Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
La respiración de Miranda se aceleró a medida que las manos de Turner iban calentando las suyas.
– Es precioso. No… No me hubiera gustado algo ostentoso.
– Ya me lo imaginé. Eres una criatura bastante elegante.
Ella se sonrojó y no dejó de juguetear con el anillo.
– Bueno, Olivia escoge todos mis vestidos.
– Bobadas. Estoy seguro de que no dejarías que eligiera algo llamativo o estridente.
Miranda lo miró. Le estaba sonriendo con amabilidad, casi con benevolencia, pero sus dedos le estaban haciendo cosas muy extrañas en las muñecas que hacían saltar chispas en su interior. Y entonces le levantó la mano y le dio un beso increíblemente delicado en la parte interior de la muñeca.
– Tengo algo más para ti -murmuró.
Ella no se atrevió a volver a mirarlo. No, si quería mantener la compostura.
– Mírame -le ordenó, con suavidad. Le colocó dos dedos debajo de la barbilla y le giró la cabeza hacia él. Metió la mano en el bolsillo y sacó una cajita de terciopelo.
– Con todas las prisas de la semana, no he tenido tiempo de darte un anillo de compromiso.
– No es necesario -respondió ella, enseguida, aunque no lo pensaba.
– Cállate, minina -dijo él, con una sonrisa-. Y acepta tu regalo de buen grado.
– Sí, señor -murmuró ella, mientras levantaba la tapa. En el interior, había un resplandeciente diamante oval flanqueado por dos pequeños zafiros-. Es precioso, Turner -suspiró-. Va a juego con tus ojos.
– Te prometo que no fue mi intención -dijo él, con la voz ronca. Cogió el anillo y se lo colocó en el dedo-. ¿Te va bien?
– Perfecto.
– ¿Seguro?
– Seguro, Turner. Yo… Gracias. Has sido muy amable. -Y antes de pensárselo dos veces, se acercó y le dio un beso en la mejilla.
Turner le tomó la cara entre las manos.
– No voy a ser un marido tan horrible, ya lo verás. -Acercó la cara a ella hasta que le dio un delicado beso en los labios. Ella se acercó a él, seducida por su calidez y el delicado murmullo de su voz-. Tan suave -susurró él, quitándole las horquillas para poder acariciarle el pelo suelto-. Tan suave, y tan dulce. Nunca soñé…
Miranda echó la cabeza hacia atrás para permitirle un mejor acceso a sus labios.
– ¿Nunca soñaste el qué?
Los labios de Turner se deslizaron por su piel.
– Que serías así. Que te desearía así. Que podía ser así.
– Yo siempre lo supe. Siempre lo supe. -Pronunció las palabras antes de valorar si era sensato decirlas, y luego decidió que no le importaba. No cuando él la estaba besando de aquella forma ni cuando respiraba de forma entrecortada, igual que ella.
– Siempre has sido muy lista, tú -murmuró él-. Debí hacerte caso hace mucho tiempo. -Empezó a aflojarle el vestido por los hombros, luego la rozó con los labios en el pecho y el fuego que provocó resultó ser demasiado para Miranda. Arqueó la espalda y cuando él deslizó los dedos hasta los botones del vestido, no opuso resistencia. A los pocos segundos, el vestido resbaló por su cuerpo y la boca de Turner localizó la cresta del pecho.
Miranda gimió ante la sorpresa y el placer.
– Oh, Turner, yo… -Suspiró-. Más.
– Una orden que estoy encantado de acatar. -Deslizó los labios hasta el otro pecho, donde repitió la misma tortura.
La besó y succionó y, mientras tanto, las manos le recorrían el cuerpo entero. Subían por la pierna, rodeaban la cintura… era como si estuviera intentando marcarla, hacerla suya para siempre.
Miranda se sentía disipada. Se sentía femenina. Y sentía una necesidad que ardía en algún lugar extraño y salvaje, en el interior de su ser.
– Te quiero -suspiró, agarrándolo por el pelo-. Quiero…
Los dedos de Turner siguieron subiendo hasta los pliegues más tiernos.
– Quiero esto.
Él se rió contra su cuello.
– A tu servicio, lady Turner.
Ni siquiera tuvo tiempo para sorprenderse ante su nuevo nombre. Le estaba haciendo algo, madre mía, ni siquiera sabía qué era, y era lo único que podía hacer para no gritar.
Y entonces, Turner se separó. Los dedos no, porque Miranda lo habría matado si lo hubiera intentado. Separó la cabeza, sólo lo suficiente para mirarla con una deliciosa sonrisa.
– Sé hacer otra cosa que también te gustará -dijo, jocoso.
Miranda separó los labios, sorprendida, cuando lo vio arrodillarse en el carruaje.
– ¿Turner? -susurró, porque estaba convencida de que no podría hacerle nada desde allí abajo. Seguro que no…
Gritó cuando él escondió la cabeza debajo de la falda.
Y luego volvió a gritar cuando lo notó, ardiente y apasionado, dejar un rastro de besos por su muslo.
Y luego ya no había ninguna duda acerca de cuáles eran sus intenciones. Los dedos, que habían hecho muy buen trabajo al excitarla, cambiaron de posición. Ahora la estaban abriendo, separándola, preparándola para…
Los labios de Turner.
Después de aquello, poco pensamiento racional. Independientemente de lo que sintiera la primera vez, y había estado muy bien, no podía compararse con esto. La boca de Turner era experta y ella estaba cautivada. Y, cuando se sacudió, lo hizo con cada centímetro de su cuerpo y con cada gota de su alma.
«Cielo santo -pensó, mientras intentaba recuperar la respiración-, ¿cómo es posible que alguien sobreviva a esto?»
De repente, la cara sonriente de Turner apareció frente a la suya.
– Tu primer regalo de boda -dijo.
– Yo… Yo…
– Un «Gracias» bastará -dijo él, descarado como siempre.
– Gracias -suspiró ella.
Turner le dio un delicado beso en la boca.
– De nada. Un placer.
Miranda lo miró mientras le arreglaba el vestido, la tapaba cuidadosamente y terminaba la tarea con una platónica palmadita en el brazo. Por lo visto, su pasión se había enfriado por completo, mientras ella todavía notaba como si una lengua de fuego la estuviera lamiendo por dentro.
– ¿Tú no…? No has…
Turner dibujó una sonrisa irónica.
– No hay nada que desee más, pero, a menos que quieras que tu noche de bodas sea en un carruaje en marcha, encontraré la forma de abstenerme.
– ¿Esto no ha sido la noche de bodas? -preguntó ella, poco convencida.
Él meneó la cabeza.
– Sólo un regalo para ti.
– Oh, -Miranda estaba intentando recordar por qué se había opuesto a ese matrimonio con tanto empeño. Una vida llena de regalos así parecía espléndida.
Agotada, notó cómo una languidez se apoderaba de su cuerpo, y se apoyó en el costado de Turner.
– ¿Volveremos a hacerlo? -farfulló, acurrucándose contra su calidez.
– Sí -murmuró él, sonriendo por dentro mientras la veía dormirse-. Te lo prometo.
Capítulo 16
Rosedale era, según los estándares aristocráticos, una casa de dimensiones modestas. Aquella construcción cálida y elegante pertenecía a los Bevelstoke desde hacía varias generaciones, y era costumbre que el hijo mayor la utilizara como casa de campo mientras no accedía al condado y a la mucho más espaciosa Haverbreaks. A Turner le encantaba Rosedale, le encantaban las sencillas paredes de piedra y los tejados almenados. Y, sobre todo, le encantaba el paisaje salvaje, únicamente domesticado por los cientos de rosas que se habían plantado sin seguir ningún patrón alrededor de la casa.
Llegaron bastante tarde, porque se habían detenido cerca de la frontera a comer algo. Miranda se había dormido hacía unas horas; ya le había advertido que el movimiento del carruaje la hacía quedarse adormilada, pero a Turner no le importaba. Le gustaba el silencio de la noche, roto únicamente por los cascos de los caballos y el viento. Le gustaba la luz de la luna que entraba por las ventanas. Y le gustaba mirar a su nueva esposa, que tenía un dormir poco elegante, porque lo hacía con la boca abierta y, para ser sincero, roncaba un poco. Pero le gustaba. No sabía por qué, pero le gustaba.