Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
Las relaciones públicas de los militares no marchaban bien últimamente, y él estaba ofreciéndoles una magnífica oportunidad de mejorar su imagen ante los ciudadanos. Si no la jodian, cosa que siempre podía ocurrir al tratar con los chupatintas.
– Creo que esto le parecerá interesante, señor.
El general Winter ojeó el libro encuadernado en piel y luego levantó la vista.
– Ésta es la razón por la que le aguanto, Max -dijo mientras pulsaba un botón del interfono-. Tiene usted más vidas que un gato, y más suerte que un irlandés. Ahora, váyase y hágase una revisión.
Max rechazó la orden del general sobre la atención médica y se dejó escoltar fuera de la habitación por el personal de seguridad. Bajó en ascensor hasta el aparcamiento donde un Cadillac negro lo esperaba. Una vez en el asiento trasero del coche, reposó la cabeza en él y se relajó por primera vez desde aquel almuerzo con Lola en el Dora Mae. Pero no se relajó del todo por miedo a quedarse dormido. Las luces de la ciudad pasaban veloces al otro lado de la ventanilla y el rumor de los neumáticos húmedos sobre el pavimento llenaba el interior del coche. Esa vista y esos ruidos le eran familiares y le recordaron que ya estaba en casa. Casi.
Después de un breve recorrido de quince minutos, el Cadillac se detuvo delante de la casa de doscientos años de antigüedad que Max tenía en Alexandria. Ahora estaba en casa. Por fin. Max salió del coche y dio unos golpecitos en el techo del automóvil. El Cadillac se alejó salpicando el agua de los charcos a su paso. Las luces exteriores de la casa estaban encendidas, tal y como las había programado, pero en el porche había cuatro números consecutivos del Journal. Max no había previsto ausentarse más de un día y, por tanto, no había cancelado el servicio.
No tenía llave. No la necesitaba. Cuando compró la casa, tres años atrás, diseñó e instaló su propio sistema de seguridad.
Un teclado numérico en el interior y en el exterior controlaba los detectores de movimiento, las luces exteriores y las cerraduras de las puertas. Max subió la escalera de la puerta principal, abrió el teclado numérico y marcó su código. Recogió los periódicos empapados y atravesó la oscuridad de la casa hasta la cocina. Sacó la basura de debajo del fregadero y tiró los periódicos.
La luz pálida de la luna y del porche trasero se colaba por la ventana que había encima del fregadero e iluminaba las encimeras de color rojo estilo años cuarenta, el papel de pared de un rosa cálido y la cafetera cromada. Excepto por la instalación del sistema de seguridad y ventilación de los dos baños, no había realizado las reformas que había planeado.
Sin encender las luces, Max subió las escaleras hasta la habitación del primer piso. El suelo de madera crujía bajo su peso. Max se sentó en un extremo de la cama para quitarse las botas. Había estado despierto durante cuarenta y ocho horas y ahora, inesperadamente, le vinieron a la memoria imágenes de Lola. De cuando ella se bañaba en la plataforma de baño del Dora Mae. De cuando él la besó en la cubierta de popa. De cuando la estrechó en sus brazos mientras la tormenta amenazaba con tragarse el yate, de cuando acarició y besó sus pechos desnudos, de cuando le hizo el amor mientras el sol se ponía en una isla desconocida de algún lugar del Atlántico. Cálidos recuerdos e imágenes desfilaron por su mente, y él estaba demasiado cansado para resistirse.
Se quitó la ropa y se quedó de pie totalmente desnudo. La luz exterior que se colaba por la persiana proyectaba sombras rayadas en el suelo e iluminaba una parte de la cómoda. Max pasó por encima de un montón de ropa y alcanzó un maltrecho medallón de san Cristóbal que colgaba del espejo. Levantó los brazos y se pasó el medallón por la cabeza. Había pertenecido a su padre, y el contacto frío del metal en el pecho era una sensación familiar.
Las sábanas limpias le acariciaron la piel, y Max se preguntó si Lola estaría durmiendo plácidamente allí donde se encontrase. La última vez que la vio estaba pálida y parecía agotada, así que Max se imaginaba que la habrían mantenido en el hospital bajo observación.
Pensó en llamar a Cayo Hueso para informarse de su estado. Luego cambió de idea. Sería mejor cortar por lo sano. Permanecer fuera de su vida. No porque el general Winter se lo hubiera dicho, sino porque a pesar de que la responsabilidad hacia Lola y su perro le había pesado mucho, había llegado a necesitarla. Había algo especial en la calidez de sus ojos, en la manera en que lo miraba, en la forma en que había compartido con él su vida y su cuerpo. Era algo que le ensanchaba el pecho, que había penetrado en un rincón muy profundo de su alma que no conocía. Era algo que lo inducía a un estado temerario y lo incitaba a obrar en contra del sentido común y a hacerle el amor a pesar del peligro en que se encontraban. Era algo que anulaba la razón y la prudencia, y que le provocaba un anhelo de que todo eso volviera a suceder de nuevo.
Max la había salvado de morir ahogada, y también de los traficantes de drogas. Pero él no había sido tan afortunado. No había sido capaz de salvarse a sí mismo de ella.
Definitivamente, era mejor para ambos que él se mantuviera apartado de su camino.
Ella no tenía cabida en la vida de él, y, por supuesto, él no encajaba en estilo de vida de ella.
Una de las consecuencias positivas de su desaparición fue el revuelo que suscitó en la prensa. El mismo día en que se difundió la noticia de su desaparición, las líneas de bustiers delicadamente bordados y de camisones de seda con calados de rosas y tangas a juego se agotaron y ahora había pedidos en espera. Durante esos cuatro días, las ventas por catálogo habían sobrepasado todas las expectativas en un sesenta y tres por ciento.
El negocio florecía. La vida era agradable e incluso el Enquirer se había tomado un descanso y ya no la llamaba «peso pesado». Ahora los titulares decían: «La tetuda Lola aparece por fin.» Prefería «tetuda» a «peso pesado» o «gran Lola».
El Enquirer había inventado una historia acerca de una fuga pasional con un extraño hombre que Lola habría conocido en el casino del Crystal Palace. Otro periódico especulaba acerca de la posibilidad de que Lola se hubiera escondido a causa de una desgraciada operación de cirugía plástica. Pero la tesis favorita de Lola era la de un periódico que contaba que había sido abducida por los extraterrestres y que ahora vivía en un pueblecito del noroeste.
Todas esas especulaciones le habían dado más fama de la que ella habría podido comprar nunca, y tuvo que aumentar la producción del Cleavage Clicker para satisfacer la demanda.
Las oficinas de Lola Wear Inc. se distribuían por un espacio de mil metros cuadrados en uno de los cinco almacenes de tabaco restaurados que había en el centro de Durham. Esa zona en plena decadencia se había transformado en una ecléctica mezcla de negocios, oficinas y apartamentos. Lola había tomado en arrendamiento el espacio no sólo porque se ajustaba a sus necesidades, sino porque formaba parte de su historia. Ella tenía un vínculo con ese lugar. Muchos de sus parientes habían trabajado en ese mismo almacén, fabricando mecánicamente Chesterfields hasta que se produjeron los despidos de finales de los años setenta. A veces, especialmente los días en que había humedad, casi se podía oler el dulce aroma de las hojas de tabaco.
Ansiosa por volver a su vida normal, Lola regresó a su casa y a su trabajo el primer viernes después de que la rescatasen del Atlántico. Pero hacia las dos del mediodía, ya no se sentía tan segura de que hubiese hecho bien al volver tan pronto. Había necesitado toda la mañana y parte del mediodía para ponerse al corriente de lo sucedido desde el sábado anterior. Ahora, estaba tan cansada que lo único que le apetecía era tumbarse a hechar la siesta.