Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
– ¿Qué te pasa, cariño?
Se lo susurró contra la piel y una parte de Miranda quería derretirse junto a él. Pero no iba a seducirla. Esta vez, no. Antes de cambiar de opinión, apoyó las palmas de las manos en su pecho y lo separó.
– No intentes hacerme esto -le advirtió.
– ¿Hacerte el qué? -Su cara era la imagen perfecta de la inocencia.
Si Miranda hubiera tenido un jarrón en las manos, se lo habría lanzado a la cara. No, mejor todavía, medio bollo.
– Seducirme hasta que acceda a tu voluntad.
– ¿Por qué no?
– ¿Por qué no? -repitió ella, incrédula-. ¿Por qué no? Porque yo… Porque tú…
– ¿Porque qué? -Se estaba riendo.
– Porque… ¡Ah! -Apretó los puños y golpeó el suelo con un pie. Cosa que la enfureció todavía más. Verse reducida a eso… Era humillante.
– Venga, venga, Miranda.
– No me digas «Venga, venga», despótico, condescendiente…
– Entiendo que estés enfadada conmigo.
Ella entrecerró los ojos.
– Siempre fuiste un chico listo, Turner.
Él ignoró la nota de sarcasmo.
– Bueno, pues ahí va. Lo siento. Nunca pretendí quedarme tanto tiempo en Kent. No sé por qué lo hice, pero así fue, y lo siento. Se suponía que tenía que ser una visita de dos días.
– ¿Una visita de dos días que se ha alargado casi dos meses? -se mofó ella-. Discúlpame si me cuesta creerlo.
– No he estado en Kent los dos meses enteros. Cuando regresé a Londres, mi madre me dijo que estabas cuidando de un familiar enfermo. Y no supe la verdad hasta que Olivia regresó.
– Me da igual el tiempo que estuvieras en… ¡donde quiera que estuvieras! -gritó ella, mientras se cruzaba de brazos-. No deberías haberme abandonado de esa manera. Puedo entender que necesitaras tiempo para pensar, porque sé que nunca quisiste casarte conmigo, pero, por el amor de Dios, Turner, ¿necesitabas siete semanas? ¡No puedes tratar así a una mujer! Es cruel, inadmisible y… ¡poco digno de un caballero!
¿Aquello era lo peor que se le ocurría? Turner contuvo las ganas de reír. La cosa no pintaba tan mal como él creía.
– Tienes razón -dijo, muy despacio.
– Además… ¿Qué? -Ella parpadeó.
– Que tienes razón.
– ¿Sí?
– ¿No quieres tener razón?
Miranda abrió la boca, la cerró y luego dijo:
– Deja de intentar confundirme.
– Yo no hago nada. Por si no te has dado cuenta, te he dado la razón. -Le ofreció su sonrisa más maravillosa-. ¿Disculpas aceptadas?
Miranda suspiró. Debería ser ilegal que un hombre fuera tan encantador.
– De acuerdo, sí. Disculpas aceptadas. Pero -añadió, con recelo-, ¿qué has estado haciendo en Kent?
– Básicamente, emborracharme.
– ¿Y nada más?
– También he cazado.
– ¿Y?
– E hice lo que pude para mantener a Winston lejos de los problemas cuando vino de Oxford. Esa tarea me entretuvo quince días más, por si quieres saberlo.
– ¿Y?
– ¿Estás intentando preguntarme si había mujeres?
Ella apartó la mirada.
– Quizá.
– Las había.
Miranda intentó tragarse el enorme nudo que, de repente, se le formó en la garganta mientras se apartaba para dejarle el camino libre hasta la puerta.
– Creo que deberías marcharte -dijo, muy despacio.
Él la agarró por los brazos y la obligó a mirarlo.
– No he tocado a ninguna, Miranda. A ninguna.
La intensidad de su voz bastaba para que ella quisiera echarse a llorar.
– ¿Por qué no? -susurró.
– Sabía que iba a casarme contigo. Y sé lo que se siente cuando te traicionan. -Se aclaró la garganta-. Y nunca te haría eso.
– ¿Por qué no? -Prácticamente lo susurró.
– Porque me preocupo por tus sentimientos. Y porque te aprecio mucho.
Ella se separó de él y se fue hasta la ventana. Era tarde, pero durante los veranos escoceses el día se alargaba mucho. El sol todavía estaba alto y la gente iba y venía por la calle, haciendo sus recados como si no tuvieran ninguna preocupación. Miranda quería ser una de ellos, quería alejarse de los problemas calle abajo y no volver jamás.
Turner quería casarse con ella. Le había sido fiel. Debería estar dando saltos de alegría. Sin embargo, no podía olvidarse de la sensación de que lo estaba haciendo por obligación, no por amor o cariño hacia ella. Bueno, deseo sí que había. Estaba claro que la deseaba.
Una lágrima le resbaló por la mejilla. No bastaba. Si ella no lo quisiera tanto, quizá sí, pero aquello… Estaba demasiado desequilibrado. La destrozaría muy despacio hasta que sólo quedara una triste y solitaria cáscara.
– Turner… Te agradezco que hayas venido hasta aquí para verme. Sé que ha sido un viaje muy largo. Y ha sido muy… -buscó la palabra correcta-, honorable por tu parte haberte mantenido alejado de todas esas mujeres en Kent. Estoy segura de que eran muy guapas.
– Ni la mitad que tú -susurró él.
Ella tragó saliva de forma compulsiva. Aquello se complicaba cada vez más. Se agarró al alféizar de la ventana.
– No puedo casarme contigo.
Silencio sepulcral. Miranda no se volvió. No veía a Turner, pero notaba la rabia que emanaba de su cuerpo. «Por favor, por favor, márchate del salón -suplicó en silencio-. No te acerques. Y por favor, por favor, no me toques.»
Sus plegarias quedaron sin respuesta y él la agarró con fuerza por los hombros y la obligó a mirarlo.
– ¿Qué has dicho?
– He dicho que no puedo casarme contigo -respondió ella, temblorosa. Deslizó la mirada hasta el suelo. Los ojos azules de Turner la estaban atravesando.
– ¡Mírame, maldita sea! ¿En qué estás pensando? Tienes que casarte conmigo.
Ella meneó la cabeza.
– Serás estúpida.
Miranda no sabía cómo responder a eso, así que no dijo nada.
– ¿Acaso te has olvidado de esto? -La pegó a él y le dio un beso-. ¿Lo has olvidado?
– No.
– Entonces, ¿te has olvidado de que me dijiste que me querías? -preguntó él.
Miranda quería morirse allí mismo.
– No.
– Eso debería contar para algo -le dijo él, sacudiéndola hasta que se le soltaron unos mechones de pelo-. ¿No crees?
– ¿Y alguna vez me has dicho que me quieres? -replicó ella.
Él se la quedó mirando en silencio.
– ¿Me quieres? -Estaba sonrojada de la rabia y la vergüenza-. Responde.
Turner tragó saliva porque, de repente, tenía la sensación de que se estaba ahogando. Parecía que el salón era más pequeño y no podía decir nada, no podía vocalizar las palabras que ella quería oír.
– Ya veo -dijo ella, en voz baja.
Un músculo del cuello de Turner tembló de forma espasmódica. ¿Por qué no podía decirlo? No estaba seguro de si la quería, pero tampoco estaba seguro de no quererla. Pero lo que no quería por nada del mundo era hacerle daño. Entonces, ¿por qué no podía decir esas dos palabras que tan feliz la harían?
Le había dicho a Leticia que la quería.
– Miranda -dijo, titubeante-. Te…
– ¡No lo digas si no es verdad! -exclamó ella, con la voz ahogada.
Turner giró sobre sí mismo y cruzó la habitación hasta donde había visto un decantador de brandy. Debajo, había una botella de whisky y, sin pedir permiso, se sirvió un vaso. Se lo bebió de golpe, aunque ni siquiera eso consiguió que se sintiera mejor.
– Miranda -dijo, deseando que su voz fuera más firme-. No soy perfecto.
– ¡Se suponía que tenías que serlo! -gritó ella-. ¿Sabes lo maravilloso que eras conmigo cuando era pequeña? Y ni siquiera te esforzabas en serlo. Sólo eras… tú mismo. Y me hacías sentir que no era tan rara. Y, de repente, cambiaste, pero creí que podría volver a cambiarte. Y lo he intentado, vaya si lo he intentado, pero no es suficiente. Yo no soy suficiente.