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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Levantó la vista: quizá se trataba de eso. Su vida resultaba decepcionante. Ahora que no se encontraba en peligro y que no necesitaba que un hombre fuerte la salvara, quizá la vida le parecía aburrida.

A las tres y diez, Lola se puso los zapatos, cogió el bolso a juego y se dirigió a su cita de las tres y media en el salón de belleza. Allí le aplicaron un masaje completo y un tratamiento herbal, le depilaron las cejas, le hicieron la manicura y le pintaron las uñas de los pies con laca rosa y margaritas blancas.

Cuando acabaron con la pedicura, Lola se miró en el espejo y pidió que le cortaran el pelo: corto. Escogió un color parecido al de la mantequilla para que le hicieran mechas y cuando estuvo lista, unos rizos rubios le caían por la nuca y le rozaban la punta de las orejas. El corte le realzaba los ojos y les daba una expresión dramática. Se pasó los dedos por el cabello corto y sonrió. De alguna manera, sentía que ese corte reflejaba su auténtico yo, fuera quien fuese.

En cuanto llegó con el BMW a su garaje, Baby emitió una serie de ladridos desde dentro de la casa. Cuando Lola entró, el perro la recibió con alegres saltos y la siguió pegado a sus talones mientras ella se dirigía a la cocina, dejaba las bolsas de la compra y colocaba un jarrón de tulipanes y de rosas blancas en la encimera. Ese día Baby llevaba una camiseta sin mangas con la frase: «Malo hasta la médula.» Lola la sujetó entre sus brazos y le rascó la cabeza.

– ¿Qué te parece mi pelo?

Baby le lamió las mejillas, temblando de emoción.

– Eres un perrito con mucho estilo. Sabía que te gustaría.

El teléfono sonó, y en cuanto Lola oyó la voz de su madre recordándole la reunión de los Carlyle, se dio cuenta que había deseado que fuera Max. Otra vez. Pero no la era, y la decepción se transformó en enfado.

El enfado se prolongó durante los cinco minutos de conversación y, cuando finalmente colgó, se quitó los zapatos rojos y, con cuidado, se desprendió la ramita de guayaco de la pantorrilla. Lo único que quería era olvidarse de Max Zamora, así que dejó la ramita trenzada encima de la nevera.

Le puso a Baby su comida especial baja en grasas en su cuenco especial Wedgwood y lo depositó en el suelo de madera que había instalado poco después de firmar la hipoteca.

Había comprado la casa hacía un año y había pagado un poco más de medio millón por ella, todo porque ella y Baby se habían enamorado del patio trasero. Parecía un pequeño jardín inglés, con su fuente decorada con una ninfa dentro de una concha, y además tenía espacio de sobra para la caseta castillo de Baby.

El interior de la casa no la había entusiasmado tanto, así que la había redecorado con los mismos tonos vibrantes de lavanda, rosa y verde que imperaban en el exterior. Al igual que su oficina en el centro, era un espacio femenino, un poco recargado pero acogedor.

Mientras subía al primer piso para cambiarse el vestido rojo, oyó el timbre de la entrada y volvió sobre sus pasos. Esperaba encontrar a su padre de pie ante la puerta, con una expresión de alivio en los ojos al comprobar por sí mismo que su pequeña de treinta años se encontraba bien.

Lola abrió la puerta y se quedó inmóvil, con la frase «bienvenido papá» helada en los labios. No era quien ella esperaba, o, mejor dicho, era quien ella había estado esperando durante todos esos días. Al ver a Max de pie en el umbral, el corazón y el estómago de Lola dieron un vuelco.

Tenía ante sí el familiar rostro de Max, pero ahora estaba recién afeitado y el corte de la frente era sólo una fina línea roja. El masculino contorno de su mandíbula y de sus pómulos le pareció más perfecto de la que recordaba, quizá porque los morados y la hinchazón habían desaparecido. Pero la boca era exactamente como la imagen que conservaba en la memoria: generosa y perfecta.

Unas Ray-Ban le ocultaban los ojos, pero Lola no necesitaba verlos para saber que eran del color del Caribe. Y tampoco le hizo falta verlos para saber que, en esos momentos, estaban recorriendo su cuerpo. Lo notó claramente en las plantas de los pies. Sintió que su mirada la rozaba por aquí, se entretenía por allá, y su calor invadió todo su cuerpo. Max llevaba una camisa blanca y unos pantalones de algodón. Se había enrollado las mangas por encima de los codos y llevaba un reloj plateado en la muñeca.

Con una mano sostenía una cajita delgada del tamaño de un lápiz, envuelta en papel rosa y una cinta. La última vez que Lola la había visto él había levantado la mano en un gesto de despedida y había desaparecido en un coche.

– Me gustan tus uñas de los pies -comentó Max, esbozando una sonrisa.

Lola no sabía si reír o llorar. Si echarle los brazos al cuello y besarle el apuesto rostro o si propinarle un puñetazo en la mandíbula. Max ni siquiera se había preocupado de llamarla desde que habían vuelto. Ella había esperado otra cosa, más que nada porque habían hecho el amor. Lola había tenido que convencerlo y, para colmo, no estaba segura de que no lo haría otra vez.

Por suerte, años de guardar la compostura y una educación arraigada en la mejor tradición sureña acudieron en su ayuda. Lola se apoyó en el quicio de la puerta, cruzó los brazos y arqueó una ceja.

– ¿Te has perdido? -preguntó con la frialdad de un vaso de Coca Cola helado.

Max desplegó una sonrisa completa.

– No, señora. Yo no me pierdo, aunque de vez en cuando pierdo un poco el norte.

CAPÍTULO 12

Baby apareció como una flecha desde la parte trasera de la casa, ladrando como si se hubiera lanzado tras un gato. Pasó entre los pies de Lola, salió corriendo por la puerta y empezó a dar saltos sobre las patas traseras alrededor de Max. Éste se agachó y la recogió con la mano que tenía libre.

– Hola, B.D. -la saludó, y lo levantó un poco para observarlo-. ¿Qué es eso que llevas puesto?

– Su camiseta de seda.

– Aja -le dio la vuelta-. Excepto por esa camiseta de mariquita, tiene buen aspecto. ¿Algún problema desde que ha vuelto a casa?

Lola no hizo caso del comentario despectivo sobre la camiseta.

– El veterinario dice que tiene una ligera infección en la orina y que su sistema inmunológico se ha debilitado un poco, pero estará bien cuando termine con la medicación.

– ¿Y tú? ¿Cómo estás tú, Lola?

Bueno, ésa era una buena pregunta. Sintió que el corazón se le aceleraba y, de repente, le faltó el aliento. Abrió los brazos en un gesto que indicaba que estaba perfectamente.

– Hoy he ido a la oficina.

– Me gusta tu pelo.

– Gracias. -Lola se pasó unos rizos detrás de la oreja y dirigió la vista al jeep negro aparcado detrás de Max-. ¿Es tuyo?

Max echó un vistazo por encima del hombro.

– Sí.

– Me imaginaba que eras el tipo de hombre que conduce un todoterreno.

La risa silenciosa de Max llenó el espacio entre los dos, y Baby le lamió la barbilla.

– ¡Eh, tú, chucho! -Max apartó el perro de su cara-. Tranquilízate o sufrirás un accidente.

– Sólo está contento de verte.

Max dejó al perro en el porche y luego se enderezó despacio. Miró a Lola a través de los cristales oscuros de las gafas de sol.

– ¿Y tú, Lola? ¿Estás contenta de verme?

El sonido de la voz de Max al pronunciar su nombre traspasó a Lola como un rayo de luz atraviesa la niebla, pero no sabía si cometer la temeridad de responder que sí estaba contenta. Ladeó la cabeza.

– Estoy a punto de volverme loca y morderme una mano -dijo despacio.

– No puedo permitir eso -dijo Max con una sonrisa-. Quizá deberías invitarme a pasar para que pueda asegurarme que no te autolesiones.

Bueno, ya que estaba aquí. Lola dio un paso atrás.

– Pasa.

Mientras se dirigía a la cocina, oyó que Max cerraba la puerta detrás de sí y la seguía. Baby corrió a su comida, y Lola sacó una botella de vino tinto de una de las bolsas que había dejado sobre la encimera.

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