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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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– Algo-, respondió éste lacónicamente.

– También usted… supongo que hasta la primavera no volverá a salir -intervino el mayor.

– Sí. Este invierno viene muy nevador…

El muchacho miró a su padre y comentó:

– Si el invierno sigue así, tendremos buenas pieles de zorros y chinchillas… ¿no es cierto?

– Aja… ahora que se arriman los barcos son muy buscadas. En Buenos Aires y Punta Arenas empiezan a gustar las pieles.

– ¡ Buenos Aires!… -repitió el muchacho abstrayéndose. ¿Cuándo podría él conocer la ciudad maravillosa que se miraba en el río perezoso? ¿De qué le servía que su padre juntase plata, si todo el año trabajaba como un esclavo? Miró las seis parejas de muías y caballos que tiraban del carro y calculó con rabia todas las correas, bozales, hebillas, arneses, sogas y cadenas que tenía que manejar cada amanecer y cada crepúsculo, para uncir las bestias al carro o libertarlas. Pensaba en el frío que le agarrotaba los dedos en la dura tarea; en el sudor de los animales y el olor de los cueros pegándose a su cuerpo, que no sabía ya cómo era a fuerza de vivir como un salvaje, envuelto en ásperos chaquetones y durmiendo con las botas puestas y el revólver al lado de su cabeza. En cambio, en Buenos Aires, al menos así decían los viajeros y lo confirmaban las postales del 1900 que le regaló un marinero, los muchachos de su edad, magníficamente trajeados, escoltaban a las doncellas de talles increíblemente breves y atrevidos escotes, por donde asomaban las huellas tímidas y cálidas de las sedas y el rosado de la carne. Graciosas figuritas bronceadas por un sol generoso y suavemente perfumadas que arqueaban los brazos con la señorial distinción con que los cisnes negros de los lagos curvaban sus cuellos desdeñosos. A Comodoro comenzaban a llegar las primeras chicas de dudosa filiación que alegraban, desde más dudosos tabladillos y cafés, a los atareados pobladores del lugar, y si estas mujeres eran hermosas ¡cómo serían las otras, las verdaderas porteñas, de pestañas como atardeceres y languideces enervantes! Plata… plata… él necesitaba ser rico para ganarse el derecho a disputar a aquellos mocitos peripuestos las maravillosas mujeres porteñas. Mientras tanto el zangoloteo del carromato, del que salía el tufo de los cueros amontonados era la dura realidad y el rústico presente. Furioso escupió el tabaco mascado sobre la nieve del camino y se paró en el pescante oteando la meseta que se extendía a su frente. Sobresaltado alcanzó a ver allá lejos, en un cañadón del norte, unos bultos escondiéndose entre las matas de calafates.

– ¡Indios! -gritó excitado.

Su padre y su hermano se levantaron instantáneamente.

– ¿Dónde? -preguntó el menor apretando el brazo de su hermano.

– Por allí… -señaló el mocetón.

– Y bueno, indios… hay unos cuantos por aquí -sentenció el viejo volviendo a sentarse y sacudiendo las riendas del tiro. La tropilla se estiró ante el reclamo, iniciando un trote parejo y rendidor.

– No me gustan los paisanos cuando se esconden -le dijo el muchacho examinando su remington mientras su hermano se empinaba para observar los alrededores.

– Ya falta poco -lo tranquilizó el viejo, pero calculó con cierta inquietud el resto del camino y la luz del sol. No era muy agradable ser sorprendido por la noche en las mesetas, con paisanos hambrientos rondando el carro y los caballos.

– En el Paso hablaron de ellos ¿se acuerda viejo?

– Deben ser ésos y si la Compañía los echa a las pampas andarán desesperados… me parece que realmente don Lunder va a tener trabajo con ellos este invierno.

– Algo ocurre entre los pobladores y la Compañía ¿No le parece? -siguió diciendo el hermano mayor-. En el Paso alcancé a escuchar ciertos comentarios nada tranquilizadores…

– Tené en cuenta que la muerte del capataz, o lo que fuera ese Bernabé, los tenía bastante revueltos. ¡Debe ser cosa seria ese indio que lo mató! Mano a mano y a puro cuchillo fue la pelea…

– ¡Cómo me hubiera gustado estar! -exclamó el menor entusiasmado.

– ¡Bah, bah!… Nosotros somos comerciantes y cuanto menos nos veamos metidos en asuntos ajenos, mejor irán los nuestros -repitió secamente su padre.

– Sí, claro, a usted no le interesa más que la plata ¡eh, viejo! -rezongó despectivo el mocetón, y haciéndose el desentendido achicó los ojos mirando la lejanía.

El hombre miró a su hijo con enojo, pero después se echó a reír despacio. La risa le inflaba los carrillos cubiertos de barba rala y le levantaba los labios dejando ver sus escasos dientes manchados. Dejó pasar un rato en silencio y luego dijo:

– Poco sabes de estas cosas, a pesar de los años que llevas entre las gentes de las costas y las mesetas. Yo soy viejo, como ustedes dicen, y he aprendido mucho… ¿Los pobladores necesitan cosas? Pues las llevo, me pagan y ¡allá ellos con sus líos! El conflicto entre las grandes compañías estancieras, los pobladores chicos y los indios es viejo también, y ninguno afloja…

– Pero la pagan los indios. ¿No es cierto? -replicó el hijo.

– No siempre. Vos sabes que el gobierno, cuando necesitó poblar estas tierras, las dio a los grandes estancieros o a sus testaferros casi por nada, como una forma de asentar su dominio y evitar la entrada de nuestros vecinos del otro lado de la cordillera. Los que vinieron después tuvieron sus inevitables conflictos y tampoco quieren ceder en sus derechos. El indio no cuenta. Ni el gobierno se preocupa mucho por ellos ni los pobladores. Además los propios interesados no quieren trabajar y dentro de poco tendrán que resignarse a morir. Cada vez que les han dado algo de tierra y ovejas se las han comido…

– ¡También! Les dan cada pedregal que ni los piches viven en ellos…

– ¿Y a nosotros que nos importa? -preguntó irónico el viejo azuzando la recua.

– Sí, ¡muy bonito! -rezongó el mocetón-. Usted dice eso… pero debe ser de ahora, porque cada vez que hubo líos ¡ahí estuvo metido!

– Con los años se aprende, muchacho… Yo quiero comerciar y nada más… ya no tengo veinte años para empezar de nuevo -terminó pensativo el viejo.

2

Por el oeste el sol palidecía cada vez más, mientras las nubes casi permanentes en invierno iban cubriendo el cielo. El paisaje se tornaba plomizo y la naciente obscuridad parecía agrandar el perfil de las matas, que, sobre la nieve, semejaban hombres acuclillados envueltos en ponchos grises. Algunos pájaros de pecho rojo brillante aparecían en las matas próximas para perderse en seguida en sus refugios. El frío era cada vez más intenso.

Cuando el carretón llegó al declive donde nacía la picada de Lunder, la obscuridad envolvía el valle, y las casas con sus dependencias flotaban en una niebla grisácea que esfumaba los detalles. Ante los viajeros, allá abajo, el río se deslizaba plácidamente. El viejo detuvo el carretón y el hijo mayor, como quien desde un barco trasborda a un chinchorro, montó en un caballejo obscuro, que trotaba a su lado. Descender con tantos caballos de tiro y un vehículo pesado como aquel, exigía pericia y trabajo duro, pero ello era parte de su oficio.

La vista de la población tranquilizaba y alegraba; ahora era necesario sujetar el impulso del carro para no salir rodando por la ladera en algún recodo del sendero. Media hora después aún continuaban descendiendo. Lentamente el carretón era frenado y los caballos sostenidos firmemente con las riendas de cuero que parecían quebrarse, tanta era la tensión a que estaban sometidas.

– ¡Uff! Listo… -dijo el viejo aflojando los frenos. Estaban en el valle. Frente a ellos el vado del Senguerr ofrecía su paso fácil y seguro, pero en la otra orilla un gran manchón de nieve y barro se extendía un par de cuadras.

– ¡Viejo! -gritó el muchacho, metiéndose con su caballo en el agua. ¡Salga con todo o se queda peludinado en la orilla!

– ¡Allá voy! -contestó el padre, y a un mismo tiempo el comerciante y el muchacho desde el pescante, apuraron a las bestias con gritos y rebencazos, lanzándolas impetuosamente hacia adelante. Las altas ruedas giraron en el río mordiendo las piedras y haciendo balancear peligrosamente el vehículo. El mocetón desde su cabalgadura hizo lo mismo y el río fue cruzado en un momento, pero apenas pasados unos metros, perdido todo impulso, el carretón se hundió en el barro casi hasta el eje.

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