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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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Ruda se levantó excitado.

– ¿Sabe que no se me ocurrió? -dijo con alarma en la voz.

– ¡Oh! No piense así, don Guillermo -dijo a su vez el religioso-. Pura casualidad; ya tendrá ocasión de comprobarlo.

– ¡Ojalá! Pero también pienso ahora si no será un intento de dividirnos. ¿Llanlil fue con ellos?

– Sí.

– En cierto modo es lo mejor.

En un rincón María secreteaba con Blanca.

– ¿No anduvo a caballo, niña?

– No… Sabes que desde la enfermedad de papá, casi no voy a los corrales. ¿Por qué me lo preguntas?

– Por nada… -hizo una pausa-. ¿Vio a Llanlil? -preguntó titubeante.

– Lo vi. Pero partió en seguida a las sierras…

– ¡Ah! -se limitó a agregar María ensombrecida repentinamente.

3

Por la sierra cabalgaba a la sazón Llanlil con el grupo formado por Juan y los cuatro peones. Iban ascendiendo por una cuchilla escarpada, en cuyo fondo un hilo de agua serpenteaba escurriéndose entre las piedras. Al ensancharse la cuchilla vieron el puesto cerrando el paso de un vallecito bien provistos de pastos. Era un lindo lugar dividido por el mismo arroyo que bordearon antes. En las orillas los radales, retamos, chacayes y abundantes calafates, robustos y altos, evidenciaban su protección contra los vientos. En un menuco próximo, el berro verdeaba entre las airosas cortaderas y los juncos flexibles. Uno que otro sauce ponía su nota de color. En aquel refugio entre las sierras ásperas del contorno, la primavera parecía haberse adelantado.

Se acercaron al rancho del puesto cercados por los chillidos de los teros y alarmando a las avutardas que levantaron su vuelo pesado y grotesco.

– Sigan la huella o se meterán de cabeza en los agujeros de los coruros 3 -les advirtió uno de los peones del lugar.

– Entre el pasto y el neneo no se ven, pero está lleno -completó el otro.

Los ladridos de los perros del grupo y los que venían del rancho, avisaron la llegada de los viajeros y de lejos los saludó la presencia de un peón, precavidamente armado de carabina al brazo.

Encerrados en el estrecho valle, pudieron ver ahora la caballada suelta y las ovejas que pastaban en la pradera en la que muy poca nieve y casi derretida ya, señalaban la culminación del invierno que todavía asolaba al valle del Ensanche y los relieves de las mesetas.

– ¿Y por dónde aparecieron las ovejas muertas? -preguntó Juan.

– Por allí; en la cortada de la sierra hacia el norte -señaló el peón, y como Juan no hiciera más preguntas ni comentarios, dijo -¿Van a bajar en el puesto, capataz?

– El tiempo justo para cambiar los caballos -respondió Juan haciendo ademán de apearse.

– Bueno, nosotros los acompañaremos -dijo el que había hablado y se dispuso a ayudarlos.

Pero enlazar caballos sueltos y medio chucaros en campo abierto no es tarea fácil, y estaban bastante molidos cuando consiguieron hacerse de nueva caballada. Mientras los peones que habían quedado en el puesto les colocaban los recados, el resto se dispuso a dar cuenta del asado de capón que se doraba frente al fuego. Una hora después los improvisados cazadores emprendían la marcha rumbo a la cortada que señalara el peón, procurando aprovechar el resto de luz que todavía hería los pastos. En parejas flanqueadas de perros hábiles en seguir rastros, se fueron abriendo en abanico por el valle, teniendo como centro la cortada de la sierra, que se mostraba a lo lejos como un obscuro tajo en el faldeo.

Su vista le trajo a Llanlil el recuerdo de la hendidura que escalara en persecución de sus asaltantes en las montañas y su ulterior encuentro con el puma hembra. No le extrañó esta circunstancia, pues desde mucho tiempo atrás los grandes felinos, implacablemente perseguidos, buscaban para refugiarse los lugares más difíciles para el acceso de su eterno enemigo: el hombre; aunque la audacia de los cazadores iba a buscarlo al fondo de las cuevas más ocultas e inaccesibles. Estaban ya olvidadas las épocas en que los leones patagónicos se deslizaban entre los pastizales de los valles o los arbustos de las pampas, acechando pacientemente el descuido de un guanaco o de un chulengo, para saltarle encima e hincarle los agudos colmillos en la garganta. Estas y otras reflexiones se hacía Llanlil, mientras trataba de establecer algún indicio del puma. El indio Naneuche, una mezcla bastante indefinida de tehuelche y araucano, era su campanero de caza. Al anochecer las tres parejas se encontraron al borde de la cortada, pero ninguna de ellas traía la menor noticia del felino.

– ¡Malditos perros…! -protestó Juan apartando algunos a rebencazos-. Puro bochinche y no huelen ni a un zorrino… ¡Fuera, porquerías!

– Estarán cruzados con chocos, pues, patrón -dijo Manuel, chileno como el capataz.

– Así ha de ser nomás -admitió malhumorado el aludido.

– Llanlil, encienda un buen fuego por las dudas. En esta época el león suele andar bravo y peor si es veterano.

– ¿Vamos a esperar mañana?

– ¿Por qué pregunta, compañero? ¡Claro que sí!

– ¡No me gusta, señor… Si el león está en la garganta, tratará de ganar el valle esta noche para seguirle el rastro a alguna oveja o guanaco y es peligroso… en cambio con fuegos en la mano seguro lo encontraremos mansito en su cueva.

El capataz meneó la cabeza denegando:

– Pondremos una guardia, pero eso de meterse en la cortada de noche ¡ni lo sueñe!…

– Está bien entonces -se conformó Llanlil, aunque la idea de no cumplir la palabra empeñada con Blanca lo enojaba bastante.

Buscaron un lugar protegido y con piedras sueltas improvisó Llanlil un brasero donde amontonó la leña que encontró a mano. Al rato la hoguera como un cono de luz, se levantó en las sombras acentuadas por las nubes que encapotaban el angosto valle. Un viento casi helado cruzaba silbando desapacible y se introducía en la negra garganta de la sierra como si un embudo lo comprimiese. Alrededor del fuego los hombres, sugestionados por la misión que llevaban, sacaron a relucir cuantas historias de leones, reales o no, guardaban en su memoria. También Llanlil, como deseando desechar un obscuro sentimiento de angustia que lo mantenía alerta y desconfiado, contó brevemente su experiencia de la montaña. Su relato fue escuchado en silencio, pero a pesar de reconocérsele sobresalientes cualidades de coraje, pocos lo creyeron verdadero, si bien se cuidaron de dejar traslucir cualquier indicio de incredulidad. Atraerse la ira del indio les parecía riesgo demasiado temible para desafiarlo sin motivo. Con lujo de detalles se había propagado la hazaña del paisano en la pelea con Pavlosky y la trágica muerte de Bernabé, hombre bravo y feroz como no se conocían muchos en la región. Al fin el sueño fue venciéndolos uno a uno y envueltos en sus grandes ponchos, con los cojinillos como lecho y los bastos por almohada, se entregaron al descanso. Las guardias fueron alternándose regularmente y la larga noche sureña trascurrió sin que el puma diera señales de su presencia. Sin embargo no podía andar muy lejos, pues toda la noche los perros gimieron con inquieto terror, ladrando en la obscuridad como si adivinasen entre las sombras a su temible enemigo.

Temprano se aprontaron para continuar la cacería. Llanlil observó con desagrado cómo Naneuche empinaba la bota de aguardiente, hasta que otro peón hubo de arrebatársela casi a la fuerza. Aquel hábito adquirido de los blancos se había convertido en los indios desprevenidos en un flagelo mortal que los entregaba indefensos a todos los vicios y las humillaciones. Naneuche no era de ningún modo un espécimen degenerado de la raza, pero los estigmas fatales flotaban ya en sus ojos permanentemente enturbiados, vacilantes y huidizos y en la atonía persistente de su voluntad. Iba a donde lo llevaran, pero una resolución propia no germinaba nunca en su cerebro en sombras. Como él, otros sufrían la misma maldición, más dura todavía que la irrefutable derrota ante los blancos.

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3 Tucu-tucua.

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