El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
Eso no parecía un problema. Gabriella tenía aspecto de no haber comido en años. Estaba en los huesos y sus enormes ojos contrastaban tanto con su rostro chupado que la casera pensó que pasaba hambre.
– ¿Quiere verla?
– Me encantaría, gracias.
Parecía muy educada, y bien hablada, y a la señora Boslicki le gustó eso. No quería niñatas malcriadas en su casa. Llevaba veinte años alquilando habitaciones, desde que su marido murió y tampoco había admitido nunca hippies.
Gabriella la siguió mientras la casera le preguntaba si le gustaban los gatos. Tenía nueve. Gabriella le aseguró que le encantaban. En el convento de San Mateo había uno que a veces se sentaba a su vera cuando trabajaba en el huerto. La fornida casera jadeaba cuando llegó al ático, pero era Gabriella la que parecía a punto de desmayarse. La habitación estaba en la cuarta planta y todavía se encontraba demasiado débil. El médico había insistido en que evitara las escaleras, el ejercicio y los objetos pesados si no quería correr el riesgo de empezar a sangrar de nuevo. No podía permitirse perder otra gota de sangre.
– ¿Se encuentra bien? -la casera advirtió que Gabriella estaba aún más pálida y caminaba con lentitud.-he estado ago delicada -explicó mientras la mujer de la bata floreada asentía con la cabeza. Llevaba zapatillas y el pelo pulcramente recogido en un moño y tenía el aire cálido de una abuela.
– Hay que tener cuidado con la gripe. Antes de que te des cuenta se te ha convertido en una neumonía. ¿Ha estado tosiendo? -tampoco quería huéspedes con tuberculosis.
– No. Y ya estoy bien -la tranquilizó Gabriela.
La señora Boslicki abrió la puerta de la habitación. Era sombría y apenas si tenía espacio para una cama angosta, una silla y una cómoda con tapete de ganchillo incluido. Se la había alquilado durante años a una anciana de Varsovia fallecida el verano pasado. La señora Boslicki no había conseguido alquilarla desde entonces. Y hasta ella se daba cuenta de que trescientos dólares al mes era un precio exorbitante. Los postigos de la ventana estaban medio rotos y las cortinas raídas, y a la moqueta apenas le quedaba pelo. La mujer reparó en la cara de Gabriella, a quien las celdas del convento nunca le habían parecido tan deprimentes. Y pro primera vez la señora Boslicki pareció preocupada.
– Podría dejársela por doscientos cincuenta -dijo, orgullosa de su generosidad. Quería alquilar la habitación a toda costa. Necesitaba el dinero.
– Me la quedo -dijo Gabriella sin vacilar.
Era un cuarto triste, pero no tenía nada más. Además, las escaleras la habían dejado tan agotada que estaba deseando tumbarse. Necesitaba un lugar donde pasar la noche, pero la idea de que ésa pudiera ser su nueva casa le provocaba ganas de llorar. Pagó a la mujer.
– Le daré sábanas y toallas limpias. Sus cosas se las lavará usted. Al final de la calle hay una lavandería y muchos restaurantes. Casi todos mis huéspedes comen en la cafetería de la esquina.
Gabriella recordaba haber pasado por delante y confió en que no fuera demasiado cara. Sólo le quedaban doscientos cincuenta dólares, pero por lo menos contaba con un techo seguro sobre su cabeza durante un mes.
La señora Boslicki le enseñó el cuarto de baño. Situado en el mismo pasillo, tenía una bañera con ducha incorporada y una cortina de plástico rosa. Había un pequeño lavamanos, un retrete y un espejo que pendía de un clavo. No era bonito, pero sí suficiente.
– Manténgalo aseado para las demás. Yo lo limpio una vez a la semana, pero los otros días deben hacerlo ustedes. Abajo hay una sala de estar. Puede ir cuando quiera. Tiene televisor y -añadió con una sonrisa grandilocuente- piano. ¿Toca el piano?
– No, lo siento -se disculpó Gabriella.
Entonces se acordó de que su madre sí lo tocaba, pero sus padres nunca derrocharon clases con Gabriella. Además, no tenía talento para la música y algunas monjas se metían con su forma de cantar. Le gustaba mucho, pero cantaba con demasiada estridencia y cierto desafino.
– Lo que tienes que hacer es encontrar un trabajo para que puedas quedarte aquí. Pareces buena chica -dijo la señora Boslicki con dulzura. Había decidido que Gabriella no estaba mal. Tenía buenos modales y era muy educada, y no parecía que fuera a dar problemas-. Pero tienes que cuidarte. Se diría que has estado enferma. Debes comer en abundancia para recuperar fuerzas.
Se disponía a marcharse cuando le prometió que volvería más tarde con las toallas y Gabriella le dijo que ella misma bajaría a buscarlas para ahorrarle la molestia. La señora Boslicki se despidió agitando una mano y bajó por las escaleras, aferrando el dinero de Gabriella.
Gabriella regresó al cuartucho y miró en derredor. Se sentó en la incómoda silla y se preguntó qué podría hacer para animar el lugar. Cuando ganara dinero podría comprar algunas cosas, como una colcha, grabados para las paredes y flores frescas.
Con un suave suspiro, depositó la maleta en el armario y colgó su otro vestido. Dentro de la maleta guardaba algo más, el diario dirigido a Joe, pero no lo tocó. Le entristecía pensar que nunca fuera a leerlo. Finalmente lo cogió y se sentó en la cama. En él hablaba de su amor por Joe, del miedo exquisito de los primeros encuentros clandestinos, de la pasión que había encontrado entre sus brazos en aquel apartamento. Todo estaba allí, incluida la vida que habían de compartir y la ilusión por el futuro bebé. Y al volver la última página cayó sobre la cama un sobre dirigido a la hermana Bernadette. Gabriella comprendió de repente que era la carta de Joe y la abrió con manos temblorosas. Tardó en darse cuenta de que era su nota de suicidio, lo último que había escrito de su puño y letra antes de morir. El padre O’Brian se la había dado a la madre Gregoria y ésta la había introducido en el diario sin decir nada, y ahora Gabbie contempló la carta con los ojos llenos de lágrimas. Se sentía extraña al pensar que Joe había tocado ese mismo papel unos días antes. Lo único que le quedaba de él eran esas palabras escritas en dos folios.
“Gabbie”, comenzaba. Había escrito en el sobre el nombre de hermana Bernadette para asegurarse de que le llegara, si bien la carta sólo había conseguido que salieran a la luz todos sus secretos. Sin ella puede que Gabriella siguiera aún en el convento de San Mateo. Pero lo hecho hecho estaba y no tenía más remedio que aceptarlo.
“No sé qué decir ni por dónde empezar. Eres mucho más maravillosa y fuerte que yo. Siempre he sido consciente de mi debilidad, de mis defectos, de las muchas personas a las que he decepcionado… como a mis padres el día que Jimmy murió porque no pude salvarle”.
Poco importaba que Jimmy hubiera sido dos años mayor que él y mucho más fuerte. El hermano menor seguía culpándose por el milagro heroico que no había sido capaz de realizar. Tal vez era cierto que sus padres le habían culpado en silencio, y Gabriella les odió por ello.
“He decepcionado a todo el mundo, a personas que me conocían, que me querían y contaban conmigo. En el fondo por eso ingresé en el sacerdocio. Si no les hubiese decepcionado tanto…”
Gabriella comprendió que volvía a hablar de sus padres. Podía oír su voz y se le desgarraba el corazón. Quería decirle que se equivocaba, quería convencerle de que se quedara… ojalá hubiese estado con él aquella noche, ojalá él le hubiese dicho lo que estaba pensando cuando le vio por última vez…
“Si no les hubiese decepcionado tanto, o si hubiese sido importante en sus vidas, mi madre no habría hecho lo que hizo cuando mi padre murió. Habría sabido que yo estaba a su lado para ayudarla. No obstante, prefirió morir a vivir sin él.
“Cuando ingresé en el orfanato de San Marcos, los hermanos me dieron el afecto, las oportunidades y la comprensión que necesitaba. Tenían tanta fe en mí que me lo perdonaban todo, y sé que me querían mucho, como también sé lo mucho que nos querremos tú y yo. He aquí las únicas verdades de mi vida, las bendiciones a las que me aferro incluso ahora, en mis horas más oscuras.