En el otro viento [The Other Wind - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Серия: Terramar #6
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7473-3
- Переводчик: Franca Borsani
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
El capitán del barco se unió a ellos. —Un buen amanecer —dijo, susurrando en el silencio.
El Levante se teñía lentamente de amarillo. Lebannen miró hacia la popa. Dos de las mujeres ya se habían levantado, estaban de pie junto a la barandilla, justo fuera de su camarote; mujeres altas, descalzas, silenciosas, mirando fijamente hacia el Este.
La cima de la redonda colina verde fue la primera en atrapar los rayos del sol. Ya era pleno día cuando entraron navegando entre los promontorios de la Bahía de Zuil. Todos los pasajeros del barco estaban en la cubierta, observando. Pero hablaban muy poco y en voz muy baja.
El viento fue amainando al entrar en el puerto. Todo estaba tan tranquilo que el agua reflejaba la pequeña ciudad que se erguía sobre la bahía y los muros de la Casa Grande que se elevaba sobre la ciudad. El barco se deslizaba avanzando cada vez más y más lentamente.
Lebannen miró al capitán del barco y a Ónix. El capitán asintió con la cabeza. El mago levantó las manos y las separó lentamente iniciando un sortilegio y murmurando una palabra.
El barco siguió deslizándose suavemente, sin aminorar la velocidad, hasta que se detuvo junto a la más extensa de las dársenas. Entonces habló el capitán, y la gran vela fue plegada mientras los hombres a bordo les arrojaban las cuerdas a los hombres que estaban en el muelle, gritando, y el silencio se rompió.
Había gente en el muelle que les daba la bienvenida, gente de la ciudad que se había reunido allí, y un grupo de jóvenes de la Escuela. Entre ellos había un hombre grande, de pecho amplio y piel oscura, que llevaba una vara pesada que competía con su propia estatura. —Bienvenido a Roke, Rey de las Tierras del Poniente —dijo, acercándose a medida que la pasarela se desplegaba y se aseguraba—. Y bienvenida sea toda vuestra compañía.
Los jóvenes que estaban con él y toda la gente de la ciudad les aclamaban y saludaban al Rey, y Lebannen les respondía alegremente mientras bajaba de la pasarela. Saludó al Maestro de Invocaciones, y hablaron un rato.
Los que observaban pudieron ver que, a pesar de las palabras de bienvenida, la mirada de ceño fruncido del Maestro de Invocaciones se dirigía una y otra vez hacia el barco, hacia las mujeres que estaban de pie junto a la barandilla, y pudieron ver también que sus respuestas no satisfacían al Rey.
Cuando Lebannen se alejó de él y regresó al barco, Irian se acercó para encontrarse con él. —Señor Rey —dijo—, puedes decirles a los Maestros que yo no quiero entrar en su casa… esta vez. No entraría en ella ni aunque me lo pidieran.
El rostro de Lebannen delataba una tremenda severidad. —Es el Maestro de las Formas quien te pide que acudas a él, al Bosquecillo —dijo.
Y al escuchar aquello, Irian rió, radiante. —Sabía que lo haría —dijo—. Y Tehanu vendrá conmigo.
—Y mi madre —susurró Tehanu.
El rey miró a Tenar; ella asintió con la cabeza.
—Que así sea, entonces —dijo él—. Y el resto de nosotros se alojará en la Casa Grande, a menos que cualquiera de nosotros prefiera otro lugar.
—Con tu permiso, señor mío —dijo Seppel—, yo también solicitaré la hospitalidad del Maestro de las Formas en el Bosquecillo.
—Seppel, eso no será necesario —dijo Ónix severamente—. Ven conmigo a mi casa.
El mago de Paln hizo un pequeño gesto apaciguador. —No es una crítica hacia tus amigos, amigo mío —dijo—. Pero toda mi vida he deseado caminar por el Bosquecillo Inmanente. Y me sentiría más cómodo allí.
—Puede que las puertas de la Casa Grande estén cerradas para mí, tal como lo estuvieron antes —dijo Aliso, inseguro; y ahora el rostro cetrino de Ónix estaba rojo de vergüenza.
La cabeza de la princesa, cubierta por un velo se había vuelto hacia uno y otro rostro mientras escuchaba atentamente, intentando comprender lo que se decía. En ese momento habló: —Por favor, mi Señor Rey, ¿poder estar con mi amiga Tenar? ¿Mi amiga Tehanu? ¿Y con Irian? ¿Y poder hablar con ese kargo?
Lebannen los miró a todos, volvió a lanzarle una mirada al Maestro de Invocaciones que estaba de pie, enorme al pie de la pasarela, y se rió. Habló desde la barandilla, con su voz clara y afable: —Mi gente ha estado encerrada en los camarotes del barco, Maestro de Invocaciones, y parece ser que desean sentir la hierba bajo sus pies y las hojas sobre sus cabezas. Si le rogamos todos al Maestro de las Formas que nos acoja, y si él accede, ¿podríais perdonarnos vosotros nuestro aparente desaire para con la hospitalidad de la Casa Grande al menos durante un tiempo?
Después de una pausa, el Invocador hizo una reverencia con la espalda rígida.
Un hombre corpulento y de baja estatura se había acercado a él en el muelle, y estaba mirando hacia arriba sonriendo a Lebannen. Levantó su vara de madera plateada.
—Su Majestad —dijo—, una vez te conduje por la Casa Grande, hace ya mucho tiempo, y te dije mentiras acerca de todo.
—¡Gamble! —exclamó Lebannen. Se encontraron a medio camino sobre la pasarela y se abrazaron y, hablando, bajaron hasta el muelle.
Ónix fue el primero en seguirlos; saludó al Invocador muy seriamente y con ceremonia, luego se dirigió al hombre llamado Gamble. —¿Tú eres Maestro de los Vientos ahora? —preguntó, y cuando Gamble se rió y dijo que sí, también lo abrazó a él, diciendo—: ¡Un Maestro hecho y derecho! —Apartando un poco a Gamble, habló con él, con entusiasmo y el ceño fruncido.
Lebannen levantó la vista y miró hacia el barco para indicarles a los demás que desembarcaran, y a medida que lo iban haciendo, uno por uno, él los presentaba a los dos Maestros de Roke, Brand el Invocador y Gamble el Maestro de los Vientos.
En muchas islas del Archipiélago la gente no juntaba las palmas de las manos en señal de saludo, como era costumbre en Enlad, sino que simplemente inclinaban la cabeza o ponían sus dos palmas abiertas delante del corazón, como haciendo una ofrenda. Cuando Irían y el Invocador se encontraron cara a cara, ninguno de los dos se saludó ni con la cabeza ni con un gesto. Se quedaron los dos inmóviles, con las manos a los costados.
La princesa hizo su profunda reverencia con la espalda muy recta. Tenar hizo el gesto convencional, y el Invocador le devolvió el mismo saludo.
—La Mujer de Gont, la hija del Archimago, Tehanu —dijo Lebannen. Tehanu inclinó la cabeza e hizo el gesto convencional. Pero el Maestro de Invocaciones la miró fijamente, ahogó un grito, y dio un paso hacia atrás, como si hubiera sido golpeado.
—Señorita Tehanu —dijo Gamble rápidamente, adelantándose entre ella y el Invocador—, te damos la bienvenida a Roke. Por el bien de tu padre, y el de tu madre, y por el tuyo. Espero que el viaje haya sido agradable.
Ella lo miró confundida, y se agachó, para esconder su rostro, más que para hacer una reverencia; pero logró susurrar alguna respuesta.
Lebannen, con el rostro como una máscara de bronce de tranquila compostura, dijo: —Sí, fue un buen viaje, Gamble, aunque el final todavía está en duda. ¿Caminamos ahora por la ciudad, Tenar, Tehanu, Princesa, Orm Irían? —Miró a cada una de ellas al hablarles, diciendo el último nombre con particular claridad.
Se puso en camino con Tenar, y los demás los siguieron. Mientras Seserakh bajaba por la pasarela, apartó con resolución los velos rojos de su rostro.
Gamble caminaba con Ónix, Aliso con Seppel. Tosía se quedó en el barco. El último en abandonar el muelle fue Brand el Invocador, caminando solo y con pesadez.
Tenar le había preguntado a Ged más de una vez acerca del Bosquecillo, deseando que él se lo describiese. —Parece un bosque de árboles común y corriente cuando lo ves por primera vez. No muy grande. Los campos suben directamente hacia él en el norte y en el este, y hay colinas hacia el sur y normalmente en el oeste… No parece gran cosa, pero llama tu atención. Y a veces, desde lo alto del Collado de Roke, puedes ver que es un gran bosque, que continúa y continúa. Intentas darte cuenta de dónde termina, pero no puedes. Se va perdiendo hacia el oeste… Y cuando caminas por él, parece otra vez un bosque común, aunque la gran mayoría de los árboles son de una especie que crece solamente allí. Son altos, con troncos marrones, parecidos a los robles, parecidos a los castaños. —¿Cómo se llaman? Ged rió. —Arhada, en el Habla Antigua. Árboles… Los árboles del Bosquecillo, en hárdico… Sus hojas no se caen todas en otoño, y hay algunas que caen en todas las estaciones, de manera que el follaje siempre está verde, y hay una luz dorada sobre él. Incluso en un día oscuro esos árboles parecen albergar en ellos la luz del sol. Y por las noches, nunca está del todo oscuro debajo de sus hojas. Hay una especie de luz tenue en ellas, como la luz de la luna o la de las estrellas. Allí crecen sauces, y robles, y abetos, y otras clases de árboles; pero a medida que uno se va adentrando en su espesura, hay cada vez más y más y solamente los árboles del Bosquecillo. Y las raíces de esos árboles descienden aún más profundo que la propia isla. Algunos son árboles inmensos, otros son esbeltos, pero no se ven muchos caídos, ni se ven muchos árboles nuevos. Viven durante mucho, mucho tiempo. —Su voz se había vuelto cada vez más suave, soñadora—. Puedes caminar y caminar bajo sus sombras, bajo su luz, y nunca llegar al final del bosque.