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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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– Me da igual.

– Bueno, quizá si empezaras a comportarte como una persona adulta, dejaría de utilizar ese tono que tú llamas condescendiente.

Ella entrecerró los ojos y gruñó desde lo más profundo de su ser.

– ¿Sabes una cosa, Turner? A veces te comportas como un auténtico imbécil. -Y cerró el puño, echó el brazo hacia atrás y le golpeó.

– ¡Joder! -Se llevó la mano al ojo y se tocó la piel ardiendo con incredulidad-. ¿Quién diablos te ha enseñado a pegar así?

Ella sonrió con engreimiento.

– MacDownes.

24 de agosto de 1819. Por la tarde.

MacDownes ha informado a los abuelos de mi visita y enseguida han adivinado quién es. El abuelo ha echado bravatas durante diez minutos sobre cómo ese hijo de algo que ni siquiera puedo escribir se había atrevido a venir, hasta que la abuela le ha pedido que se calmara y me ha preguntado a qué había venido.

No puedo mentirles. Nunca he podido. Les he dicho la verdad: que ha venido a casarse conmigo. Los dos han reaccionado con gran alegría y todavía más alivio, hasta que les he dicho que he rechazado su ofrecimiento. El abuelo ha soltado otra diatriba, aunque esta vez el objeto de su ira era yo y mi poco sentido común. O, al menos, es lo que creo que ha dicho. Es de los Highlands y, a pesar de que habla con un perfecto acento, cuando se enfada le salen los orígenes.

Y, por lo visto, estaba muy enfadado.

Así que ahora los tengo a los tres alineados en mi contra. Me temo que me presento a una batalla imposible de ganar.

Capítulo 15

Teniendo en cuenta la oposición que tenía, fue de admirar que Miranda aguantara tanto. Tres días.

Su abuela lanzó el primer ataque, recurriendo a la dulzura y la sensatez.

– Querida -le dijo-, entiendo que lord Turner ha sido un tanto tardío en sus atenciones, pero ha venido a cumplir con su deber y, bueno, tú hiciste…

– No tienes que decirlo -respondió Miranda, sonrojándose con furia.

– Ya, pero lo hiciste.

– Lo sé. -Por todos los cielos, lo sabía. Casi no podía pensar en otra cosa.

– Pero, cariño, ¿qué tiene de malo el vizconde? Parece un chico agradable, y nos ha asegurado que puede mantenerte y cuidarte como Dios manda.

Miranda apretó los dientes. Turner había ido a casa la noche anterior para presentarse a sus abuelos. Típico de él haber conseguido, en menos de una hora, que su abuela se enamorara de él. A ese hombre deberían prohibirle acercarse a cualquier mujer, de cualquier edad.

– Y es bastante apuesto, ¿no crees? -continuó su abuela-. ¿No crees? Claro que sí. Al fin y al cabo, no tiene una de esas caras que unos consideran bonitas y otros no. Es el tipo de hombre que todo el mundo está de acuerdo en afirmar que es apuesto. ¿No te parece?

Miranda estaba de acuerdo, pero no estaba dispuesta a admitirlo.

– Por supuesto, una cara bonita sólo es eso y hay muchas caras bonitas con una mente retorcida.

Miranda ni siquiera iba a responder a eso.

– Sin embargo, parece un chico sensato y bastante afable. Pensándolo bien, Miranda, podrías haber acabado mucho peor. -Cuando la nieta no respondió, la abuela añadió, con una severidad poco característica-. Y no creo que puedas acabar mejor.

Dolió, pero era verdad. Sin embargo, Miranda dijo:

– Podría quedarme soltera.

Puesto que su abuela no contemplaba aquella opción como algo viable, ni se molestó en comentarla.

– Y no hablo del título -dijo, con dureza-. Ni de su fortuna. Seguiría siendo un buen partido aunque no tuviera ni un penique.

Miranda consiguió responder con un sonido gutural indefinido, una sacudida de cabeza y con los hombros encogidos. Y esperaba que bastara.

Pero no. El final de aquel ataque ni siquiera estaba cerca. Turner cogió el testigo intentando apelar a su naturaleza romántica. Cada dos o tres horas llegaban unos enormes ramos de flores a casa, y cada uno de ellos llevaba una nota que ponía: «Miranda, cásate conmigo».

Miranda hizo lo que pudo para ignorarlos, aunque no fue fácil, porque enseguida llenaron todos los rincones de la casa. Sin embargo, Turner sí que hizo grandes avances con la abuela, que dobló su empeño para ver a su Miranda casada con el encantador y generoso vizconde.

Su abuelo fue el siguiente, aunque con una táctica considerablemente más agresiva.

– Por el amor de Dios, jovencita -gruñó-. ¿Acaso te has vuelto loca?

Y, como Miranda ya no estaba segura de cuál era la respuesta a esa pregunta, no dijo nada.

Turner fue el siguiente, aunque esta vez cometió un error táctico. Le envió una nota diciendo: «Te perdono por haberme pegado». Al principio, Miranda se enfureció. Era ese mismo tono condescendiente el que había provocado que le pegara. Pero luego reconoció el mensaje entre líneas de la nota: una delicada advertencia. No iba a soportar su testarudez mucho tiempo más.

Al segundo día de sitio, decidió que necesitaba un poco de aire fresco; el olor de todas esas flores era realmente empalagoso. Así que cogió el sombrero y se dirigió hacia el cercano jardín de Queen Street Garden.

Turner la siguió de inmediato. No mentía cuando le había dicho que iba a tener la casa vigilada, aunque no se molestó en comentarle que no había contratado a ningún profesional. Su pobre y atormentado ayuda de cámara había sido la persona elegida y, después de pasarse ocho horas seguidas mirando por la ventana, se alegró mucho cuando vio a la dama en cuestión salir por la puerta, porque eso significaba que podría descansar.

Turner sonrió mientras observaba cómo Miranda se dirigía hacia el parque con pasos rápidos y eficaces, aunque luego frunció el ceño cuando se dio cuenta de que no se había llevado a ninguna dama de compañía. Edimburgo no era tan peligroso como Londres, pero seguro que una dama no solía salir sola. Ese tipo de comportamiento tendría que cambiar cuando estuvieran casados.

Y estarían casados. Fin de la discusión.

Sin embargo, sabía que tendría que abordar el asunto con unas dosis de delicadeza. Mirando hacia atrás, seguramente la nota donde le decía que la perdonaba había sido un error. Sabía que la enfurecería incluso mientras la escribía, pero no pudo evitarlo. No cuando cada vez que se miraba al espejo veía su ojo morado.

Miranda entró en el parque y caminó varios minutos hasta que encontró un banco libre. Lo limpió un poco, se sentó y sacó un libro de la bolsa que llevaba en la mano.

Turner sonrió desde su lugar estratégico a unos cincuenta metros de ella. Le gustaba mirarla. Le sorprendía lo contento que estaba allí, debajo de un árbol, observando a Miranda leer un libro. Arqueaba los dedos con delicadeza cuando pasaba las páginas. De repente, tuvo la visión de la chica sentada en el despacho que había junto a su habitación en Northumberland. Estaba escribiendo una carta, seguramente a Olivia, relatándole los acontecimientos del día.

De repente, Turner se dio cuenta de que ese matrimonio no sólo era lo correcto, sino que también era algo bueno, y que sería feliz con ella.

Silbando por dentro, se acercó hasta donde estaba ella y se colocó a su lado.

– Hola, minina.

Ella levantó la mirada y suspiró.

– Ah, eres tú.

– Espero que nadie más se dirija a ti de esa forma.

Miranda hizo una mueca cuando le vio la cara.

– Siento mucho lo de tu ojo.

– Ah, ya te he perdonado, ¿recuerdas?

Ella se tensó.

– Sí.

– Ya -murmuró él-. Me imaginaba que lo recordarías.

Ella esperó un momento, básicamente a que Turner se marchara. Luego, dirigió la mirada hacia el libro y anunció:

– Intento leer.

– Ya lo veo. Y me alegro. Me gustan las mujeres que cultivan su intelecto. -Le quitó el libro de las manos y lo giró para ver el título-. Orgullo y prejuicio. ¿Te gusta?

– Me gustaba.

Turner ignoró su indirecta mientras lo abría por la primera página y leía la primera frase.

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