En el otro viento [The Other Wind - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Серия: Terramar #6
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7473-3
- Переводчик: Franca Borsani
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
En la litera que estaba debajo de la suya, Seppel soñaba que estaba en su propia casa en Ferao, en Paln, leyendo un antiguo libro de saber popular de la Época Oscura, contento con su trabajo; pero era interrumpido. Alguien quería verle. «Será tan sólo un minuto», se decía, e iba a hablar con quien le llamaba. Era una mujer; sus cabellos eran oscuros con un destello rojizo, su rostro era hermoso y estaba lleno de preocupaciones. —Tienes que enviármelo a míle decía—. Me lo enviarás, ¿verdad?
Y él pensaba: «No sé a quién se refiere, pero tengo que simular que sí lo sé», y entonces le respondía: —Eso no será fácil, ¿lo sabes, verdad? —En ese momento la mujer llevó su mano hacia atrás y él vio que llevaba una piedra en ella, una piedra pesada. Asustado, pensó que tendría intenciones de arrojársela o de golpearle con ella, y alejándose de ella, despertó en la oscuridad del camarote. Permaneció allí recostado, escuchando la respiración de los demás durmientes y el susurro del mar junto a los flancos del barco.
En su litera del otro lado del pequeño camarote, Ónix yacía sobre sus espaldas con la mirada fija y perdida en la oscuridad; pensaba que sus ojos estaban abiertos, pensaba que estaba despierto, pero pensaba que muchas finas y pequeñas cuerdas habían sido atadas alrededor de sus brazos y de sus piernas y de sus manos y de su cabeza, y que todas esas cuerdas se perdían en la oscuridad, sobre la tierra y el mar, sobre la curva del mundo: y las cuerdas tiraban de él, lo arrastraban, de manera que él y el barco en el que se encontraba y todos sus pasajeros estaban siendo atraídos suavemente, suavemente hasta el lugar en el que el mar se secaba, en donde el barco se encallaría silenciosamente sobre arenas invisibles. Pero él no podía hablar ni hacer nada, porque las cuerdas lo ataban y no le dejaban abrir la mandíbula, ni los párpados.
Lebannen había bajado al camarote para dormir un rato, ya que quería estar fresco al amanecer, cuando probablemente divisaran la Isla de Roke desde el barco. Se durmió rápida y profundamente, y sus sueños pasaban velozmente y cambiaban: una alta colina verde sobre el mar, una mujer que sonreía y, levantando su mano, le demostraba que podía hacer salir el sol, un demandante en su corte de justicia en Havnor por quien supo, para su horror y vergüenza, que la mitad de la gente del Reino se estaba muriendo de hambre en habitaciones cerradas con llave debajo de las casas, un niño que le gritaba: «¡Ven a mí!», pero él no podía encontrarlo. Mientras dormía, su mano derecha sujetaba la roca en la pequeña bolsa de amuleto que llevaba colgada del cuello, y la apretaba con fuerza.
En el camarote de cubierta sobre aquellos soñadores, soñaban las mujeres. Seserakh subía caminando las montañas, las hermosas y queridas montañas desiertas de su tierra. Pero caminaba por el camino prohibido, el camino del dragón. Los pies humanos no deben caminar por ese camino, ni siquiera deben atravesarlo. Sentía la tierra de aquel camino suave y cálida debajo de las plantas de sus pies desnudos, y aunque sabía que no debía caminar por allí, seguía haciéndolo, hasta que miraba hacia arriba y veía que las montañas no eran las que ella conocía, sino que eran negras, unos precipicios dentados a los que nunca podría subir. Pero tenía que hacerlo, tenía que subir a ellos.
Irian volaba jubilosa en el viento de tormenta, pero la tormenta enviaba lazos de relámpagos sobre sus alas, tirándola cada vez más y más hacia abajo, hasta las nubes, y mientras era empujada cada vez más y más cerca vio que no eran nubes sino rocas negras, una cordillera de montañas negras y dentadas. Se daba cuenta de que llevaba las alas atadas a los costados con cuerdas de relámpagos, y entonces se caía.
Tehanu se arrastraba a través de un túnel en las profundidades de la tierra. No había aire suficiente para respirar, y el túnel se hacía cada vez más estrecho a medida que ella iba avanzando. No podía volver atrás. Pero las brillantes raíces de los árboles, creciendo hacia abajo a través de la tierra dentro de aquel túnel, le ofrecían a veces asimientos con los que podía ayudarse para avanzar en la oscuridad.
Tenar subía los escalones del Trono de la Sin Nombre en el Lugar Sagrado de Atuan. Ella era muy pequeña y los escalones eran muy altos, de modo que sólo podía subirlos haciendo mucho esfuerzo. Pero cuando llegaba al cuarto escalón no se detenía y se daba media vuelta, tal como la sacerdotisa le había dicho que tenía que hacer. Seguía adelante. Subía el siguiente escalón, y el siguiente, y el siguiente, pisando sobre una capa de polvo tan gruesa que había ocultado los escalones, y con los pies debía ir tanteando para pisar allí donde ningún otro pie se había posado. Iba de prisa, porque detrás del trono vacío Ged había dejado o perdido algo, algo de suma importancia para una miríada de personas, y ella tenía que encontrarlo. Sólo que no sabía lo que era. «Una piedra, una piedra», se decía a sí misma. Pero detrás del trono, cuando por fin lograba llegar hasta allí, no había nada más que polvo, excremento de lechuzas y polvo.
En el nicho de la casa del Viejo Mago, en el Vertedero de Gont, Ged soñaba que era Archimago. Estaba hablando con su amigo Thorion mientras caminaban por el corredor de las runas hacia el salón de reunión de los Maestros de la Escuela. «No tuve ninguna clase de poder, le decía honestamente a Thorion, durante años y años.» El Invocador sonreía y le decía: «Eso fue simplemente un sueño, ¿sabes?». Pero Ged estaba preocupado por las largas alas negras que iba arrastrando tras de sí a través del corredor; se encogía de hombros, intentando levantar las alas, pero éstas se arrastraban por el suelo como bolsas vacías. «¿Tú tienes alas?», le preguntaba a Thorion. «Oh, sí», le respondía con gran satisfacción, mostrándole cómo sus alas estaban bien atadas a su espalda y a sus piernas con muchas finas y pequeñas cuerdas. «Tengo un buen yugo.»
Entre los árboles del Bosquecillo Inmanente en la Isla de Roke, Azver, el Maestro de las Formas, dormía como solía hacerlo en verano, en un claro abierto cerca del extremo oriental del bosque, desde donde podía mirar hacia arriba y ver las estrellas a través de las hojas. Allí, su sueño era claro, transparente, su mente se movía de pensamientos a sueños, de sueños a pensamientos, guiada por los movimientos de las estrellas y de las hojas a medida que cambiaban de lugar en su baile. Pero esa noche no había estrellas, y las hojas pendían inmóviles. Miró hacia arriba al cielo sin luz y vio a través de las nubes. En lo alto de aquel cielo negro había estrellas: pequeñas, brillantes e inmóviles. No se desplazaban. Sabía que no habría amanecer. Entonces se incorporó, despierto, mirando fijamente la tenue v suave luz que siempre se filtraba entre los árboles del bosque. Su corazón latía lentamente y con fuerza.
En la Casa Grande, los jóvenes, durmiendo, daban vueltas en las camas y gritaban, soñando que debían ir a luchar contra un ejército en una llanura de polvo, pero los guerreros contra los que tenían que luchar eran hombres viejos, mujeres viejas, gente débil, enferma, niños que lloraban.
Los Maestros de Roke soñaban que había un barco navegando hacia ellos sobre el mar, un barco con una carga muy pesada, que avanzaba lentamente por el agua. Uno soñaba que el cargamento del barco eran rocas negras. Otro soñaba que llevaba fuego ardiente. Otro soñaba que su cargamento eran sueños.
Los siete maestros que dormían en la Casa Grande se despertaron, primero uno y después otro, cada uno en su celda de piedra, crearon una pequeña esfera de luz azulada, y se levantaron. Encontraron al Portero ya preparado y esperando en la puerta. —Vendrá el Rey —dijo con una sonrisa—, al amanecer.
—El Collado de Roke —dijo Tosía, mirando fijamente la lejana, imprecisa e inmóvil onda al sudoeste, sobre las olas iluminadas a media luz. Lebannen, de pie junto a él, no dijo nada. La cubierta de nubes se había dispersado, y el cielo arqueaba su bóveda pura e incolora sobre el gran círculo de las aguas.