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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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Y le gustaba saberlo.

Salió del carruaje, se acercó un dedo a los labios cuando uno de los escoltas se acercó a ayudarlo, y luego alargó los brazos hacia el interior de la cabina y sacó a Miranda. Ella nunca había estado en Rosedale, a pesar de que no estaba lejos de los Lagos. Esperaba que le gustara tanto como a él. Creía que así sería. Empezaba a darse cuenta de que la conocía bien. No estaba seguro de cuándo había pasado, pero ahora podía mirar algo y pensar: «A Miranda le gustaría».

Turner había hecho una pausa aquí en su camino hacia Escocia y había dado instrucciones al personal para que tuvieran la casa lista. Y lo estaba, a pesar de que no les había dicho cuándo llegaría, con lo que nadie los estaba esperando en la puerta para conocer a la nueva vizcondesa. Turner lo prefería así; no le habría hecho ninguna gracia tener que despertar a Miranda.

Cuando entró en su habitación, vio que el fuego estaba encendido y lo agradeció. Puede que fuera agosto, pero las noches de Northumberland eran particularmente frías. Mientras dejaba a Miranda en la cama, un par de lacayos entraron su escaso equipaje. Turner le susurró al mayordomo que su esposa conocería al personal de la casa por la mañana, o quizá por la tarde, y cerró la puerta.

Miranda, que había pasado de los ronquidos a los inquietos murmullos, cambió de posición y abrazó una almohada. Turner volvió a su lado y le susurró algo al oído.

Ella pareció reconocer su voz en sueños, porque suspiró satisfecha y se volvió hacia él.

– No te duermas todavía -le murmuró él-. Antes tengo que quitarte la ropa. -Miranda estaba de lado, así que empezó a desabotonarle el vestido por la espalda-. ¿Puedes sentarte un momento, para que pueda quitarte el vestido?

Como una niña somnolienta, dejó que la sentara.

– ¿Dónde estamos? -bostezó ella, sin despertarse.

– En Rosedale. Tu nuevo hogar. -Turner le subió la falda y se la quitó por la cabeza.

– Es bonito -volvió a caer en el colchón.

Él sonrió con indulgencia y volvió a incorporarla.

– Unos segundos más. -Con un movimiento hábil, le sacó el vestido por la cabeza y la dejó con la camisola.

– Bien -murmuró Miranda, mientras intentaba meterse debajo de la colcha.

– No tan deprisa. -La sujetó por el tobillo-. En esta casa no dormimos con la ropa puesta. -La camisola fue a parar al suelo, junto al vestido. Miranda, que no se dio cuenta de que estaba desnuda, consiguió meterse debajo de la colcha, suspiró satisfecha y se durmió enseguida.

Turner se rió y meneó la cabeza mientras miraba a su mujer. ¿Se había fijado alguna vez en que tenía las pestañas tan largas? Quizá sólo era un efecto de la luz de las velas. Él también estaba cansado, así que se desvistió con movimientos rápidos y eficaces y se metió en la cama. Miranda estaba de lado, acurrucada como una niña pequeña, de modo que le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo hacia la mitad de la cama, donde podían estar en contacto. Tenía una piel increíblemente suave y le acarició el estómago. Debió de hacerle cosquillas, porque Miranda soltó un pequeño grito y se dio la vuelta.

– Todo saldrá bien -suspiró él.

Tenían afecto y atracción, y eso ya era más de lo que compartían la mayor parte de las parejas. Se inclinó para darle un delicado beso en los labios, recorriendo las comisuras con la lengua.

– Debes de ser la Bella Durmiente -murmuró-. Despertada con un beso.

– ¿Dónde estamos? -preguntó ella, somnolienta.

– En Rosedale. Ya me lo has preguntado.

– ¿Ah, sí? No me acuerdo.

Incapaz de controlarse, Turner se inclinó hacia delante y le dio otro beso.

– Miranda, eres tan dulce.

Ella suspiró, satisfecha ante su beso, aunque era obvio que le costaba mantener los ojos abiertos.

– ¿Turner?

– Dime, minina.

– Lo siento.

– ¿El qué?

– Lo siento. Pero es que no puedo… es que estoy muy cansada -bostezó-. No puedo cumplir con mi deber.

Él sonrió con picardía y la abrazó.

– Shhh -suspiró, mientras inclinaba la cabeza y le daba un beso en la sien-. No lo veas como un deber. Es demasiado espléndido para eso. Y no soy tan insensible como para forzar a una mujer agotada. Tenemos todo el tiempo del mundo. No te preocupes.

Pero Miranda ya estaba dormida.

Acercó la boca a su pelo.

– Tenemos toda la vida.

Miranda se despertó primero por la mañana y bostezó ampliamente mientras abría los ojos. La luz del día entraba por el borde de las cortinas, pero decidió que su cama era cálida y agradable por otro motivo ajeno al sol. En algún momento de la noche, Turner le había rodeado la cintura con el brazo y ahora estaba acurrucada contra él. Señor, ese hombre irradiaba calor.

Se separó un poco para verlo mejor mientras dormía. Su rostro siempre tenía un aire juvenil, pero, dormido, el efecto era exagerado. Parecía un ángel, sin rastro del cinismo que a veces se apoderaba de sus ojos.

– Tenemos que agradecérselo a Leticia -murmuró Miranda mientras le acariciaba la mejilla.

Turner se movió y balbuceó algo en sueños.

– Todavía no, amor mío -susurró ella, que se atrevía a utilizar palabras cariñosas cuando sabía que él no la oía-. Me gusta verte dormir.

Turner siguió durmiendo y ella lo escuchó respirar.

Estaba en el cielo.

Al final, Turner se estiró y se desperezó antes de abrir los ojos. Y allí lo tenía, mirándola con los ojos dormidos y sonriendo.

– Buenos días -dijo, adormilado.

– Buenos días.

Bostezó.

– ¿Llevas mucho tiempo despierta?

– Un poco.

– ¿Tienes hambre? Puedo pedir que nos suban el desayuno.

Ella meneó la cabeza.

Turner bostezó otra vez y le sonrió.

– Estás sonrosada por la mañana.

– ¿Sonrosada? -No pudo evitar sentirse intrigada.

– Sí. Tu piel… resplandece.

– No es verdad.

– Sí que lo es. Confía en mí.

– Mi madre siempre me dijo que desconfiara de los hombres que dicen «Confía en mí».

– Ya, bueno, pero tu madre nunca me conoció demasiado bien -dijo, en tono desenfadado. Le acarició los labios con el dedo índice-. Éstos también están sonrosados.

– ¿Sí? -suspiró ella.

– Sí. Muy sonrosados. Aunque creo que no tanto como otras partes de tu cuerpo.

Miranda se sonrojó.

– Como éstos, por ejemplo -murmuró mientras le acariciaba los pezones con la palma de la mano. Subió la mano hasta la cara y le rozó la mejilla-. Anoche estabas muy cansada.

– Sí.

– Demasiado para atender algunos asuntos importantes.

Miranda tragó saliva, nerviosa, e intentó no gemir mientras él deslizaba la mano hasta su espalda.

– Creo que ya va siendo hora de que consumemos este matrimonio -murmuró él, con la boca pegada a la oreja de la chica. Y entonces la pegó a él y Miranda descubrió el poco tiempo que quería perder para ocuparse de eso.

Ella le lanzó una amplia sonrisa cargada de reprobación humorística.

– Ya nos encargamos de eso hace tiempo. Fue un poco prematuro, si te acuerdas.

– Eso no cuenta -respondió él, alegremente, ignorando su comentario-. No estábamos casados.

– Si no contara, no estaríamos casados.

Turner recibió su comentario con una pícara sonrisa.

– Bueno, supongo que tienes razón. Pero, al final, todo ha salido bien. No creo que puedas enfadarte conmigo por ser tan tremendamente viril.

Puede que Miranda fuera bastante inocente, pero sabía lo suficiente como para poner los ojos en blanco. Sin embargo, no pudo hacer ningún comentario, porque la mano de Turner se deslizó hasta su pecho y le estaba haciendo algo en el pezón que ella juraría que estaba notando en la entrepierna.

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