Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
1 ... 41 42 43 44 45 46 47 48 49 ... 100
Перейти на страницу:

—¿Ayer pasaste toda la noche en vela, así?

—No pegué ojo.

Por fin, Sven se sentó a su lado y le tendió un cuenco de sopa. Ella lo miró como si no la quisiera, pero al final se la bebió a grandes sorbos y con avidez. Y, al acabar, le contó la historia de su viaje a Red Lick, con una voz quebrada impropia de ella, los puños apretados y temblando, como si todavía pudiera sentir a McCullough agarrándola y su aliento caliente sobre la piel. Y Sven Gustavsson, un hombre conocido por tener un temperamento excepcionalmente equilibrado en un pueblo lleno de exaltados, un hombre que interrumpía una pelea de bar diecinueve veces de cada veinte, cuando cualquier otro sería incapaz de resistirse a la satisfacción de dar un puñetazo, se descubrió poseído por una rabia poco habitual, por una neblina roja que se cernía sobre él y lo instaba a ir a buscar a McCullough y vengarse dándole un poco de su propia medicina, una medicina que incluía sangre, puños y dientes rotos.

Sin embargo, nada de aquello se reflejó en su cara, ni en la tranquilidad de su voz cuando volvió a hablar.

—Estás agotada. Vete a la cama.

Margery levantó la vista hacia él.

—¿Tú no vienes?

—No. Me quedaré aquí fuera mientras duermes.

Margery O’Hare no era una mujer a la que le gustara depender de nadie. Sven se dio cuenta de que debía de estar muy afectada, porque le dio las gracias en voz baja y se fue a la cama sin rechistar.

11

Fair Oaks fue construida alrededor de 1845 por el doctor Guildford D. Runyon, un shaker que renunció a su voto de celibato y proyectó la casa con vistas a su matrimonio con la señorita Kate Ferrel, quien murió antes de que estuviera acabada. El doctor Runyon siguió soltero hasta su muerte, en 1873.

WPA, Guía de Kentucky

Había quince muñecas sobre el tocador. Estaban sentadas una al lado de la otra, como una familia descabalada, con sus caras de porcelana pálidas y rosadas, y su pelo auténtico (Alice se estremeció, preguntándose de dónde lo habrían sacado) enroscado en unos tirabuzones brillantes e inmaculados. Fueron lo primero que Alice vio cuando se despertó por la mañana en el pequeño diván: aquellos rostros inexpresivos mirándola impasibles, con sus labios de color cereza esbozando vagas sonrisas de desdén y sus pololos blancos como la espuma asomando por debajo de sus largas faldas victorianas. La señora Van Cleve adoraba sus muñecas. Igual que adoraba los ositos de peluche, los adornitos y las tabaqueras de porcelana, y los salmos minuciosamente bordados que estaban colgados por toda la casa, cada uno de ellos el resultado de horas de intrincada costura.

A Alice todo aquello le hacía pensar a diario en una vida que había estado casi exclusivamente centrada en el interior de aquellas paredes, en llevar a cabo pequeñas tareas sin sentido. Unas tareas a las que no debería reducirse el día a día de ninguna mujer adulta, algo de lo que Alice estaba cada vez más convencida: hacer muñecas, bordar, limpiar el polvo y volver a ordenar con precisión unas baratijas en las que en realidad ningún hombre se fijaba. Hasta que ella se fue y se convirtieron en reliquias de una mujer a la que ellos aseguraban haber idolatrado.

Alice odiaba aquellas muñecas. Igual que odiaba el pesado silencio que flotaba en el ambiente y la inmovilidad infinita de una casa en la que nada podía avanzar y nada podía cambiar. Hasta ella parecía otra de esas muñecas. Sonriente, inmóvil, decorativa y silenciosa.

Bajó la vista hacia el retrato de Dolores van Cleve, que estaba en un gran marco dorado sobre la mesilla de noche de Bennett. La mujer sostenía una cruz de madera pequeña entre sus manos regordetas y tenía cara de desaprobación y tristeza, algo que para Alice se interponía entre ella y su marido cuando estaban a solas. «¿No podríamos poner a tu madre un poquito más lejos? ¿Aunque solo fuera… por la noche?», se había atrevido a preguntarle a Bennett, cuando este le había enseñado la habitación conyugal por primera vez. Pero este había fruncido el ceño con tanta incredulidad como si le hubiera sugerido alegremente profanar la tumba de su madre. Alice dejó de darle vueltas a aquello y ahogó un quejido mientras se lavaba la cara con el agua helada, antes de correr a ponerse encima un montón de capas. Ese día, las bibliotecarias solo estarían fuera media jornada para tener algo de tiempo para hacer las compras navideñas y una pequeña parte de ella tuvo que enfrentarse a su decepción ante la perspectiva de pasar menos tiempo en sus rutas.

Esa mañana vería a las hijas de Jim Horner. Eso ayudaba. Estarían esperando en la ventana para ver a Spirit subiendo por el sendero, luego saldrían corriendo por la puerta de madera, dando saltos de puntillas hasta que ella bajara del caballo, hablando una por encima de la otra mientras reclamaban ruidosamente información sobre lo que traía, dónde había estado y si se quedaría un poco más que la última vez. Luego se le colgarían del cuello con alegría, mientras leía para ellas, y le acariciarían el pelo con sus deditos o le darían besos en las mejillas como si, a pesar de la lenta recuperación de aquella pequeña familia, ambas estuvieran desesperadas por tener algún tipo de contacto femenino por alguna razón que apenas alcanzaban a entender. Y Jim, ya sin aquella mirada severa y recelosa, dejaría una taza de café a su lado y luego aprovecharía el tiempo que ella estuviera allí para cortar leña o, como hacía a veces últimamente, simplemente para sentarse y observar, como si le complaciera ver la alegría de sus hijas mientras presumían de lo que habían aprendido a leer esa semana. (Y vaya si eran inteligentes: leían mucho mejor que otros niños, gracias a las clases con la señora Beidecker). Sí, las niñas de los Horner eran todo un consuelo. Era una pena que unas niñas así fueran a recibir tan pocos regalos de Navidad.

Alice se enroscó la bufanda alrededor del cuello y se puso los guantes de montar, mientras se preguntaba rápidamente si debería ponerse otro par de medias para subir a la montaña. A esas alturas, todas las bibliotecarias tenían sabañones, los dedos de los pies rosados e hinchados del frío y los de las manos habitualmente blancos, como los de un cadáver, por la falta de sangre. La joven miró por la ventana y se fijó en el frío cielo gris. Ya nunca se miraba al espejo. Cogió el sobre que había dejado a un lado el día anterior y se lo guardó en la bolsa. Lo leería más tarde, cuando hubiera acabado las rondas. No tenía sentido preocuparse cuando había por delante dos silenciosas horas a caballo.

Alice miró hacia el tocador, antes de marcharse. Las muñecas seguían observándola.

—¿Qué? —les dijo.

Pero, esa vez, parecían estar transmitiéndole algo muy diferente.

—¿Para nosotras? —Millie se quedó tan boquiabierta que Alice casi pudo oír a Sophia advirtiéndole que le iban a entrar moscas en la boca.

Alice le dio la otra muñeca a Mae y sus enaguas crujieron mientras la niña se la ponía rápidamente en el regazo.

—Una para cada una. Hemos tenido una pequeña charla esta mañana y me han confesado que serían mucho más felices aquí, con vosotras, que donde vivían hasta ahora.

Las dos niñas admiraron embobadas aquellas caritas angelicales de porcelana y luego, al unísono, giraron la cabeza hacia su padre. La expresión de Jim Horner era inescrutable.

—No son nuevas, señor Horner —dijo Alice, con tacto—. Pero, en el lugar del que proceden, nadie las usa. Es… una casa de hombres. No era lógico tenerlas allí sentadas.

La joven pudo ver su indecisión, el «no sé» que se estaba formando en sus labios. Fue como si el aire de la cabaña enmudeciera, mientras las niñas contenían el aliento.

—Por favor, papá —susurró Mae. Las dos niñas estaban sentadas con las piernas cruzadas. Millie acariciaba con expresión ausente los brillantes tirabuzones castaños, dejando que luego cada uno de ellos volviera a su lugar, mientras miraba alternativamente la cara pintada de la muñeca y la de su padre. Aquellas muñecas, que a Alice le habían parecido siniestras y censuradoras durante meses, de pronto le parecían benévolas y alegres. Porque estaban en el lugar en el que debían estar.

1 ... 41 42 43 44 45 46 47 48 49 ... 100
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)