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En el otro viento [The Other Wind - es]

Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:

Al hechicero Aliso le aterra conciliar el sueño, pues hacerlo significa trasladarse a la tierra de los muertos para encontrarse con su esposa. Ella falleció muy joven y desea tanto regresar a él que lo besó a través del bajo muro de piedra que separa nuestro mundo de la Tierra Seca, donde la hierba está marchita, las estrellas, siempre quedas, y los amantes se cruzan sin reconocerse. Cada noche, los muertos atraen a Aliso hacia ellos para, a través de él, liberarse e invador Terramar.
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
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Infinitas son las controversias de los magos, se dijo Aliso, pero no en voz alta.

Ónix se había quedado definitivamente dormido, su cabeza se había inclinado hacia atrás contra el mamparo, su rostro grave y tenso se había relajado.

Seppel habló, su voz incluso más suave que de costumbre. —Aliso, espero que no te arrepientas de lo que hicimos en Aurun. Sé que nuestro amigo piensa que no te advertí claramente.

Aliso dijo sin dudarlo: —Estoy contento.

Seppel inclinó su oscura cabeza.

Aliso dijo entonces: —Sé que intentamos mantener el Equilibrio. Pero los Poderes de la Tierra van por su cuenta.

—Y la suya es una justicia que resulta difícil de entender a los hombres.

—Así es. Intento ver por qué era justamente eso, mi arte, quiero decir, a lo que tenía que renunciar para librarme de ese sueño. ¿Qué tiene que ver una cosa con otra?

Seppel no respondió durante un buen rato, y luego lo hizo con una pregunta. —¿No fue acaso por tu arte que llegaste al muro de piedras?

—Nunca —dijo Aliso con seguridad—. No tenía más poder para ir allí, si lo deseaba, que para evitar ir.

—Entonces ¿cómo llegaste hasta allí?

—Mi esposa me llamó, y mi corazón fue hacia ella.

Una pausa aún más larga. El mago dijo: —Otros hombres han perdido amadas esposas.

—Eso fue lo que le dije a mi Señor Gavilán. Y él me dijo: «Es cierto, y sin embargo el lazo que une a los verdaderos amantes es lo más cercano que conocemos a algo que perdure para siempre».

—Del otro lado del muro de piedras, no hay lazos que perduren.

Aliso miró al mago, el rostro moreno, amable, de mirada penetrante. —¿Por qué?

—La muerte rompe esos lazos.

—Entonces ¿por qué los muertos no mueren?

Seppel lo miró fijamente, atónito.

—Lo siento —dijo Aliso—, hablo mal en mi ignorancia. Lo que quiero decir es esto: la muerte rompe el lazo que une el alma con el cuerpo, y el cuerpo muere. Regresa a la tierra. Pero el espíritu tiene que ir a ese lugar oscuro, y utilizar una apariencia del cuerpo, y quedarse allí, ¿durante cuánto tiempo?, ¿para siempre? ¿En el polvo y la oscuridad, sin luz, ni amor, ni entusiasmo, ni nada? No puedo soportar pensar en Lirio en ese lugar. ¿Por qué tiene que estar allí? ¿Por qué no puede estar… —le costaba hablar— …estar libre?

—Porque el viento no sopla allí —dijo Seppel. Su mirada era muy extraña, su voz áspera—. Ha dejado de soplar, por el arte del hombre.

Siguió mirando fijamente a Aliso, pero comenzó a verlo de verdad sólo paulatinamente. La expresión de sus ojos y de su rostro cambió. Miró hacia otro lado, hacia la hermosa curva blanca de la vela de proa que subía, llena de aliento del viento del noroeste. Volvió a mirar a Aliso. —Sabes tanto como yo de este asunto, amigo mío —dijo casi con su habitual suavidad—. Pero tú lo sabes en tu cuerpo, en tu sangre, en el latido de tu corazón. Y yo solamente sé palabras. Viejas palabras… Así que será mejor que lleguemos pronto a Roke, en donde tal vez los hombres sabios puedan decirnos lo que necesitamos saber. O si ellos no pueden hacerlo, tal vez lo hagan los dragones. O quizás seas tú quien nos enseñe el camino.

—¡Eso sí que sería algo así como el hombre ciego que llevó a los videntes hasta el borde del precipicio! —dijo Aliso con una carcajada.

—Ah, pero si ya estamos al borde del precipicio, y con los ojos cerrados —dijo el mago de Paln.

Lebannen encontró el barco demasiado pequeño para contener la enorme inquietud que lo llenaba. Las mujeres se sentaban bajo su pequeño toldo y los magos se sentaban debajo del suyo como patos en hilera, pero él se paseaba de un lado para otro, impaciente, por los estrechos confines de la cubierta. Sentía que era su impaciencia y no el viento lo que hacía que el Delfín navegara con tanta prisa hacia el sur, pero nunca era lo suficientemente deprisa que él hubiera querido. Quería que la travesía llegara ya a su fin.

—¿Recordáis la flota de camino a Wathort? —dijo Tosía, reuniéndose con él mientras estaba de pie junto al timonel, estudiando el mapa y el mar abierto frente a ellos—. Esa fue una vista grandiosa. ¡Treinta barcos alineados!

—Desearía que fuera a Wathort adonde tuviéramos que ir —dijo Lebannen.

—A mí nunca me gustó Roke —reconoció Tosía—. No hay ni un viento ni una corriente de verdad en veinte millas a la redonda de sus costas, sólo hay corrientes y vientos creados por los magos. Y las rocas al norte de la isla nunca están dos veces en mismo lugar. Y la ciudad está llena de tramposos y de cambiadores de forma. —Escupió, competentemente, a sotavento—. ¡Preferiría encontrarme otra vez con el viejo Cornada y con sus esclavistas!

Lebannen asintió con la cabeza, pero no dijo nada. Ese era a menudo el placer de la compañía de Tosía: decía lo que a Lebannen le parecía mejor no decir él mismo.

—¿Quién era aquel hombre, el mudo? —preguntó Tosía—, ¿el que mató a Halcón en el muro?

—Egre. Un pirata que se convirtió en comerciante de esclavos.

—Eso es. El te reconoció, allí en Sorra. Fue directo a por ti. Siempre me pregunté cómo.

—Porque una vez me tomó como esclavo.

No era fácil sorprender a Tosía, pero el marinero lo miró con la boca abierta, evidentemente no le creía, pero no era capaz de decirlo, y por lo tanto se había quedado sin nada que decir. Lebannen disfrutó del efecto un minuto y luego sintió pena por él.

—Cuando el Archimago me llevó con él en busca de Cob, fuimos primero hacia el sur. Un hombre en la Ciudad de Hort nos traicionó con los mercaderes de esclavos. Golpearon al Archimago en la cabeza, y yo salí corriendo pensando que podría alejarlos de él. Pero era a mí a quien perseguían, yo era vendible. Me desperté encadenado en una galera camino de Sowl. El Archimago me rescató antes de que pasara la siguiente noche. Los hierros se cayeron todos como trozos de hojas muertas, y le dijo a Egre que no volviera a hablar hasta que encontrara algo que valiera la pena decir… Entró en aquella galera como una gran luz sobre el agua… Nunca supe lo que era él hasta entonces.

Tosía reflexionó sobre aquello durante un rato. —¿Les quitó las cadenas a todos los esclavos? ¿Por qué los demás no mataron a Egre?

—Tal vez lo llevaron hasta Sowl y lo vendieron —dijo Lebannen.

Tosía reflexionó un rato más. —Entonces ésa es la razón por la que querías tan fervientemente acabar con el comercio de esclavos.

—Es una de las razones.

—No puede decirse que sea algo que mejore el carácter, como regla —observó Tosía. Estudió el mapa del Mar Interior que estaba clavado en la pizarra., a la izquierda del timonel—. La Isla de Way —comentó—. De donde es la mujer dragón.

—Te mantienes alejado de ella, me he dado cuenta.

Tosía frunció los labios, aunque no silbó, puesto que estaba a bordo de un barco. —¿Sabéis esa canción que mencioné, acerca de la Muchacha de Belilo? Pues bien, nunca pensé en ella como algo más que un cuento. Hasta que la vi a ella.

—Dudo que fuera a comerte, Tosía.

—Sería una muerte gloriosa —dijo el marino, un poco ácidamente.

El Rey rió.

—¿Para qué arriesgarse innecesariamente? —dijo Tosía.

—No temas.

—Tú y ella hablabais allí tan libres y relajados. A mí me da la sensación de que estuvieras sintiéndote cómodo con un volcán… Sin embargo te digo que no me importaría ver un poco más de ese presente que te enviaron los kargos. Hay algo allí que vale la pena ser visto, a juzgar por los pies. Pero ¿cómo sacarla de esa carpa? Los pies son magníficos, pero me gustaría un poco más de tobillo, para empezar.

Lebannen sentía su rostro volverse cada vez más adusto, y se dio la vuelta para evitar que Tosía lo viera.

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