Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
– Nada de eso importa ahora. Era el móvil, no el busca. -Max le puso los dedos en la barbilla y le levantó el rostro-. Encargué a un tipo que localizara a tu ex novio. Tienes razón. Vive en Baltimore. Tengo su dirección. Cuando vuelva de Charlotte el miércoles, investigaré la zona.
Una ligera brisa transportó hasta Lola el olor de la camisa almidonada y la fragancia de la colonia de Max. No se marcharía para salvar el mundo. Aunque se sintió un poco aliviada, también sabía que cualquier día sonaría el móvil o el buscapersonas y él tendría que marcharse. Si lo mataban en cualquier país extranjero, o durante una misión secreta, ¿se enteraría ella? ¿O, simplemente, nunca más tendría noticias de él?
– Esta noche pensaremos un plan para que recuperes las fotos -dijo Max.
De repente, Lola se sintió muy pequeña. Max estaba ofreciéndole su ayuda. Estaba dispuesto a arriesgarse para ocuparse de su problema con Sam. Además, contaba con ella, cuando él prefería trabajar solo. Se merecía algo más que la ira de Lola. Max era Max. No podía pedirle que cambiara sólo para satisfacerla; lo único que podía hacer era blindarse el corazón.
A una distancia de varios coches, Max siguió al ex novio de Lola hasta Camden Yards, en el centro de Baltimore. Los Orioles iban a jugar en Toronto el primero de tres partidos antes de salir de la ciudad. Max vio el coche de Sam entrar en Oriole Park y dio marcha atrás hasta la sencilla casa blanca de las afueras. Aparcó en la calle bajo la sombra de un roble. Max alcanzó el móvil y llamó a Lola.
Lola respondió al tercer timbrazo y el sonido de su voz bastó para que Max sintiese un retortijón en el vientre.
– ¿Dónde estás? -le preguntó.
– En el trabajo -suspiró Lola-. ¿Dónde estás tú?
– A unos treinta metros de tu ex. Está en el partido de los Orioles, tal como sospechabas. -Max miró su reloj-. Voy a esperar a que anochezca para acercarme y echar un vistazo a su sistema de seguridad. Averiguaré qué juguetes necesitaré pasado mañana.
– ¿Un arma?
– No creo que haga falta un arma.
– Vaya -dijo Lola. Sonaba decepcionada.
– A lo mejor llevaré una pistola de descargas eléctricas -añadió Max para arrancarle una sonrisa a Lola.
– ¿Podré zumbarle con ella?
– Espero que hayamos salido ya cuando él vuelva a casa.
– Me habría encantado zumbarle.
Max rió.
– Estás sedienta de sangre. Pero te diré qué haremos: si te portas bien, te dejaré ver el arma. -Bajó un poco la voz y añadió-: Quizás incluso te deje tocarla.
Pasaron unos instantes en silencio hasta que Lola dijo:
– ¿Estás hablando de la pistola de descargas, Max?
– Sí.
– Vale -contestó Lola, pero no parecía convencida-. Entonces nos vemos el viernes.
– Sí, te recogeré en el Ronald Reagan a las seis.
Max repasó rápidamente el plan del que habían hablado durante el fin de semana. Había cambiado de opinión respecto a disimular el aspecto de Lola para que pudiese entrar y salir de la ciudad sin que nadie la reconociera. Cualquier disfraz la haría aparecer como culpable, y cuando Sam se diera cuenta de que alguien había borrado su disco duro y de que las fotos habían desaparecido, ella sería la primera persona de quien sospecharía. Max pensaba ser la coartada de Lola, así que no les convenía en absoluto dar la impresión de que se estaban escondiendo.
Imaginaba que la policía interrogaría a Lola (y también a él), pero no tendrían ninguna prueba que los relacionara a ambos con el caso. Sin pruebas, el caso quedaría archivado y sería uno de tantos sin resolver en una zona en la que se cometían bastantes delitos.
– ¿Estás seguro que es lo mejor? -preguntó Lola cuando Max hubo terminado.
– Sí. Nos esconderemos a la vista de todo el mundo. Deja que todo el mundo se entere de que te encuentras en la ciudad.
Max pensó en el vestido rojo que Lola llevaba la noche que él la había visitado en su casa. Le había gustado ese vestido. Era elegante y atrevido al mismo tiempo. Luego, Lola se había puesto unos shorts y una camiseta, y Max había estado a punto de volverse loco.
– Podríamos comportarnos como si no pudiésemos quitarnos las manos de encima el uno al otro. Como si estuviéramos muy calientes. Así, cuando nos vayamos de un bar que conozco, la gente creerá que nos vamos directamente a la cama en vez de a casa de tu ex.
– Aja. ¿Estás seguro de que funcionará?
– Sí, estoy seguro. Así que ponte algo memorable -añadió antes de colgar.
Max dejó el teléfono en el asiento del copiloto y se dispuso a esperar el atardecer. Recostó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos e intentó dormir un poco, pero sus pensamientos sobre Lola le impedían conciliar el sueño.
Al final, había estado todo el fin de semana con ella, y tenía la sensación de haber pasado casi todo ese tiempo en el sofá púrpura, rodeado de esos cojines con puntillas mientras Baby le lamía la oreja.
Lola no lo había obligado a pasar seis horas viendo Orgullo y prejuicio como había amenazado con hacer, pero había puesto una peli de Kevin Costner sobre un tipo que construía un barco. Max se había quedado dormido, pero Lola lo había despertado para que viera otra película, una en que Mel Gibson leía la mente de las mujeres. Esa última le gustó, más o menos, aunque su peli favorita de Mel siempre sería Arma letal.
La reunión de los Carlyle no había resultado ser la tortura que se había imaginado. En realidad, todos parecían tener los pies en el suelo y, por alguna razón, él les había caído bien. Max suponía que eso tenía mucho que ver con Lola y con que ella lo había pintado como un héroe que la había salvado de una muerte segura.
Después de la comida, Lola y él habían vuelto a su casa y esbozado un plan de operaciones. Luego se habían ido a la cama. Solos. Y por segunda noche, Max apenas había podido conciliar el sueño. Al día siguiente había salido temprano hacia Charlotte y buscado un hotel para dormir un poco antes de ver a la gente de Duke el día siguiente.
Estaba obsesionado con Lola. Cuando no estaba con ella, no podía quitársela de la cabeza.
Había pasado sólo dos días en Charlotte, pero le había parecido una eternidad. Durante la reunión con los directivos de Duke Power Company, no había podido concentrarse. Eso nunca le había sucedido antes. Siempre había sido capaz de dedicar toda su atención al trabajo que tenía entre manos.
Pero en esa ocasión, después de pasearse por las instalaciones de Duke y de señalar los puntos débiles del sistema de seguridad, imágenes de Lola empezaron a colarse en su mente. La manera en que Lola había aparecido en el patio, el reflejo de la luz de la luna en su cabello corto. También recordó detalles sencillos: la sonrisa de Lola al acercarse a él y tenderle las manos.
Cuando hubo terminado el trabajo en Charlotte, pensó en hacer una breve parada en Durham. Iba camino de casa y tenía la excusa de repasar los últimos detalles del plan con Lola. Pero al final, se pasó la salida. No cedió a su debilidad.
Sí, no cabía duda de que estaba totalmente obsesionado. Y sólo había una cosa que pudiera hacer al respecto. Tan pronto como solucionara el problema de Lola, tan pronto como le devolviese las fotos, tenía que alejarse de ella. No más excusas.
No volvería a hacerse el héroe sólo para aparecer en su vida. Tenía que alejarse antes de enloquecer más, antes de que fuera demasiado tarde. Antes de cometer el disparate de renunciar a su estilo de vida con tal de estar con ella. Antes de hacer lo que fuera para encajar en el mundo de Lola. Antes de cambiar tanto que ni él mismo supiese quién era. Antes de que quedase reducido a nada.