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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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El padre de Santiago asintió con la cabeza.

– Está -afirmó después-. Y con él tiene un piquete de tropas que bajaron de Trelew, creo.

– ¡Ah!… -murmuró el misionero.

Ruda intervino entonces.

– Bueno, padre; si le parece vamos a ver al patrón… ¿Viene, capataz? -preguntó a Juan, que no había dicho una palabra.

– Voy, pues.

– Usted también, don Manuel.

– ¡Cómo no! -contestó el comerciante y los cuatro abandonaron la mesa.

– Hasta luego, señora… ya volvemos.

– ¡Vayan, vayan!… ¡Y ojalá lo distraigan un rato!

No imaginaba Frida que ellos no podían ofrecerle distracción alguna, pues muy serios eran los motivos de aquella conversación.

Alrededor del enfermo se reunieron los hombres, intrigados todos por saber qué plan había ideado el padre. Este extrajo de su bolsillo un grueso pliego que alcanzó a Lunder, diciéndole:

– Estimado don Guillermo; usted conoce de sobra cómo la situación con Sandoval y el conflicto que los separa puede desembocar en una tragedia. Don Manuel trae alarmantes noticias del Paso y yo, amigo mío, temo por ustedes y por ellos y presiento amargos sucesos…

– Lo sé, padre -interrumpió Lunder-. Pero, ¿cómo voy a entregarles a Llanlil?… ¡y aun eso no arreglaría nada!

– Si es por Llanlil -dijo el comerciante- puedo llevarlo conmigo a Comodoro.

– Llanlil no soportaría nunca ser arrancado de aquí… -explicó el padre Bernardo.

– ¡Ni yo puedo permitirlo! -exclamó Ruda-. ¡Es todo un hombre!

– Todos lo sabemos -dijo Lunder-. Pero… ¿se atreverá Sandoval hasta el crimen?

– Es muy posible… -continuó el religioso-. Está obcecado y para evitar cualquier desgracia quiero exponerles mi pensamiento. En esta carta le pido al capitán Ruiz Moreno, un cumplido y valiente militar a quien conozco, que gestione ante sus superiores en Rawson, la autorización de presentarse en la zona con su gente. El, con su intervención, pondrá un freno a Sandoval y protegerá a Llanlil. Junto con la carta, que explica lo ocurrido, debe usted agregar la relación sobre la muerte de Bernabé.

– ¿Usted cree? -preguntó Lunder pensativo.

– Es necesario. Ese caballero debe contar con suficientes antecedentes para intervenir -dijo el padre Bernardo.

– Perfectamente entonces -aceptó Lunder-. Mientras tanto, ¿qué haremos nosotros?

– Esperar y confiar en Dios.

– Y por si Dios se descuida, nosotros vigilaremos ¡eh, Juan! -dijo Ruda enérgicamente.

– Ah, don Pedro… ¡usted no cambiará nunca! -lo reprendió suavemente el padre Bernardo.

Ruda se encogió de hombros y dijo con áspera franqueza.

– Y qué quiere, padrecito… nosotros podemos confiar en Dios… ¿Y si don Sandoval no lo hace?

Lunder preguntó entonces al comerciante:

– ¿Llevará usted esos papeles, don Manuel?

El hombre levantó los brazos.

– ¿Puede dudarlo acaso? Sentiría un gran placer en que castiguen como merecen a esos forajidos ¡cuatro tiros habría que darles!… y usted perdone padre… Cuando oigo hablar de los famosos Blas Gac 1, los encuentro muy parecidos a esos con títulos de tierras… Claro que nunca pensé llevar mensajes de esta clase; pero si este gallego se ha metido ¿cómo voy yo a dejarlo abandonado?… ¿eh?

– ¡Así se habla! -exclamó Ruda recogiendo la alusión…- y hasta te perdono el agua con que aclaras el vino que nos vendes.

La conferencia había terminado y Juan apareció con una botella de ginebra y vasos. La cordial velada en torno del enfermo continuó hasta que Frida entró con gesto cansado interrogando a su esposo con la mirada.

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Al día siguiente, cuando todavía entre los álamos no ensayaba su canto la calandria, ese ruiseñor de toda la pampa argentina, ni el pechirrojo punteaba de sangre los palos del corral, ya Santiago, con frío y con sueño, atalajaba las numerosas bestias de su carro, ayudado por dos peones, dos mestizos silenciosos y hábiles. Una hora más tarde retomaban el camino entre subidos a los caballos y despedidas de Ruda y Juan.

Santiago, galopando a la vera del carro, dio vuelta la cabeza hasta que la meseta le ocultó la casa. Vanamente ansioso esperó ver el rostro expresivo y cálido de una muchacha despidiéndolo, pero Blanca no apareció y él maldijo el apuro de su padre y, caso único, deseó que una súbita tempestad los obligase a regresar.

CAPÍTULO XV

1

Ruda y María estaban solos en la gran cocina. -¿Qué anda haciendo por aquí tan de mañana, don Pedro? -preguntó ella intrigada.

– Busco yerba para la peonada… ¿y tú?

– Trabajo… ya lo ve.

Ruda la miró y riendo le dijo:

– María, es difícil ver nada donde tú estás, -¿Por qué, don Pedro? ¿Soy tan grande acaso?

– No digo eso ¡caramba! Es que… ¿sabes? Eres tan guapa que se te ve a ti sola… ¿Qué edad tienes, muchacha?

– Curioso el don… tengo varios… menos que usted se entiende-, y la muchacha reía también con la chanza-. ¿Encontró la yerba? Está ahí…

– Ah sí… la yerba. Dime, María; ¿no has pensado en casarte tú?

María se había puesto repentinamente seria. “Este español enamorado” -pensó entristecida. -Yo no, don Pedro… ¿Y usted?

– Algunas veces, muchacha… si quisieras, estamos muy solos y eso es malo…

– Vea, tengo mucho que hacer ¿sabe? -se escurrió ella-. Hoy se levanta el patrón y la casa tiene que brillar… así que…

– Ya sé… ¡tengo que irme! -protestó Ruda enojado-. Mira, muchacha tonta… cuando quieras un marido ¿te acordarás de mí? No soy ningún viejo…

– Vaya, don Pedro, podría ser mi padre. Además… -añadió suspirando.

– Además, ¿qué? -quiso saber él.

– Nada. Yo me entiendo… hasta luego. Tome la bolsa de yerba y la galleta.

– Ironías no… ¡adiós! -y se fue furioso. Afuera sus poderosas zancadas se escucharon un momento.

– ¡Estos hombres! -caviló ella atareándose-. Casarse… “¿No has pensado en casarte tú?” Sí: lo había pensado, pero debía enterrar sus pensamientos. Su camino estaba cerrado y ella no tenía coraje para intentar otro… Don Pedro… tal vez antes…

– ”Pucha que es arisca la moza” -pensaba entretanto Ruda, encaminándose a los galpones, donde la gente se iba reuniendo para iniciar sus trabajos.

Juan venía a su encuentro, brillándole los negros ojos con inusitada expresión de entusiasmo.

– ¿Qué pasa? -inquirió Ruda desabrido.

Juan pasó por alto el gesto del español. Estaba acostumbrado a los cambios de humor de Ruda.

– Pues don, anoche llegaron dos peones del puesto de la sierra, con la noticia de que han encontrado algunas ovejas destrozadas.

– ¡Diablos! ¿Andará alguna partida de paisanos del valle merodeando por allí?

– Ellos dicen que no; huellas no se encuentran. Me parece que ha de ser un león no más…

Ruda pensó un momento. Luego, entregando las bolsas que traía, agregó:

– Si es así voy a dar la novedad al patrón. Ya vuelvo… ¡Ah! ¿No han visto nada sospechoso por el lado del Paso?

– Nada, pues; algunas bandas de tehuelches, unos pocos, llegaron de Loma Redonda a juntarse con los de la Confluencia, pero ni cruzaron el río… Los hice seguir por las dudas ¿sabe?

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1 Black Jack: Bandoleros norteamericanos que, refugiados en el Chubut, cometieron asaltos y crímenes a principios del siglo.

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