamas había organizado su agenda para los cuatro meses siguientes. Los días estaban ocupados en reuniones y comidas. Algunas de ellas eran importantes y otras no. Ninguna de ellas era cuestión de vida o muerte.

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