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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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Siempre con Llanlil distanciado y nervioso enseñando el camino, cruzaron la corta meseta que desembocaba en el Senguerr, demarcando el filo del valle. Empezaba a obscurecer y cuando desde lo alto del faldeo vieron el brillo del agua y los techos de la población, la penumbra invadía el valle… Allá lejos, diminutas figuras se pegaban a las sombras confundiéndose con ellas. El viento les trajo de pronto un sonido muy particular vagamente repetido.

– ¡Oigan! -gritó alguien del grupo-. ¿No son tiros esos?

– ¿Tiros… tiros? ¿Pero qué demonios?… -murmuró Juan incrédulo. Pero ya Llanlil, con un grito de desesperada rabia, lanzaba su caballo faldeo abajo con peligro de rodar hasta el fondo.

– Vamos; ustedes, ¡apúrense! -reaccionó Juan imitando al indio. Piedras y arena se desprendían entre las patas de los caballos enloquecidos repentinamente… mientras, más tímidos, nuevos disparos se escuchaban en la población de Lunder.

Por el valle, el caballo de Llanlil, ferozmente espoleado, parecía tragarse la distancia, avanzando al galope tendido entre los charcos de barro que la nieve disuelta formara en los bajos. Detrás corrían Juan, Manuel y Naneuche, apareados en singular carrera, cuyo premio podía ser muy bien la muerte, y un sordo rumor ensordecía a los jinetes inclinados sobre el cuello de las cabalgaduras… En la creciente obscuridad se escucharon gritos que venían de las casas y el relincho de caballos asustados… Una angustia negra como la noche creciente se ahogaba en el corazón de Llanlil, reemplazando el incierto malestar que durante el día lo atenazara.

Pillán, el diablo, había retrasado la caza del león y por eso él, Llanlil, corría ahora como pulqui 5 para rescatar a su estrella…

CAPÍTULO XVI

1

En el Paso, Sandoval había aguardado en vano durante dos largos meses la aceptación de Lunder a sus condiciones. Al principio esperó confiado y seguro; pero cuando los días se fueron sucediendo y nadie llegó al Ensanche, su confianza se trocó en irritado malhumor. A la rabia por el fracaso de su plan, que ahora se le antojaba ridículo e inútil y hasta imprudente, se unía su creciente deseo por la rubia muchacha que no podía apartar de su pensamiento. Eso y el odio profundo que lo animaba contra Llanlil, y la alianza demorada, lo mantenían furiosamente exasperado como una fiera acorralada… Y de pronto se sorprendió pensando de dónde le nacía aquel odio terrible contra el indio, paralelo a la pasión por Blanca.

¿Le importaba acaso algo la muerte de Bernabé? Si aquel estúpido se dejó sorprender por otro más listo que él… pues ¡que lo pagara! ¿Le dolía que un condenado indio se alzase varonil contra un blanco? Para hombres estaban hechas las mesetas y al caído le bastaban unas paladas de tierra y a veces ni eso era necesario… Pero él odiaba al indio con un sentimiento personal y extraño que iba más allá de su deseo de desquite. No podía apartarlo de su pensamiento, y la gente del Paso empezó a mirarlo intrigada de la constante vigilancia que ejercía sobre el cruce de la picada por el río, paso obligado en verano o invierno de jinetes o vehículos.

El rumiaba sus pensamientos solitarios, rencoroso y abstraído; nunca había tropezado con tan obstinada oposición a sus proyectos. Convencido de que no lograría nada por el temor, había desistido de enviar gente a estorbar los movimientos de Lunder, optando por acechar discretamente la zona inmediata, esperando que alguno de ellos se metiera en las tierras de la compañía. Cuantas veces pudo, despachó partidas de indios errantes y hambrientos a la población del boer, deseando lo obligaran a dar un paso en falso; pero nada había ocurrido… La compañía lo había urgido a anexarse los campos de Lunder y él había fallado. ¡Al diablo con todo! ¡Bastante trabajo le daban las tierras y el cuidado de las ovejas! Quería ahora tener a Blanca. Harto estaba de ambular solo por aquella casa de cuartos tristes y abandonados, donde el rancio hedor del capón impregnaba las paredes y la ropa. Imaginaba el suave perfume de la mujer rubia y airosa como un junco y por las noches el recuerdo lo roía persistente y tenaz. Lo que primero fue un capricho de patrón habituado a obtener lo que deseaba, un deslumbramiento nacido de la contemplación de la muchacha confiada y segura, íbase convirtiendo en una lenta tortura de los sentidos. Jamás se detuvo a analizar la clase de sentimientos que su alma albergaba. Desvelaba sus noches negras el recuerdo impreciso de una blusa entreabierta y una cadera de contorno suavemente redondeado. El terrible mal del desierto le resecaba los labios y sus dientes afloraban con la apetencia del lobo. Le sucedía a veces despertarse con un grito que conmovía el silencio de la casa vacía, y la gorda mestiza que cocinaba para él contó, en la rueda del boliche, que el patrón solía destrozar en sus pesadillas cuantos objetos se encontraban a su alcance. Con tales relatos, ampliamente aderezados de detalles fantásticos, el natural temor que el administrador infundía se mezclaba paulatinamente al supersticioso temor al engualichao.

– ¿Dónde diablos andará esa bruja? -rezongaba un día Sandoval, cuando al regresar del campo halló la casa desierta y el fuego apagado. Arrojó molesto la chaqueta y, sentándose, recorrió la pieza con los ojos. Había suciedad y abandono; una botella vacía sobre la plancha de hierro del fogón se coronaba con un resto de vela. Como una pringosa crema amarillenta la cera derretida cubría el cuello de la improvisada palmatoria.

Sandoval sintió frío y rabia. Entró la vieja arrastrando las deshilachadas alpargatas, y su sonrisa boba colmó la paciencia del administrador.

– ¡Por todos los diablos! ¿Dónde te habías metido? -le gritó, acompañando la pregunta con un adjetivo obsceno.

– Vamos, patroncito, no se me enoje -respondió ella sin hacer caso del insulto-. Salí un rato hasta la proveeduría.

– Bueno… pues hace algo de comer ya mismo… No servís para nada…

Ella murmuró, mientras revolvía papeles y raíces en el fondo del quemador:

Claro, patrón… Si tuviera veinte años no me diría lo mismo, ¿no es cierto?

El contempló sombrío el enorme corpachón de la vieja inclinada sobre el fogón, y sintió un impulso homicida.

– Callate bruja, o te aplasto.

La mujer se volvió hacía él con una expresión de estúpida lascivia.

– Patrón… ¿cuándo traerá a su mujer aquí? Usted necesita una muchacha cerca… Yo ya no sirvo ¿verdad?

Sandoval dudaba entre levantarse para golpear a su sirvienta o sencillamente irse, pero una obscura morbosidad lo mantuvo clavado en la silla. Por lo menos era una forma indirecta y temible de plantear el problema con alguien.

– ¿Qué es lo que sabes? -preguntó.

– Vamos, patroncito, ¡si se le ve en la cara!… Hace tiempo que me digo: El patroncito está enamorado… Y no me olvido de la cara que puso cuando vino la gringuita del Ensanche… Es linda, ¿no es cierto, patrón?

Sandoval se revolvió en su silla. Desorbitado y mostrando los dientes, parecía pronto a saltar sobre la mujer, pero no hizo nada. Ella sentía un sucio placer en avivar la pasión del hombre. El contacto brutal con los peones la habían encanallado, y exudaba su propio hedor con la satisfacción de una necesidad largamente contenida. Le gustaba ver al amo, lejano y temido, preso en el deseo insaciado y bastardo como el más vulgar de sus peones, y ponía en azuzar sus sentidos toda su vieja y nocturna experiencia de ramera. Lo odiaba también por lo mismo que él estaba tan lejos de su propia vileza y degradación.

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