Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Los Diarios Secretos De Miranda - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
1 ... 44 45 46 47 48 49 50 51 52 ... 66
Перейти на страницу:

– Miranda, no eres tú…

– ¡No te inventes excusas para mí! ¡No puedo ser lo que necesitas y te odio por eso! ¿Me oyes? ¡Te odio! -Superada por las emociones, se volvió y se abrazó a sí misma para intentar controlar los temblores que la sacudían.

– No me odias. -Turner habló con voz suave y tranquila.

– No -respondió ella, tragándose un sollozo-. No te odio. Pero a Leticia sí. Si no estuviera muerta, la mataría yo misma.

Turner arqueó la comisura de los labios en una sonrisa irónica.

– Lo haría lenta y dolorosamente.

– Tienes un punto despiadado, minina -dijo él, ofreciéndole un sonrisa zalamera.

Ella intentó sonreír, pero sus labios no la obedecían.

Se produjo una larga pausa antes de que Turner volviera a hablar.

– Intentaré hacerte feliz, pero no puedo ser todo lo que quieres.

– Lo sé -replicó ella, con tristeza-. Pensé que podías, pero me equivoqué.

– Igualmente podríamos disfrutar de un buen matrimonio, Miranda. Mejor que la mayoría.

«Mejor que la mayoría» puede que sólo significara que se hablarían, al menos, una vez al día. Sí, quizá tuvieran un buen matrimonio. Bueno, pero vacío. No creía que pudiera vivir con él sin su amor. Meneó la cabeza.

– ¡Maldita sea! ¡Tienes que casarte conmigo! -Cuando ella no reaccionó ante su explosión, gritó-. ¡Por el amor de Dios, estás embarazada y el hijo es mío!

Ya estaba. Sabía que aquel tenía que ser el motivo por el que había recorrido tantos kilómetros, y con un único propósito. Y, aunque apreciaba su sentido del honor, por tardío que hubiera sido, no había forma de ignorar el hecho de que el bebé ya no estaba. Había sangrado, su apetito había vuelto y el orinal de la habitación había pasado a cumplir su misión habitual.

Su madre le había hablado de esas situaciones, le dijo que ella había pasado exactamente por lo mismo dos veces antes de tenerla y después, tres veces más. Quizá no fuera un asunto apropiado para hablar con una chica joven que ni siquiera había terminado la escuela, pero lady Cheever sabía que se estaba muriendo y deseaba transmitirle a su hija la máxima cantidad de conocimiento femenino como le fuera posible. Le había dicho que, si a ella le pasaba lo mismo, no llorara, que ella siempre había tenido la sensación de que esos bebés no estaban predestinados a vivir.

Miranda se humedeció los labios y tragó saliva. Y entonces, con una voz débil y solemne, dijo:

– No estoy embarazada. Lo estaba, pero ya no.

Turner no dijo nada. Y entonces:

– No te creo.

Ella se quedó atónita.

– ¿Cómo dices?

Él se encogió de hombros.

– No te creo. Olivia me dijo que estabas embarazada.

– Y lo estaba, cuando Olivia estuvo aquí.

– ¿Cómo sé que no estás intentando deshacerte de mí?

– Porque no soy idiota -le espetó ella-. ¿Crees que rechazaría casarme contigo si estuviera embarazada?

Turner consideró aquella reflexión un momento y luego se cruzó de brazos.

– Bueno, sigues estando en situación comprometida, y te casarás conmigo.

– No -respondió ella, con tono burlón-. No lo haré.

– Claro que lo harás -dijo, con un brillo despiadado en los ojos-. Lo que pasa es que todavía no lo sabes.

Ella se alejó de él.

– No veo cómo vas a obligarme.

Él dio un paso adelante.

– No veo cómo vas a detenerme.

– Llamaré a Macdownes a gritos.

– No creo que lo hagas.

– Lo haré. Lo juro. -Abrió la boca y lo miró de reojo a ver cómo reaccionaba ante la advertencia.

– Adelante -dijo él, encogiéndose de hombros-. Esta vez no me pillará desprevenido.

– ¡Mac…!

Él le tapó la boca con la mano a una velocidad sorprendente.

– Serás burra. Aparte de que no me apetece que el púgil de tu mayordomo interrumpa mi privacidad, ¿te has parado a pensar que su aparición sólo aceleraría nuestro matrimonio? No querrías que nos sorprendiera en una posición comprometida, ¿verdad?

Miranda gimoteó algo contra su mano y le dio golpes en la cadera hasta que la liberó. Sin embargo, no volvió a llamar a Macdownes. Por muy reacia que fuera a admitirlo, Turner tenía razón.

– Entonces, ¿por qué no me has dejado gritar? -lo desafió ella-. ¿Eh? ¿No es lo que quieres? ¿Casarte?

– Sí, pero creí que querrías llegar al matrimonio con un poco de dignidad.

Miranda no tenía una respuesta preparada, así que se cruzó de brazos.

– Ahora quiero que me escuches -le dijo Turner, en voz baja, mientras la agarraba por la barbilla y la obligaba a mirarlo-. Y escúchame bien, porque sólo voy a decirlo una vez. Te casarás conmigo antes de que acabe la semana. Puesto que has huido a Escocia, no necesitamos una licencia especial. Tienes suerte de que no te lleve a rastras hasta una iglesia ahora mismo. Búscate un vestido y un ramo de flores porque, cariño, vas a cambiar de apellido.

Miranda le lanzó una mirada feroz, pues no se le ocurría ninguna palabra capaz de expresar su furia.

– Y ni si te ocurra volver a huir -añadió él, muy despacio-. Para tu información, he alquilado varias habitaciones dos puertas más abajo y tengo la casa vigilada las veinticuatro horas del día. No llegarías ni al final de la calle.

– Dios mío -suspiró ella-. Estás loco.

Él se rió.

– Piénsalo un momento. Si traigo a diez personas y les explico que te desvirgué, que te he pedido que te cases conmigo y que has rechazado el ofrecimiento, ¿quién crees que dirán que está loco?

Miranda estaba tan furiosa que iba a estallar.

– ¡Yo no! -exclamó Turner, contento-. Venga anímate, minina, y mira el lado positivo. Concebiremos más bebés y nos lo pasaremos de maravilla haciéndolo. Prometo no pegarte ni prohibirte nada que no sea una auténtica estupidez y, al final, conseguirás ser hermana de Olivia. ¿Qué más podrías querer?

«Amor.» Pero no podía decir esa palabra.

– En realidad, Miranda, podrías estar mucho peor.

Ella seguía callada.

– Muchas mujeres se pondrían en tu lugar encantadas.

Miranda se preguntó si habría alguna forma de borrarle aquella expresión de engreído de la cara sin provocarle daños permanentes.

Turner se inclinó hacia delante, muy seductor.

– Y te prometo que prestaré mucha, mucha atención a tus necesidades.

Miranda entrelazó las manos a la espalda porque le empezaban a temblar de rabia y frustración.

– Algún día me lo agradecerás.

Hasta aquí.

– ¡Aaahhh! -gritó ella, abalanzándose sobre él.

– ¿Qué diablos…? -Turner se volvió e intentó apartar a la chica y sus decididos puños de su cuerpo.

– ¡Nunca jamás vuelvas a decirme «Algún día me lo agradecerás»! ¿Me has entendido? ¡Nunca!

– Estate quieta. ¡Por Dios, te has vuelto loca! -Levantó los brazos para protegerse la cara. Aquella posición era un tanto cobarde, en su opinión, pero la alternativa era dejar que, accidentalmente, le pusiera el ojo morado. No podía hacer mucho, puesto que no quería usar la fuerza para defenderse. Nunca le había levantado la mano a una mujer, y no iba a hacerlo ahora.

– Y no vuelvas a usar ese tono condescendiente conmigo -le exigió, clavándole el dedo en el pecho.

– Cálmate, querida. Te prometo que nunca volveré a usar ese tono condescendiente contigo.

– Lo estás haciendo ahora mismo -gruñó ella.

– Ni por asomo.

– Sí que lo has hecho.

– No.

– Sí.

Madre mía, aquello iba a ser eterno.

– Miranda, nos estamos comportando como niños pequeños.

Miranda pareció crecer unos centímetros y su mirada adquirió una fiereza que debería haber asustado a Turner. Y, mientras meneaba la cabeza, le espetó:

1 ... 44 45 46 47 48 49 50 51 52 ... 66
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)