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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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– «Es una verdad universalmente reconocida -leyó en voz alta-, que un hombre soltero con una buena fortuna debe buscar una esposa.»

Miranda intentó recuperar el libro, pero él lo alejó de su alcance.

– Vaya -pensó Turner, en voz alta-. Una idea muy interesante. Yo busco esposa.

– Pues vete a Londres -le respondió ella-. Allí encontrarás muchas mujeres solteras.

– Y tengo una buena fortuna. -Se inclinó hacia delante y le sonrió-. Por si no te habías dado cuenta.

– No sabes cuánto me alegro de saber que no te vas a morir de hambre.

Él se rió.

– Venga, Miranda, ¿por qué no lo dejas ya? Sabes que no vas a ganar.

– No creo que haya demasiados curas que accedan a casar a una pareja sin el consentimiento de la mujer.

– Lo consentirás -dijo él, muy tranquilo.

– ¿Sí?

– Me quieres, ¿recuerdas?

Miranda apretó los labios.

– Eso era hace mucho tiempo.

– ¿Hace qué? ¿Dos, tres meses? No es tanto tiempo. Ya volverá.

– No si te sigues comportando de esta forma.

– Una lengua muy afilada -dijo él, con una sonrisa pícara. Y luego se inclinó hacia delante-. Si quieres saberlo, es una de las cosas que más me gustan de ti.

Miranda tuvo que flexionar los dedos para no aferrarlos a su cuello y estrangularlo.

– Creo que ya he tenido suficiente aire fresco -anunció, mientras pegaba el libro al pecho y se levantaba-. Me voy a casa.

Él se levantó de inmediato.

– En tal caso, te acompañaré, lady Turner.

Ella se volvió de golpe.

– ¿Cómo me has llamado?

– Sólo probaba el nombre -murmuró él-. Suena bastante bien, ¿no crees? Será mejor que te acostumbres lo antes posible.

Miranda meneó la cabeza y empezó a caminar hacia su casa. Intentó ir unos pasos por delante de él, pero las piernas de Turner eran mucho más largas y no le costaba seguir su paso.

– ¿Sabes una cosa, Miranda? -dijo él, con afabilidad-. Si pudieras darme un buen motivo por el que no deberíamos casarnos, te dejaría en paz.

– No me gustas.

– Eso es mentira, así que no cuenta.

Ella siguió pensando, mientras caminaba lo más rápido posible.

– No necesito tu dinero.

– Claro que no. El año pasado Olivia me dijo que tu madre te dejó un pequeño legado. Suficiente para vivir. Pero negarte a casarte con alguien porque no quieres tener más dinero me parece propio de alguien corto de miras, ¿no crees?

Ella apretó los dientes y siguió caminando. Llegaron a las escaleras de la casa de los abuelos de Miranda y ella las subió. Sin embargo, antes de que pudiera entrar, Turner la agarró por la muñeca con la fuerza suficiente como para que ella supiera que se le había agotado la paciencia.

Aunque no borró la sonrisa de su cara cuando dijo:

– ¿Lo ves? Ni un solo buen motivo.

Miranda debería estar nerviosa.

– Quizá no -dijo, muy fría-, pero tampoco los hay para hacerlo.

– ¿Tu reputación no es motivo de sobra? -preguntó él.

Ella lo miró a los ojos con cautela.

– Pero mi reputación no está en peligro.

– ¿No?

Miranda contuvo el aliento.

– No lo harías.

Él se encogió de hombros, un leve movimiento que la estremeció.

– No se me suele considerar una persona despiadada, pero no me subestimes, Miranda. Me casaré contigo.

– Pero ¿por qué quieres hacerlo? -exclamó ella. No tenía que hacerlo. Nadie lo estaba obligando. Miranda prácticamente le había ofrecido una escapatoria en bandeja de plata.

– Soy un caballero -replicó él-. Y me encargo de mis transgresiones.

– ¿Soy una transgresión? -susurró ella, porque se había quedado sin aire en los pulmones. Sólo podía susurrar.

Él se colocó delante de ella, más incómodo que nunca.

– No debí haberte seducido. Debí habérmelo pensado antes. Y, después, no debí haberte abandonado durante tantas semanas. Por eso, no tengo excusa, sólo mis defectos. Pero no ignoraré mi honor. Y te casarás conmigo.

– ¿Me quieres a mí o a tu honor? -susurró Miranda.

Él la miró como si no hubiera entendido algo importante. Y luego dijo:

– Es lo mismo.

28 de agosto de 1819

Me he casado con él.

La boda fue discreta. Ha pasado desapercibida, en realidad, porque los únicos invitados fueron los abuelos de Miranda, la mujer del cura y, a petición de Miranda, MacDownes.

A petición de Turner, se marcharon hacia su casa de Northumberland inmediatamente después de la ceremonia que, también a petición de Turner, se había celebrado a una hora extrañamente temprana para que la pareja tuviera el día por delante para viajar hasta Rosedale, la mansión de la época de la Restauración que sería el hogar del nuevo matrimonio.

Cuando Miranda se hubo despedido, Turner la ayudó a subir al carruaje y la agarró por la cintura antes de ayudarla y darle el último impulso. Lo invadió una emoción extraña y desconocida, y se quedó algo aturdido al darse cuenta de que era satisfacción.

El matrimonio con Leticia le había traído muchas cosas, pero nunca paz. Turner había acudido a la unión con una vertiginosa necesidad de deseo y emoción que rápidamente se convirtieron en desilusión y en una aplastante sensación de pérdida. Y, cuando el matrimonio terminó, sólo le quedó rabia.

Le gustaba la idea de estar casado con Miranda. Era una persona en quien se podía confiar. Nunca lo traicionaría, ni con su cuerpo ni con sus palabras. Y, a pesar de que no estaba tan obsesionado como con Leticia, la deseaba con una intensidad que todavía no se acababa de creer. Cada vez que la veía, la olía, oía su voz… la deseaba. Quería acariciarle el brazo, sentir el calor de su cuerpo. Quería rozarla, respirarla cuando se cruzaban.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a estar en la cabaña, cubriendo su cuerpo con el suyo, movido por algo muy profundo de su ser, algo primitivo y posesivo, y un poco salvaje.

Era suya. Y volvería a serlo.

Subió al carruaje detrás de ella y se sentó en el mismo banco, aunque no directamente a su lado. Lo que más quería era colocarse junto a ella y sentarla en su regazo, pero sabía que ella necesitaba un poco de tiempo.

Se pasarían muchas horas allí dentro, así que podía permitirse dejarle su espacio.

La observó durante varios minutos mientras el carruaje atravesaba las calles de Edimburgo. Agarraba con fuerza los pliegues de su vestido de boda, de color verde menta. Tenía los nudillos casi blancos, muestra de lo nerviosa que estaba. Turner alargó la mano dos veces para acariciarla, pero la retiró enseguida porque no estaba seguro de que su gesto fuera bien recibido. Sin embargo, al cabo de unos minutos más, dijo:

– Si quieres llorar, no te juzgaré.

Ella no se volvió.

– Estoy bien.

– ¿Sí?

Ella tragó saliva.

– Pues claro. Acabo de casarme, ¿no? ¿No es eso lo que toda mujer quiere?

– ¿Es lo que tú quieres?

– Ya es un poco tarde para preocuparte por eso, ¿no crees?

Él sonrió con ironía.

– No soy tan horrible, Miranda.

Ella se rió con nerviosismo.

– Claro que no. Eres lo que siempre he querido. Llevas días diciéndomelo, ¿no es verdad? Siempre te he querido.

Turner deseó que sus palabras no encerraran tanta mofa.

– Ven aquí -dijo, agarrándola por el brazo y arrastrándola hasta su lado del carruaje.

– Estoy bien aquí… Espera… ¡Oh! -Quedó pegada a su costado y rodeada por el brazo de acero de Turner.

– Así está mucho mejor, ¿no te parece?

– Ahora no puedo mirar por la ventana -dijo ella, con amargura.

– No hay nada que no hayas visto antes. -Corrió la cortina y se asomó-. A ver, árboles, hierba, una o dos casas. Todo bastante normal. -La tomó de la mano y le acarició los dedos-. ¿Te gusta el anillo? -le preguntó-. Es bastante sencillo, lo sé, pero en mi familia es tradición casarse con un aro de oro.

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