Conquista salvaje
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:
Y el misionero, noble espíritu oteando el futuro, veía ante sus ojos abiertos realizarse su sueño, y le dolía la angustia del presente, el precio de sangre que otros pagarían, sin saberlo, por su sueño.
Un viento suave agitó los álamos del sendero y el sol brilló por la nieve, encendiendo cristales diminutos que herían los ojos, pero el padre Bernardo siguió, abstraído en sus pensamientos, su paseo, hasta llegar a la orilla del río. Siempre con igual expresión preocupada inició el regreso, aunque otras ideas más inmediatas ocupaban su mente.
4
Esa tarde habló largamente con el vendedor y su hijo Santiago. Los tres, a la vera del carro, vieron poco a poco apagarse el día y crecer el viento y el frío cortante. Don Ruda y Juan, ocupados en sus trabajos, los observaron con curiosidad mientras aguardaban sus indicaciones para reunirse con Lunder.
– Nuestro cura tiene algún proyecto entre manos-dijo el español a Frida, cuanto ésta se les reunió en la cocina, cerca de la estufa.
– ¡El buen padre! -exclamó ella-. En realidad le hemos causado más molestias que otra cosa desde su llegada…
– ¡Bah… bah! -se burló don Pedro-. Le gusta meterse en conspiraciones… es su oficio.
– ¡Cállese, hereje! -protestó María, que lo estaba escuchando.
– ¡Zas!… Apareció mi sargento de guardia… ¿Ve, señora, quién empieza?… -terminó Ruda con una carcajada.
– Por lo que se pelean parecen novios. ¿No se estarán escondiendo algo ustedes también? -inquirió Frida, mirándolos entre severa e incrédula.
María enrojeció vivamente y dándose vuelta para esconder su rostro fue a ocuparse de los preparativos para la comida.
– ¿Novios, dijo usted? -preguntó Ruda, repentinamente serio-. Me parece que estoy medio viejo para amores… pero le aseguro que si ella se animase haría mi última prueba…
Frida, mirándolo con sus claros ojos celestes, que solían llegar hondo, murmuró:
– Por qué no, don Pedro… ¿por qué no?
Pero María, que salía a llamar a los visitantes y a Blanca, se mordió los labios viendo a ésta en compañía de Llanlil y Roque. El reche parecía señalar algo en dirección al río y su rostro bronceado se destacaba casi hermoso en los desvanecidos reflejos de la luz. Blanca tocó apenas su brazo en la despedida y él la siguió con la mirada firme sin advertir le presencia de María.
– ¡Vamos, niña! -dijo ella con voz enronquecida-.
Su mamá está esperando… ¡vamos!
– Sí -contestó Blanca, abrazándola suavemente por el talle.
María no pudo evitar que sus nervios mantuviesen la peligrosa tensión, pero Blanca, ensimismada en su propia felicidad, nada intuyó. En silencio entraron en la sala-cocina. Un peoncito las siguió portando una carga de algarrobillo cortado para alimentar el alegre fuego de la estufa. La concurrencia del comerciante y sus hijos ponía una nota de fiesta en la comida habitual.
– Con permiso -dijo al rato Santiago entrando seguido de su padre y el hermano menor. Alrededor de la larga mesa se ubicaron ya el padre Bernardo y Frida, mientras Blanca animaba con su franca sonrisa a los muchachos tímidamente torpes en aquel ambiente familiar. Santiago principalmente parecía deslumbrado por la figura encantadora y juvenil de Blanca, singularmente embellecida en la íntima fraternidad del hogar. El muchacho tenía además suficiente imaginación y ardimiento para realzar su propio juicio sobre ella. No todos los días tenía la suerte de estar tan próximo a la belleza de sus sueños. Por eso rabiaba interiormente de sus ropas desaliñadas y sus maneras torpes.
– Vaya… ¡que es todo un banquete! -exclamó el comerciante al promediar la comida.
– ¿Le parece? -replicó Ruda a su paisano-. Pues todavía falta lo mejor… los soberbios pasteles de manzana que ofrece doña Frida cuando nos portamos bien, ¡obra de arte de sus manos!
– No le hagan caso… -protestó ella-. Miente tan bien este hombre que lo van a creer.
– Es justicia, señora -corroboró muy serio el padre Bernardo. Santiago se atragantó sofocado mirando a Blanca que le preguntaba:
– ¿Cómo está Comodoro? Papá tiene muchos amigos allí.
El muchacho tardó en contestar. Se aturrullaba y los pensamientos resbalaban por su cerebro sin concretarse. María lo observaba divertida, escondiendo la risa.
– Este… pues bien, señorita. Está llegando mucha gente con el asunto del petróleo… sí… mucha gente. Cavan y cavan… aquí y allá, a veces no esperan y dejan todo sin terminar… es como si estuvieran algo locos.
El padre Bernardo, que lo escuchaba, preguntó:
– ¿Es cierto eso?
– Pues sí, señor -respondió por él su padre.
– Cuente, paisano… Aquí llegan tan pocas noticias -le pidió Ruda, y Santiago lo miró agradecido…
– Verán ustedes… Cuando yo llegué en 1903 a Punta Borja, a lo que es hoy Comodoro Rivadavia, acababan de abandonar la perforación del primer pozo que se hacía en busca de agua. Bueno, los pobres boers estaban francamente desesperados. Hacía dos años, desde que un tal coronel Ricciardi les entregara aquellas tierras, vegetaban en el pueblo sin agua; y menos mal que sus amigos de Buenos Aires, comprometidos en sus afanes colonizadores, entre ellos el almirante Aldao que los había traído, y el ministro Escalante, lograron el envío de otro grupo de perforadores; que si no, se van todos de aquel desierto. Así estaban las cosas, con poca o ninguna agua, cuando el año pasado, después de mucho pelearse entre ellos, el gringo Beghin recibió orden de continuar perforando. Era el 11 de diciembre, la perforación llegaba ya a los quinientos treinta y siete metros y ¡nada!… Los colonos vivían pendientes del dichoso sistema Fauk… Los técnicos callaban, aburridos de aguantar el viento y hartos de penurias. Esa noche el telégrafo trabajó sin descanso, pero recién al día siguiente se supo la noticia: ¡la perforación arrojaba muestras de arenas petrolíferas!
– ¡Bendita casualidad! -exclamó Ruda.
– ¿Casualidad? Puede ser. Pero el pueblo quería agua, no petróleo. De golpe Comodoro se conmovió como recorrido una fiebre de actividad. El 13 de diciembre se confirmó la existencia del petróleo. El gobierno envió técnicos en la materia. Llegaron los primeros especialistas y como un reguero los que tenían plata, con o sin conocimientos, empezaron a pedir tierras y levantar torres. El dislate…la gente se olvidó de su sed y el Vrek van dorst de los boers pasó a la categoría de recuerdo para la historia. -Eso cree usted -interrumpió Frida-. Nosotros no olvidaremos jamás, sería imposible, las penurias de nuestros paisanos ni las propias… Cuando Whilem supo en 1901 la llegada de aquellas diez familias a Punta Borja, como usted dice, nos arrastró desde Cabo Raso a reunimos con ellas; pero pronto comprendió su error y nos alejamos de nuevo. El nunca ha dejado de desear algo como esto. Sin embargo yo siempre recuerdo con pena los comienzos de mis compatriotas en tan duras circunstancias… ustedes no pueden imaginarse cuánto sufrimiento y cuánto coraje se encierran en esas casas que ahora, felizmente para ellos, han cobrado significación y recompensa…
La emocionada oración de Frida, dicha en su castellano deliciosamente enrevesado, aleteó entre los comensales, dejándolos un instante en suspenso. Ruda se atusó el bigote, el padre Bernardo se recogió en sí mismo conmovido. Santiago, confuso, escondió sus grandes manos y miró a su padre, que, el único entre todos, mascaba tranquilamente.
– Dígame, amigo -interrumpió el misionero-. ¿Conoció usted al padre salesiano Dabrowsky?
– Claro que sí… él bendijo el primer pozo de petróleo, que, justamente, lleva el número 2 y lo bautizaron Chubut.
– El padre Dabrowsky anduvo por aquí el anteaño catequizando a los tehuelches -aclaró entonces Blanca.
– Exacto, hija -dijo el padre Bernardo pensativo-. Ya ven -continuó- cómo la divina Providencia anuda en sus altos designios los hilos que nos mueven a nosotros, sus desamparadas criaturas. En la costa más estéril, en la triste soledad que rechaza el calor humano, se asientan un día unas pocas familias en busca de su destino y, en efecto, el destino les aguarda allí, pues bajo sus plantas, la sabia naturaleza ha acumulado enormes tesoros que su esfuerzo arrancará haciendo del páramo una ciudad del futuro… Pero dígame aún otra cosa: ¿sabe usted si está todavía el capitán Ruiz Moreno?