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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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– ¡Ca…jo! -bramó el viejo furioso. Una hora más tarde todavía luchaban con el barrial. Sólo después de endurecer todo el terreno con recortes de zampa, la dura gramínea que verdeaba en las cercanías, y atar a las ruedas gruesas sogas tiradas por los caballos de repuesto lograron desencajar el vehículo y al fin llegaron a la casa de Lunder, extenuados y sucios de pies a cabeza. Juan y algunos peones que los habían ayudado, se reunieron con ellos en el galpón donde ya ardía el fuego para el asado. A medianoche el silencio y el descanso envolvían a todos en la población, y el enorme carro frente a la casa dibujaba su silueta maciza como un barco llegado a puerto.

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– ¿Y qué se dice por el Paso? -preguntó Ruda al mocetón que mateaba con él cerca del fuego al día siguiente, mientras su padre instalado en el carro, efectuaba su comercio rodeado de peones de rostros impasibles y Frida, Blanca, María y algunas mujeres de los peones, excitadas por la exhibición de telas y tejidos, discutían con el viejo las bondades de su mercancía, pasándose de mano en mano las prendas más codiciadas. El viejo charlaba contento con todos y a todos les vendía algo. Las botellas de ginebra y aguardiente pasaban rápidamente de sus manos a las de los pobladores y volvían convertidas en pesos a la bolsa del viejo. De lejos Llanlil contemplaba a Roque que, invirtiendo los términos, ofrecía al comerciante el fruto de su trabajo en pieles y cueros; maneadoras trenzadas, cestillos, zapatos para chicos, tabaqueras. Nadie pensaba aquel día en trabajar. La llegada del bolichero ambulante era un acontecimiento de la mayor importancia.

– Algunas cosas curiosas -comentó el muchacho ofreciendo el mate.

– ¿Por ejemplo?

– Y bueno. Lo principal es que están rabiosos por la muerte de Bernabé; no por él justamente… sino por quien lo mató… Me parece que tendrán que cuidarse…

– ¿Te parece muchacho?… -interrogó don Pedro, mirándolo serio.

– En realidad lo que oí, por casualidad, ¿sabe?, no era muy agradable. Según pude enterarme van a venir armados a llevarse al indio, por las buenas o las malas…

– ¿Ah, sí?… Me lo imaginaba y los estamos esperando.

– Tengan cuidado, ellos son ladinos y van a echar mano de los mismos indios para cargarles la responsabilidad. -¿Oyó eso? -preguntó Ruda al padre Bernardo que se acercaba. El anciano negó con la cabeza.

– Dónde estás tú se pueden oír las cosas más extraordinarias -bromeó-. ¿De qué se trata?

– ¡Ah padrecito!… No es ningún invento mío, se lo aseguro. Este valiente mozo me contaba los rumores que corren entre la gente del Paso… -¿Y bien?…

– Pues que pretenden arrancarnos a Llanlil, valiéndose de cualquier medio.

– Así es… -corroboró Santiago, que así se llamaba el hijo del cambalachero, agregando de pronto-: Y dígame don… ¿aquél es Llanlil?

Ruda miró por sobre el hombro del muchacho hacia donde Roque explicaba a Llanlil el resultado de sus negocios. Llanlil, cruzado de brazos, con la cabeza descubierta, el lacio cabello renegrido sujeto con una cinta, la küka estilizada, a modo de vincha, la chaqueta de cuero ciñendo el amplio tórax, pantalón de paño y botas a media pantorrilla, resplandecía, bajo el sol apacible de la mañana, con una singular expresión de serenidad y fuerza. Casi sonriente su rostro severo, desprovisto de barba y que, a los rayos del sol, tenía reflejos de cobre. Santiago comprobó admirado y con algo de resentimiento que aquel indio no tenía nada de salvaje y sí, en cambio, aventajaba a todos ellos en apostura y pulcritud.

– El es -confirmó don Pedro Ruda, satisfecho de su muchacho.

– ¡Diablos! -silbó casi Santiago-. ¡Qué tipo! Francamente nunca vi cosa igual… -y miró con juvenil desolación su propia facha de bandido, desgreñado y todavía moteado de barro.

También el padre Bernardo contempló complacido al reche criado en las misiones. Personalmente sentía una especial predilección por aquel hijo de la tierra, aumentada desde su conocimiento del amor entre Blanca y él. Comprendía lo difícil de la situación de los dos, y su buen corazón anhelaba su feliz término para el singular romance.

Llanlil, ignorante del examen a que era sometido, escuchaba pacientemente el largo discurso del viejo baqueano.

– Bueno, hijos, los dejo… don Pedro, esta noche es conveniente hablar con nuestro enfermo sobre lo que dice este joven… Tengo cierta idea al respecto.

– Está bien -contestó Ruda, y siguió preparando otro mate.

El padre Bernardo pasó entre los grupos que comentaban sus compras y saludó con un gesto a Llanlil de lejos y a Blanca que junto a su madre y María, revisaban percales y paños diversos.

– ¡Adiós, padrecito! -le dijeron al pasar las mujeres y el buen anciano sonrió agradecido.

Se fue caminando despacio por la alameda. Pensaba y sus pensamientos iban tanto hacia los problemas de Lunder, como a los de Blanca y Llanlil, y en menor grado hacia los propios en los que el ejercicio de su ministerio ocupaba parte principal. En verdad la estada en la población satisfacía su antiguo anhelo de misionero y estudioso. Al fin podía vivir íntimamente la existencia del campesino de las mesetas, valorar sus esfuerzos y ganar algunos corazones, tarea grata al suyo y necesidad de su misión, pues comprendía con pesar que la dura vida de aquella gente comportaba el mayor enemigo moral que pudiera preverse. Soledad, viento, trabajo agotador, carencia de afectos y lazos de cultura, alejaban más a los pobladores que leguas de desierto.

– El desierto no es tal… -pensaba el anciano-. El verdadero desierto reside en los corazones que se aíslan en lugar de integrarse… La Patagonia dejó de ser tierra vacía, puño cerrado y viento, guanacos galopando mesetas, lagos escondidos o bosques solitarios; pero en cambio la habitan seres muy diversos. El peligro es la falta de unidad de proyectos e ideales, la lucha por ganar dinero ensangrentando el suelo antes de regarlo con el sudor y el esfuerzo. El dramático acontecer es esta mezcla de razas que no quiere fundirse ni comprender la voz de la tierra… criollos, indios, americanos, extranjeros, fronterizos y contiguos, todos bajo una sola bandera, pero alzando muros inútiles para conservar sus privilegios individuales, su orgullo y su desprecio hacia el vecino.

– ¡Qué torpeza! -se dolía el padre, cavilando-. El extranjero cree que esto es suelo de conquista y pretende avasallar al criollo, explotándolo y subestimándolo. El poderoso achica leguas al débil y lo ahoga, aislándose a sí mismo, perdiendo el concurso de un semejante y el fruto de una leal colaboración. El indio, dolido y rencoroso, se aferra a un imposible recuerdo y se deja morir sin luchar con el trabajo. A pesar de todo, la vida continúa y el amor alumbra sobre el egoísmo y enciende su faro cálido de ternura…

– Llanlil y Blanca son sus símbolos; mi corazón lo presiente. Ellos solos libran su lucha. En el silencio y la soledad se aferran al amor para engendrar el futuro de la tierra. Hay en él el resplandor del bronce y en ella una claridad de espiga que se arquea escuchando la voz del tiempo que ya llega… el eco del bronce que agiganta el progreso por venir. Ellos y sus hijos, y los hijos de sus hijos, levantarán ciudades sobre la piedra, navegarán sus lagos, poblarán sus valles, ¡benditos valles argentinos que albergarán simientes generosas en el futuro que está naciendo ahora! ¡Y no lo advierten sin embargo! ¡No comprenden que la conquista por el amor ha de ser más fuerte que la conquista salvaje que todavía pretenden mantener!

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