Conquista salvaje
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:
– Hizo muy bien, capataz… no hay que fiarse…
– Seguro, patrón.
Ruda volvió sobre sus pasos. En la sala-cocina estaban ya Frida y Blanca, ocupadas con María en preparar la habitación para don Guillermo que, restablecido, comenzaría a levantarse.
– ¡Buen día, don Pedro! -lo saludaron las mujeres.
– Buenos los tengan ustedes. ¿Puedo ver a don Lunder? -y pasó sin mirar a María, que lo espiaba bajo sus negras pestañas. Ella sintió un desconocido impulso de ternura por el hombre.
2
Entretanto en el galpón los peones se reunían alrededor del fuego. Los mestizos se pasaban el mate en silencio. En un aparte dos chilenos recordaban campañas anteriores.
– …Y entonces cuando toda la majada fue cubierta por la nieve, la dimos por perdida y enfilamos al puesto explicaba uno con su tonada marcadamente chilote 1.
– ¿Se perdió, pues? -preguntó el otro.
– ¡Cualquier día! El gringo Vud 2 conocía el oficio… Nos hizo seguir el rastro bajo la nieve por el humito, luego abrir con palas una senda y por ella salieron las ovejas a un faldeo… ¡lo más campantes!
– ¡Bah! Eso es cosa vieja…
– No digo que no, pero hay que saberlo -terminó cachazudo el chilote.
La reunión se prolongaba. Promediaba la mañana, pero aún la claridad era muy poca y afuera apretaba el frío. Un viento helado cruzaba el valle levantando agujas de hielo de la última helada. Entró Llanlil y le hicieron lugar en la rueda junto al fuego. Uno por uno lo saludó cordialmente.
– ¡Eh, Llanlil, Antonio, Naneuche, vengan!
Era Juan quien los llamaba. Los nombrados se levantaron y salieron. Juan los esperaba junto a Ruda y los dos peones del puesto de la sierra. Todos portaban fusiles en bandolera y arañas cortas al cinto.
– ¿Les gustaría cazar un león, muchachos? -preguntó Ruda.
– Seguro, señor -dijo Llanlil y los otros asintieron.
– Entonces van a ir con Juan a las sierras ¡a ver quién le ofrece la piel a la niña!
Se fueron todos hacia los corrales llevándose los recados. En una caballeriza de barro y techo de cortaderas, estaban los caballos de montar. Cada uno buscó el suyo y se apresuraron a ensillarlos, palmeando los lomos de los animales recelosos. Salían ya llevándolos de la brida, cuando por la alameda se les acercaron Blanca y el padre Bernardo.
Se cambiaron saludos y preguntas. El padre Bernardo dijo:
– ¿Adonde van, muchachos?
– A rastrear un puma, padre… Anda matando el ganado en la sierra.
– ¡ Caramba! Sería agradable acompañarlos, pero… non possumus, con perdón de los santos apóstoles. ¿No es verdad, Blanca?
– Si se refiere a que no podemos, de acuerdo, padre -respondió Blanca que entendía poco y nada de latines.
– Eso es; no podemos… Oye, Llanlil, acompáñame un momento ¿quieres?… En seguida se lo devuelvo, Juan.
– El conoce el camino. ¡Que nos alcance cuanto antes! ¡Hasta la noche!
– Buena suerte y tengan cuidado -y con esta última advertencia los hombres trotaron en dirección a las sierras del este que el sol iluminaba pobremente. Una revuelta jauría iba tras ellos, ladrando y mordiéndose. Los cascos de los caballos levantaban la nieve que se deshacía en un fino polvo blanco.
Llanlil, teniendo el caballo del tiento, siguió al sacerdote, volviéndose los tres por la alameda.
– ¿Estás contento, Llanlil? -indagó el misionero.
– Mucho.
– ¿Sabes que Blanca me ha contado todo?
El reche levantó la cabeza, diciendo con orgullo:
– Lo que Huanguelén hace, siempre está bien, padre… ya lo sabía.
– ¿Conoces la ley, muchacho?… La de Dios, quiero decir…
– La conozco y quiero cumplirla. Tú, hombre bueno, sabes que soy cristiano y si me dan a Huanguelén yo la he de querer siempre.
– Dios es testigo de que mi corazón aprueba vuestro cariño -dijo el misionero gravemente-. Pero igual que en tu raza, una mujer debe ser querida y respetada, pase lo que pase… ahora, muchacho debes esperar… Tú sabes, ¿cómo explicarte? Hay que hacer comprender a don Guillermo y a su señora tus buenas cualidades, tu nobleza y sobre todo darles la seguridad de que Blanca será feliz a tu lado.
– ¡Mi sangre responde por todo! -respondió Llanlil-. Acepté la ley de los blancos, porque la guerra ya dijo su palabra… quiero trabajar la tierra y darle hijos para poblarla. No reniego de mi raza, padre, pero desde que la he visto a ella quiero paz con los blancos, que son iguales a mí… La tierra, los bosques, las mesetas, están esperando mis brazos también para alegrarse con el hombre. Llanlil quiere a Huanguelén con la ley de los blancos…
– Llanlil -exclamó Blanca-. Sabes que yo te quiero y te seguiré, porque eres bueno y miro en tu corazón, y tu corazón tiene para mí la transparencia de las aguas serranas.
– Bueno, muchacho, ¡vete ya!
– Adiós, Llanlil -dijo Blanca.
El indio montó de un salto y gritó con voz sonora:
– Hasta la noche, estrella… He de traerte la piel del león aunque tenga que arrancarlo con mis propias manos de su escondida madriguera en la montaña…
– ”No se le puede negar a este mozo una autoseguridad que ya quisiera para sí más de un cristiano, con piel clara, morena o aceitunada; que si de color se trata, las tenemos variadas en nuestra tierra” -murmuró el religioso contemplando al indio que se alejaba.
– ¿Qué dice, padre? -preguntó Blanca, reparando en la actitud del padre Bernardo.
– Nada, muchacha, chocheras de viejo… nada más…
Cuando entraron en la casa los esperaba una grata sorpresa. Guillermo Lunder, sentado en el mejor sillón de la casa, mateaba alegremente con su amigo Ruda. Aunque visiblemente pálido y delgado como consecuencia del largo encierro, erguía su cuerpo con varonil prestancia y su rubia barba patriarcal y flotante parecía encenderse con los reflejos de la estufa chisporroteante, donde ardían gruesas raíces de algarrobillo.
– ¡Al fin, don Guillermo! -exclamó el padre Bernardo, palmeando suavemente las anchas espaldas del poblador.
– Papá… ¡qué alegría! -Blanca corrió a abrazar a su padre.
– Bueno, bueno, no me sofoquen, o mi mujer me manda de vuelta a la cama. ¿Sabe una cosa? -dijo interrogando al religioso.
El padre esbozó un gesto indeterminado.
– Esta mañana me levanté pensando en nuestro mensajero. ¿No hay noticias? ¿Habrá dejado los papeles en manos de ese capitán que usted mencionó?
El padre Bernardo se paseó sin contestar en seguida.
– ¿No te dije, Whilem? Apenas te levantas y empiezas con nuevos problemas -era su mujer la que lo regañaba.
– Ejem… así lo espero, amigo Lunder. Claro que estas cosas son lerdas… usted sabe… consultas, aclaraciones, telegramas que van y vienen… Estoy preocupado, lo confieso, aunque no desesperanzado, en manera alguna.
La reflexión del misionero resultaba bastante vaga, revelando mejor que cualquier razonamiento su estado de incertidumbre. Tácitamente los dos habían evitado hasta el momento referirse a la misión del comerciante en Comodoro Rivadavia, pero la pregunta de Lunder no hacía más que aumentar la secreta congoja del religioso por los posibles peligros que acechaban a la gente de la casa. Lunder bajó la voz y murmuró para él y Ruda: -Además, el invierno ha comenzado a ceder y hace rato que vencieron los meses que fijó esa mala entraña de Sandoval.
Ruda replicó entonces:
– Quiere decir que lo de la carta sería pura comedia para asustarnos.
– Hum… Esta tranquilidad me da mala espina… cuando esta mañana usted me habló del puma, pensé en la gente del Paso.
1 Natural de la isla de Chiloé (sur de Chile).
2 Gualterio Wood, hacendado de Monte Aymond (1889).