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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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La religiosa se volvió lentamente, entró de nuevo en su despacho y cerró la puerta sin mirar atrás. Gabriella no podía creerlo. Era como si le hubiesen cerrado la puerta de su corazón, pero nunca llegaría a saber que la madre Gregoria lloraba ahora en silencio con la cara hundida entre las manos.

Respetando el voto de silencio, siguió a la hermana hasta el cuarto de hábitos. La joven monja le señaló los dos vestidos que le habían asignado. Uno era de poliéster, con un vulgar estampado de flores azules y le iba demasiado grande, sobre todo después de la última semana. El otro, negro, era más vulgar aún. Con todo, le sentaba mejor que el primero y el negro encajaba con sus circunstancias. Vestía de luto por Joe, y cambió un vestido negro por otro, y lentamente se quitó la toca mientras recordaba las veces que lo había hecho para él, en el coche para ir a pasear al parque o en aquel apartamento. Ése era el precio que ahora tenía que pagar. Había perdido para siempre la toca y todo lo que ésta representaba, así como a la gente relacionada con ella.

Gabriella y la joven monja se miraron y sin decir palabra, se abrazaron mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Era un día triste para ambas, y la hermana sabía que nunca podría contar a nadie la tristeza y el dolor que había visto en los ojos de Gabriella. Era una lección para todas. Gabriella había sido arrojada al mundo sin nada y sin nadie que la ayudara.

Guardó el dinero, el diario y el vestido floreado en la maleta y siguió a la monja que durante doce años había sido su hermana.

Llegaron al portal demasiado pronto. Gabriella se detuvo y la monja de recepción abrió la puerta lentamente. Las tres permanecieron quietas durante unos instantes. Luego la monja mayor señaló la puerta con a cabeza y Gabriella cruzó el umbral. Esta vez era muy diferente de cuando salía para encontrarse con Joe. Éste era un paso hacia la oscuridad. Envuelta por un sol fulgurante, se volvió hacia sus hermanas y cuando sus miradas se encontraron la monja mayor cerró la puerta y desapareció para siempre.

15.-

Gabriella contempló la puerta del convento. No sabía adónde ir ni qué hacer. Sólo podía pensar en lo que había perdido en los últimos cuatro días: un hombre, una vida, y un bebé. Era tal la magnitud de la pérdida que la cabeza le daba vueltas.

Cogió la maleta y echó a andar. Tenía que encontrar una habitación y un trabajo, pero ignoraba dónde o cómo. Y mientras veía pasar los autobuses, se acordó de sus compañeras de universidad. Algunas vivían en casas de huéspedes o en pensiones y la mayoría en Upper West Side, pero nunca se había fijado demasiado.

Paralizada aún, subió a un autobús con destino a la parte alta. Entonces pensó en la posibilidad de ir a Boston para buscar a su padre. Bajó en la Ochenta y seis con la Tercera, entró en una cabina telefónica y llamó a la oficina de información de Boston. No tenían en sus listas a nadie llamado John Harrison y Gabriella no sabía dónde trabajaba, ni siquiera si estaba vivo o si querría verla. Hacía trece años que no se veían. Gabriella tenía veintidós y estaba empezando una nueva vida, como una recién nacida. Al salir de la cabina sintió un fuerte mareo y recordó que no había comido nada desde el desayuno. Pero tampoco tenía hambre.

La gente pasaba por su lado con mucha prisa y se veían muchas madres empujando los cochecitos de sus niños. Todo el mundo parecía tener un destino, todos menos Gabriella. Se sentía como una piedra en un río, rozada por la corriente y lo que ésta arrastraba a su paso. Finalmente entró en una cafetería y mientras se sentaba sólo pudo pensar en las últimas palabras de la madre Gregoria. No entendía por qué todo el mundo le decía que era fuerte. Aquello era un mal presagio, el indicio de que la gente que amaba iba a abandonarla. Intentaban prepararla para que fuera fuerte porque tendría que serlo sin ellos.

Pidió un té y cogió un periódico abandonado. Tenía que encontrar alojamiento, así que recorrió la lista de hoteles y casas de huéspedes y observó que había una no muy lejos, en la calle Ochenta y ocho, cerca del East River. No conocía el barrio, pero por algún lugar tenía que empezar. No obstante, dudaba que sin trabajo pudiera pagarlo.

Cuando salió a la calle, se sentía muerta por dentro y el té apenas la había reconfortado. Llevaba varios días helada a causa de la sangre que había perdido. Estaba muy pálida y el cuerpo le dolía mientras recorría las largas manzanas en dirección al East River, preguntándose cuánto le costaría una habitación. No podía sobrevivir mucho tiempo con quinientos dólares, o por lo menos eso creía. Nunca había tenido que preocuparse por cubrir sus necesidades. Ignoraba el precio de las cosas, de la comida, los restaurantes, las habitaciones y la ropa. No tenía ni idea de cómo manejar su propia economía, pero agradecía el dinero que le había dado la madre Gregoria. Sin él su situación habría sido más desesperada.

Pasó por delante la primera vez sin reparar en el letrero. Era una vieja casa de piedra roja con la fachada desconchada, y el rótulo, colocado en una ventana polvorienta, únicamente rezaba: SE ALQUILAN HABITACIONES. No era un lugar muy acogedor. Y al abrir la puerta, Gabriella desembocó en un vestíbulo limpio pero destartalado y con un fuerte olor a comida, muy distinto del orden austero e inmaculado del convento de San Mateo.

– ¿Sí? -una mujer de acento fuerte asomó la cabeza al oscuro vestíbulo. Había visto entrar a Gabriella desde la ventana de su habitación-. ¿Qué quiere?

– ¿Tiene… tiene una habitación libre? He visto el letrero… y el anuncio en el periódico.

– Puede.

Gabriella dedujo que la mujer era checoslovaca o polaca. Todavía recordaba los acentos de la personas que acudían a las fiestas de sus padres, aunque era mujer no tenía nada que ver con ellas. Examinó a Gabriella de arriba abajo. No quería drogadictos ni prostitutas en su casa, y Gabriella aparentaba menos edad de la que tenía. La mujer tampoco quería fugitivos ni problemas con la policía. Ella regentaba una casa respetable y prefería gente mayor. Cobraban su pensión y pagaban su alquiler puntualmente, no eran escandalosos ni daban demasiado trabajo a menos que enfermaran o fallecieran. Tampoco quería que sus huéspedes cocinaran en las habitaciones y los jóvenes siempre hacían cosas que no debían, como fumar, comer, beber, cocinar, invitar a amigos y armar jaleo. Jamás cumplían las normas ni tenían un trabajo decente. No quería quebraderos de cabeza.

– ¿Tiene trabajo? -preguntó.

– No, todavía no… -se disculpó Gabriella-. Estoy buscando.

– En ese caso, vuelva cuando lo tenga -no se trataba de una niña rica con una mensualidad fija o unos padres en Park AVenue dispuestos a pagarle el alquiler. Aunque claro, de haberlo sido no estaría allí-. ¿De dónde es?

Gabriella se dio cuenta de que la casera desconfiaba de ella. Vaciló un instante, preguntándose cómo explicar el hecho de que no tuviera trabajo ni un lugar donde vivir. Parecía recién salida de la cárcel, y el horrible vestido que llevaba no contribuía a mejorar su imagen.

– Soy de Boston -dijo al fin, pensando en el padre que no había logrado localizar-. Acabo de mudarme.

La mujer asintió. Era una historia verosímil.

– ¿Qué clase de trabajo busca?

– Lo que sea -reconoció Gabriella-. Empezaré a buscar mañana mismo.

– Hay algunos restaurantes alemanes en la calle Ochenta y seis y muchos más en la Segunda Avenida. Quizá encuentre algo allí.

La mujer se compadeció de ella. Parecía cansada y enferma, pero no tenía pinta de drogadicta. Su aspecto era muy aseado y correcto. La señora Boslicki finalmente cedió.

– Tengo una habitación pequeña en el ático. Puede verla si quiera. No es nada del otro mundo y ha de compartir el curto de baño con otras tres inquilinas.

– ¿Cuánto cuesta?

– Trescientos al mes sin comida. Y no puede cocinar en el curto. Nada de platos, fogones ni cacharros. Tendrá que cenar fuera o traerse una pizza.

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