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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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– ¿Quién es? ¿Por quién o para quién sales de noche, desafiando el frío intenso o cualquier testigo malévolo?…

– Llanlil es mi acompañante -dijo ella al fin.

– ¿Llanlil?… No sé por qué, pero lo imaginaba -comentó el padre Bernardo y la declaración, así como el tono de la misma, significaron para Blanca un inesperado alivio.

– Ese muchacho vale mucho verdaderamente -estaba diciendo el padre-. Pero, ¿has pensado en las consecuencias de tu acto? ¿Te quiere él? ¡Son tan extraños ellos a veces!

– ¿Por qué son extraños? ¿Son acaso mejores esos hombres duros, despiadados, ambiciosos, que pueblan las mesetas y atropellan cualquier derecho ajeno?

– ¡Cuidado, Blanca!… tu padre es uno de esos hombres y que yo sepa es respetuoso de la ley y muy humano. ¿No lo crees así?

– Sin duda y usted sabe que no me refiero a él o a quienes son como él. Llanlil no es extraño ni a mis sentimientos, ni a mis creencias y ciertamente es mejor, y más bueno y noble que muchos blancos. ¡Sólo una circunstancia de nacimiento, que no prueba nada, lo hace extraño a los ojos de los otros! Pero usted sabe bien, padre, que siempre el vencido es subestimado por los conquistadores, Es otro modo de vivir y tal vez ni eso siquiera… ¡ah! y el interés de ignorarlos ¿no es verdad?

– ¡Bravo problema te ha suscitado esa simpatía, querida niña! -exclamó el padre pensativo.

– Es algo más que simpatía, padre -lo contradijo ella con calor-. Es amor. Amor de los dos que está más allá de la comprensión de los demás… blancos o no blancos.

– Sí, claro… claro… no será la primera vez ni la última que ocurra -dijo el religioso admirado ante la revelación, procurando centrar el insólito suceso en sus justos límites-. Pero debes comprender, hija -añadió- que tal como están las cosas, la verdad va a provocar una extraordinaria conmoción en tu casa.

– Es cierto ¡pobre mamá, siempre tan reacia a las cosas de esta tierra! En cuanto a papá, si no fuera por su enfermedad y los problemas que lo preocupan, lo sé capaz de comprenderme…

Habían pasado los corrales y si Mordiscón, el fiel caballo de Blanca, hubiera podido comprender, se hubiera escandalizado ante la indiferencia Musitada de su ama hacia él. Pero Blanca, erguida y ágil en sus ropas ceñidas de piel y el anciano ligeramente encorvado pero fuerte, caminaron ensimismados yendo hacia la meseta del este, donde la nieve se acumulaba al pie del faldeo.

Allí los sorprendió un grupo entusiasta de peones, por entre los cuales saltaban alegremente los perros lebreros. -¿Qué hacen? -preguntó el padre Bernardo. -Están cazando liebres. Venga… -respondió Blanca. En efecto, los peones se dedicaban a una distracción singular. Los perros, especialmente adiestrados, husmeaban entre las matas y las rocas del faldeo; se introducían en las numerosas cuevas y delante de ellos huían alarmadas las hermosas y grandes liebres patagónicas. Entonces ocurría lo imprevisto para los aterciopelados roedores. Los peones formaban, junto con otros perros, un móvil y extenso cerco que cerraba el paso de los animalitos. Poco a poco eran empujados hacia una esquina del cerro, donde la nieve acumulada tenía un grosor considerable. Allí los saltos de las liebres, perdían elasticidad y a medida que se internaban, sus movimientos se volvían más y más torpes hasta detenerse completamente. Los aterrorizados animalitos se agitaban inútilmente en la imprevista trampa y sus ojos, como redondas cuentas de cristal, veían acercarse a los perros excitados, seguidos por los cazadores. La muerte les llegaba rápida y certeramente. Sus débiles cabezas no resistían el golpe de los taleros y ni siquiera el zarpazo de los perros. Numerosas piezas cobradas certificaban la bondad del sistema.

El misionero y Blanca, atraídos por el espectáculo, olvidaron sus preocupaciones. Lejos, viniendo del río, Llanlil se acercaba también a reunirse con el grupo. Era mediodía y el sol alcanzaba su máxima intensidad, derritiendo a medias la nieve. Pequeños arroyuelos se deslizaban entre las piedras, y el declive llevaba las aguas hacia los menucos que orillaban los numerosos brazos del Senguerr.

El padre Bernardo se volvió y dijo a Blanca que miraba hacia el río:

– Bueno, muchacha; ni una palabra a tus padres todavía ¿comprendido?

CAPÍTULO XIV

1

El enorme carretón tirado por la recua heterogénea de muías y pequeños caballos, avanzaba por la picada que lleva del Paso al Ensanche, como un pesado y grotesco barco sobre un mar de nieve. El viejo y remendado toldo, con más cueros añadidos que lona, ondulaba en jirones. Detrás del vehículo, los caballos auxiliares trotaban unidos por sogas, espantando a los perros que saltaban atropellándose entre sus patas.

Hasta donde alcanzaba la vista (y desde el altísimo pescante la visual era dilatada), no se veía más que nieve y duras matas achaparradas. Los ocupantes del carretón eran tres: un viejo de cabellos grises que escapaban en mechones bajo el rústico y sucio gorro de piel; un obscuro mocetón que mascaba, imperturbable, tabaco en cuerda, escupiendo la amarga y espesa saliva sobre la nieve, y entre los dos se aburría el tercer personaje: un muchachito delgado, que miraba sin asombro alguno la extensión blanca con sus ojos renegridos y ardientes. Con los brazos cruzados por debajo de su deshilachado ponchito de lana, precozmente parsimonioso el gesto, guardaba una inmovilidad indiferente. Tenía frío y hambre y pocas ganas de hablar. De tanto en tanto, para desentumecerse, pateaba con energía contra las duras tablas del carro.

El carretón era un almacén rodante y aquellos tres personajes sus propietarios y dependientes. El viejo iniciaba su viaje en Comodoro Rivadavia y luego de visitar los pobladores lindantes al paralelo 46, se llegaba hasta el lago Buenos Aires, para después, describiendo un semicírculo de muchas leguas, cruzar el Guenguel, arribar al Paso, seguir por el Ensanche, visitar Colonia Sarmiento y regresar a Comodoro por el lado opuesto. Durante el largó itinerario, realizaba toda clase de transacciones comerciales: salía repleto de comestibles, telas, ropas, municiones, armas y amén del intercambio en metálico, recibía en trueque pieles de zorro o de liebres, pequeñas partidas de lana, cueros, y en ocasiones menudas bolsitas de oro lavado o en pepitas, oro extraído por solitarios buscadores auríferos de los arroyos helados de las montañas. Pero el ciclo comercial no terminaba con el regreso. La mujer del viejo regenteaba en Comodoro una casa de comida, donde los primeros obreros de los pozos dejaban crecidas sumas a cambio de un guisote caliente y un vaso de vino. A la fonda ingresaba el producto de cada viaje y el comercio proseguía incesante y activo en la nueva población.

Tal vez ni el mismo viejo imaginara que diez años después, aquella combinación lo convertiría en acaudalado comerciante, dueño de campos y flotas de carros. Pero cada giro de las ruedas de su destartalado vehículo lanzaba hacia el futuro un mensaje de riquezas y de poder. En el presente él y sus hijos tiritaban de frío mientras vigilaban el horizonte con las carabinas al alcance de las manos, prontos a defender su mercancía e incluso sus vidas de la rapacidad de los indios o la inclemencia de los salteadores de caminos; hombres desesperados a quienes poco les importaba dejar tendido a otro al borde de una huella de piedras lamidas por el viento.

– Viejo -dijo el mocetón sin dejar de mascar tabaco -hay que apurar… o no llegaremos al Ensanche con luz.

– Prefiero llegar sin luz a romper una rueda -afirmó el viejo.

La sola idea de romper una rueda desagradó al hijo del comerciante, que apretó los labios y se quedó contemplando con aprensión la meseta.

– ¿Tienes frío? -preguntó el viejo al menor de los muchachos.

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