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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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– Quería llamar -dijo Gemma cuando Hazel se dirigió a las escaleras-. Espera Hazel. Subiré yo y me llevaré a Toby. Vuelve a tu video.

Hazel se volvió.

– ¿Estás segura?

– Sí.

– Está bien. -Hazel le dio a Gemma un apretón en el hombro y un beso en la mejilla. Cuando se dirigió al salón sus calcetines amortiguaron los pasos-. Te veré mañana.

* * *

Toby estaba despatarrado en la cama con los brazos levantados como si hubiera estado practicando saltos de tijera en sueños. Se había apartado las sábanas, como siempre, lo que le permitió a Gemma pasar los brazos por debajo de él. Con una de las manos le sostuvo la cabeza. Cuando lo levantó apenas se movió y al colocárselo bien entre los brazos su cabeza cayó en el hombro de Gemma.

También se iría pronto a la cama, pensó mientras llevaba a Toby por el jardín, se colocaba el peso inerte en la cadera y abría la puerta. Se podría levantar temprano y disfrutar de un rato con Toby antes de volver a Holmbury St. Mary.

Pero después de arropar a Toby en su cama se puso a ordenar el piso, incapaz de parar y descansar. Finalmente, cuando agotó su repertorio de obligaciones, buscó en la nevera algo para comer y encontró un trozo de queso cheddar que no había sido atacado por el moho y luego rescató unas galletas rancias del armario.

Comió de pie junto al fregadero, mirando hacia el jardín oscuro, y cuando acabó se sirvió una copa de vino y se acomodó en el sillón de cuero. Hábitos de solterona, pensó con una mueca sardónica. Pronto llevaría chaquetas de punto y pantalones de franela y, ¿qué iba a ser de ella?

* * *

Jackie se reservaba el área del final de Portobello Road para la última parte de su turno. Hacía tiempo que no trabajaba de noche y ya no estaba acostumbrada al inquietante vacío de las calles sin salida a esta hora de la noche. Las pequeñas tiendas de antigüedades que durante el día bullían de gente estaban ahora oscuras y atrancadas y en las alcantarillas se oía el traqueteo de los residuos.

Cuando giró en la última calle, la farola del final hizo un destello y se fundió.

– Mierda -dijo Jackie entre dientes. Ella siempre terminaba sus rondas y no iba a dejar que un caso de miedo de novata lo impidiese esta noche. Se imaginó a sí misma diciéndole a su jefe que había salido por piernas porque la calle estaba a oscuras y vacía. Se rió para sus adentros al pensar en una posible respuesta.

Pronto estaría en casa. Susan, que tenía que levantarse con el gallo para llegar a su trabajo en la BBC, estaría durmiendo profundamente, pero habría dejado preparado algo para comer además de una copita para antes de ir a dormir. Jackie sonrió ante la perspectiva. Un baño caliente, una bebida templada y luego se metería en la cama con la novela de Mary Wesley que se había estado reservando. Era una experiencia más bien liberadora el estar despierta a altas horas de la madrugada mientras el resto del mundo dormía.

Se detuvo, ladeó la cabeza y escuchó. El vello de la nuca se le erizó como respuesta atávica. Ese ruido como de arrastrar de pies detrás de ella… ¿podría haber sido un paso?

Ahora no oía nada excepto el leve suspiro del viento entre los edificios.

– Estúpida -dijo en voz alta a las esquivas sombras. Continuó caminando. Un par de pasos más y llegaría al final de la calle. Luego comenzaría la última etapa de su turno, de vuelta a la comisaría.

Esta vez la pisada era inconfundible, al igual que el terror crudo y primitivo que convirtió sus piernas en gelatina. Jackie se dio la vuelta con el corazón palpitante. Nada.

Desabrochó su radio y apretó el botón del micrófono. Demasiado tarde. Primero le llegó su olor, un dulzor rancio. Luego sintió el escozor frío del metal en la base de su cráneo.

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Kincaid vio a Gemma en el coche con Will Darling y los miró como se alejaban rodeando el prado. Ella se dio la vuelta una vez, pero cuando él levantó la mano para saludarla, ella ya había apartado la mirada. Al poco rato perdió de vista el coche.

Cruzó la carretera y se quedó un rato parado al final del camino que llevaba al pub, preparándose interiormente para el cometido. A Deveney lo habían llamado por un robo en una tienda de Guildford, lo que dejó a Kincaid solo para interrogar a Brian Genovase. Pero quizás podía hacer de eso una ventaja si hacía la entrevista lo más informal posible.

El viento, que se había levantado por el oeste, hacía temblar las hojas del viejo roble y el cartel del pub chirriaba en sus goznes. Miró a los amantes recortados sobre la luna y pensó que la imagen era quizás más acertada de lo que habían pensado.

Encontró a Brian solo, preparándose para el almuerzo del domingo.

– Roast-beef y pudding de York -dijo Brian a modo de saludo. Terminó de escribir en la pizarra con una floritura-. Los domingos han de ser como Dios manda. Será mejor que coja mesa pronto. -Sus palabras era amables, pero mientras hablaba miró a Kincaid con recelo.

– Lo tendré en cuenta, pero primero me gustaría hablar con usted antes de que esto se llene. -Kincaid se sentó en un taburete.

Brian dejó de colocar los vasos limpios en el estante.

– Mire, señor Kincaid, agradezco lo que hizo por mi hijo ayer noche. Usted fue decente. No se puede decir lo mismo de los polis de la última vez. Pero no sé qué más decirle. Geoff ya ha ido a visitar a todos los del pueblo. Les ha dicho que trabajará gratis para reparar lo hecho. Y lo primero que haremos mañana es empezar la terapia de nuevo. Será un proceso largo. Debería…

– Brian -le interrumpió Kincaid-. No se trata de Geoff.

Brian lo miró sin comprender.

– No se trata…

– Me temo que no hemos terminado con nuestra investigación oficial. ¿Puede decirme qué estaba haciendo el miércoles por la tarde, entre las seis y las siete y media?

– ¿Yo? -Brian se quedó boquiabierto-. Pero… supongo que han de preguntar a todo el mundo.

– Hasta ahora ha tenido suerte -dijo Kincaid con una sonrisa-. ¿Estaba aquí?

– Claro que estaba aquí. ¿Dónde podría estar?

– ¿Solo?

Brian negó con la cabeza y dijo:

– John estaba en la barra y Meghan estaba aquí, la chica que ayuda en la cocina. Había mucho movimiento para ser un miércoles.

– ¿Salió en algún momento, aunque fuera sólo por unos minutos? -preguntó Kincaid-. Piense detenidamente. Es importante ser exacto.

Brian frunció el ceño y se frotó la barbilla.

– Sólo recuerdo una cosa -dijo al cabo de un momento-. En algún momento entre las seis y media y las siete fui al almacén a buscar una caja de limonada. No puedo haber estado allí más de cinco minutos.

– ¿Se puede llegar al almacén desde dentro del pub?

– No. Hay que dar toda la vuelta y pasar por el aparcamiento. -Luego, con aire de hacerle una confidencia, añadió-: Es un asco cuando llueve, se lo aseguro.

– ¿Vio u oyó algo fuera de lo corriente, por insignificante que fuera?

– Sólo los ratones. Hace unos meses que murió el gato. Es hora de que nos agenciemos uno nuevo. Normalmente vienen solos, pero hasta ahora no ha venido ninguno. Quizás no saben que hay una vacante. -Brian sonrió, obviamente más calmado.

Bien, pensó Kincaid. Ahora que lo tenía relajado y satisfecho de sí mismo, era el momento de golpear bajo.

– Brian. Tengo la impresión de que usted y Claire Gilbert son buenos amigos.

Brian cogió un vaso de la bandeja y lo colocó en el estante, casi ocultando su vacilación momentánea.

– No más que la mayoría de los vecinos. Nos ayudamos mutuamente cuando es necesario. -Mantenía los ojos fijos en su trabajo.

– ¿Qué opinaba su esposo?

– No veo por qué le tendría que haber molestado. -La voz de Brian denotaba fastidio pero sus ojos todavía no se habían encontrado con los de Kincaid-. Ahora, si me permite…

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