Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
A la entrada de Portillo, los soldados nos obligaron a dar la vuelta, diciendo que la ciudad era una desgracia, que había cientos de americanos viviendo en la calle como perros y que la zona era inhabitable. Como para confirmar sus palabras, mientras esperábamos dieron paso a un convoy de camiones de la Cruz Roja.
Hitch no discutió con los soldados, sino que siguió avanzando por aquella agrietada y agujereada autopista. Me explicó que, a un par de kilómetros, había un sendero que conducía a Portillo y que, aunque no era más que un camino de cabras, podríamos recorrerlo sin dificultad en la maltrecha furgoneta que habíamos alquilado en el aeropuerto.
—Además, las carreteras secundarias son más seguras —añadió—. Siempre y cuando no nos detengamos.
Hitch siempre había preferido las carreteras secundarias.
—¿Por qué aquí? —preguntó Ashlee, observando por la ventanilla el vacío paisaje del desierto de Sonoran, donde sólo había cabuyas, matojos amarillos y algún rancho abandonado.
A pesar de los logros alcanzados por la administración de Gonsálvez, la recesión de Kuin había provocado que el pueblo mexicano diera de nuevo el poder al venerable y corrupto Partido Revolucionario Institucional. La pobreza rural había alcanzado niveles pre-milenarios y Ciudad de México se había convertido en la urbe con mayor densidad de población, la más contaminada y la más delictiva del continente. Portillo, sin embargo, era una ciudad menor sin ninguna trascendencia estratégica o militar conocida… una ciudad polvorienta, privada de prosperidad y agonizante.
—La mayoría de los Cronolitos aterrizan lejos de los centros urbanos —expliqué a Ashlee—. Los puntos de llegada parecen haber sido elegidos al azar, excepto los de ciertos monumentos, como el de Bangkok o jerusalén. Quizá resulta más sencillo construir un Cronolito al aire libre, donde hay espacio suficiente… o quizá, los monumentos más pequeños fueron erigidos antes de que las ciudades cayeran en manos de Kuin.
Nos habíamos preparado bien para aquel viaje: llevábamos una nevera portátil llena de agua embotellada y un par de cajas de provisiones. Sue Chopra se había quedado en Baltimore, cotejando los datos que recibía de su red no oficial de informadores y de los satélites de vigilancia de última generación. Las autoridades habían decidido no hacer pública la noticia de Portillo, considerando que sólo conseguirían atraer a una cantidad mayor de peregrinos. Sin embargo, a pesar del velo oficial de silencio, los rumores que circulaban por Internet ya se habían encargado de congregar en este lugar a miles de personas.
Aunque teníamos comida y bebida para más de cinco días, según los cálculos de Sue faltaban menos de cincuenta horas para el aterrizaje.
El “camino de cabras” resultó ser un surco que discurría por un pedregoso chaparral y que estaba coronado por el infinito cielo turquesa. Nos encontrábamos a unos veinte kilómetros de la ciudad cuando vimos el primer cadáver.
Aunque era obvio que ya no podíamos hacer nada por aquel muchacho, Ashlee insistió en que paráramos. Dijo que sólo quería asegurarse… porque el cuerpo era de un tamaño similar al de Adam.
Aquel joven vestido con una sucia camisa blanca de cáñamo y unos pantalones amarillos de Kevlar llevaba muerto bastante tiempo. Le habían robado los zapatos, el reloj y la terminal… y probablemente la cartera, aunque ninguno de nosotros quiso comprobarlo. Alguien le había fracturado el cráneo con un objeto contundente. Al empezar a descomponerse, el cadáver había atraído a una serie de depredadores, aunque en estos momentos sólo se veía un ejército de hormigas que desfilaba con pereza por su reseco brazo derecho.
—Lo más probable es que veamos más cosas como ésta —dijo Hitch, contemplando el horizonte—. En esta parte del país hay más ladrones que moscas, por lo menos desde que el PRl anuló las últimas elecciones. Los dos mil americanos inocentones que han venido hasta aquí atraen como imanes a todos los asesinos que hay al sur de Juárez… y están tan cegados por el hambre que no se andan con escrúpulos.
Supongo que Hitch podría haber dicho eso mismo con un poco más delicadeza, pero no habría servido de nada. La prueba estaba delante de nuestros ojos, pudriéndose en el arenoso margen de la carretera.
Miré a Ashlee. Estaba pálida. Sus ojos observaban con tristeza el cadáver del joven americano.
Ashlee había insistido tanto en acompañamos que al final habíamos accedido. Como yo era el padre de Kaitiin, puede que accediera a regresara casa conmigo; sin embargo, Adam Mills nunca me escucharía. Puede que nadie lograra convencerlo de que abandonara aquel haj, ni siquiera su madre, pero nos dijo que tenía que intentarlo.
Era peligroso, sumamente peligroso, pero Ashlee estaba decidida a realizar este viaje con o sin nosotros. Y yo la entendía. En ocasiones, la conciencia nos exige cosas que no podemos negociar. Son reacciones que no tienen nada que ver con el valor: nosotros no estábamos aquí porque fuéramos valientes, sino porque teníamos que hacerlo.
Pero el cadáver de aquel joven americano era la prueba de todas las verdades que hubiéramos preferido ignorar: que nuestros hijos habían venido a un lugar en el que sucedían ese tipo de cosas, que podrían haber sido Adam o Kaitiin quienes hubieran sido arrojados a un lado del camino y que era imposible salvar a todos los muchachos que se encontraban en peligro.
Cuando regresamos a la furgoneta, Hitch ocupó el volante. Yo preferí sentarme detrás, junto a Ash, que apoyó la cabeza sobre mi hombro. Era la primera vez que reflejaba su cansancio desde que abandonamos los Estados Unidos.
Vimos nuevas señales que nos indicaron que no éramos los únicos americanos que habían seguido esta ruta para llegar a Portillo. Dejamos atrás un sedán abandonado que había caído por un terraplén y poco después, un Edison oxidado con matrícula de Oregón nos adelantó a toda velocidad, levantando nubes de polvo en el aire de la tarde. Por fin, tras coronar una cima, la ciudad de Portillo se extendió ante nosotros y pudimos ver las miles de tiendas de campaña que se apiñaban en las rutas de acceso como huevos de insecto. La carretera principal que conducía a Portillo estaba flanqueada por garajes de adobe, montones de basura generada por el ha], albergues de indigencia y un laberinto casi infranqueable de vehículos americanos. La ciudad, por lo menos desde esa distancia, era una mancha de arquitectura colonial completada por un par de franquicias hoteleras y estaciones de servicio. Todo esto pertenecía ahora a los kuinistas. Jóvenes de todo tipo se habían congregado en este lugar, con provisiones y técnicas de supervivencia inadecuadas. Hitch nos explicó que la mayoría de los residentes había abandonado sus hogares, así que en la ciudad sólo quedaban ancianos, ladrones, vendedores de agua y miembros oportunistas o desconcertados de la policía ¡ocal. Excepto en las tiendas de suministro que habían establecido los grupos internacionales de socorro, apenas había comida en la ciudad; el ejército había decidido expulsar a los vendedores ambulantes confiando en que el hambre haría que los peregrinos se dispersaran.
Ashlee contempló toda esa Meca polvorienta con evidente desesperación.
—Aunque estén ahí —dijo—, ¿cómo vamos a encontrarlos?
—Tendréis que dejarme hacer ciertas investigaciones —respondió Hitch—. Pero antes tenemos que acercarnos un poco más.
Avanzamos por el pedregoso sendero hasta una superficie agrietada de alquitrán y asfalto. El hedor del haj entraba por las ventanillas con la misma sutileza que un puño cerrado. Ashlee encendió un cigarrillo, sobre todo para disfrazar aquel olor.
Hitch aparcó detrás de una choza de abobe ennegrecida por el fuego, situada a menos de un kilómetro de la ciudad. La furgoneta quedaba escondida de la carretera principal por unos matojos secos de Jacaranda y diversas jaulas de gallina repletas de excrementos endurecidos.