En el otro viento [The Other Wind - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Серия: Terramar #6
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7473-3
- Переводчик: Franca Borsani
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
—Maestro de Invocaciones —dijo Lebannen, antes de que Irian pudiera hablar—, Orm Embar murió por mí en Selidor.
Kalessin me llevó hasta mi trono. Aquí en este círculo hay tres pueblos: los kargos, los hárdicos, y la Gente del Oeste.
—Hubo un tiempo en que fuimos todos un mismo pueblo —dijo el Maestro de los Nombres con su voz tranquila y monótona.
—Pero ahora no es así —respondió el Invocador, cada una de las palabras pesada y separada—. ¡No me malinterpretes porque digo una cruda realidad, mi Señor Rey! Honro la tregua que has prometido con los dragones. Cuando el peligro en el que estamos ahora haya pasado, Roke ayudará a Havnor a buscar una paz duradera con ellos. Pero los dragones no tienen nada que ver con esta crisis que se cierne sobre nosotros. Ni tampoco las gentes del Este, quienes renunciaron a sus almas inmortales cuando olvidaron el Lenguaje de la Creación.
—Es eyemra —dijo una voz suave y bisbiseante: Tehanu, poniéndose de pie.
El Maestro de Invocaciones la miró fijamente.
—Nuestra lengua —repitió en hárdico, devolviéndole aquella mirada fija y penetrante.
Irían rió. —Es eyemra —repitió.
—Vosotros no sois inmortales —le dijo Tenar al Maestro de Invocaciones. No había tenido intención alguna de hablar. No se puso de pie. Las palabras salieron de repente de su boca como el fuego de una roca que cae—. ¡Nosotros lo somos! Morimos para volver a unir el mundo imperecedero. Fuisteis vosotros quienes renunciasteis a la inmortalidad.
Después de esas palabras se quedaron todos inmóviles. El Maestro de las Formas había hecho un ligero movimiento con sus manos, un movimiento suave.
Su rostro revelaba preocupación, pero no parecía estar afectado, mientras estudiaba la forma de algunas ramitas y hojas que había dibujado sobre la hierba en la que se sentaba, justo delante de sus piernas cruzadas. Levantó la vista, miró a su alrededor, a cada uno de los presentes. —Creo que tendremos que ir allí muy pronto —dijo.
Después de otro silencio, Lebannen preguntó: —¿Ir adonde, mi señor?
—A la oscuridad —respondió el Maestro de las Formas.
Mientras Aliso estaba allí sentado, escuchándolos hablar, lentamente las voces se fueron haciendo cada vez más débiles, se fueron apagando, y los últimos cálidos rayos del sol de aquel atardecer de finales de verano se atenuaron hasta convertirse en oscuridad. No quedó allí nada más que los árboles: altas presencias invisibles entre la tierra invisible y el cielo. Los niños con vida más viejos de la tierra. Oh, Segoy, dijo en su corazón: hecho y hacedor, déjame acercarme a ti.
La oscuridad seguía y seguía, más allá de los árboles, más allá de todo.
Contra aquel vacío divisó la colma, la alta colma que había estado a su derecha mientras se alejaban de la ciudad, siempre cuesta arriba. Vio el polvo del camino, las piedras del sendero que pasaba junto a esa colina.
Entonces se apartó de ese sendero, abandonando a los demás, y subió la pendiente.
Las hierbas estaban altas. Los cálices de las flores marchitas se inclinaban entre ellos como chispas rojizas. Llegó a un sendero muy estrecho y subió por él la empinada ladera de la colina. Ahora soy yo, dijo en su corazón. Segoy, el mundo es hermoso. Déjame atravesarlo y llegar a ti.
Puedo hacer otra vez lo que tenía que hacer, pensaba mientras caminaba. Puedo enmendar lo que está roto. Puedo crear la unión otra vez.
Llegó a la cima de la colma. Allí, de pie bajo el sol y el viento, entre las hierbas que no dejaban de moverse, vio los campos a su derecha, los tejados del pequeño poblado y la gran casa, la bahía luminosa y el mar detrás de ella. Si se daba la vuelta vería detrás de él, en el Oeste, los árboles del interminable bosque, que se iban apagando y apagando cada vez más en distancias azules. Ante él, la pendiente de la colina se veía sombría y gris, bajando hasta el muro de piedras y la oscuridad detrás de ese muro, y las sombras amontonadas, gritando en el muro. Iré, les dijo. ¡Iré!
Sintió calidez sobre sus hombros y sus manos. El viento se agitaba entre las hojas sobre su cabeza. Oía voces, hablando, no llamándolo, ni gritando su nombre. Los ojos del Maestro de las Formas lo observaban desde el otro lado del círculo de hierba. El Maestro de Invocaciones también lo observaba. Miró hacia abajo, desconcertado. Intentó escuchar. Se concentró y escuchó.
Estaba hablando el Rey, utilizando toda su destreza y su fuerza para contener a aquellas mujeres y hombres feroces y tozudos que tenían, cada uno, que salirse con la suya.
—Permitidme que intente contaros, Maestros de Roke, lo que supe por la Suprema Princesa mientras navegábamos hacia aquí. Princesa, ¿puedo hablar por ti?
Sin velo alguno, Seserakh atravesó el círculo con la mirada para posar sus ojos sobre él, e hizo una reverencia como concediendo su permiso.
—Esta es su historia, entonces: en un tiempo muy remoto, los humanos y los dragones eran una misma especie, que hablaba una misma lengua. Sin embargo, como buscaban cosas diferentes, decidieron de mutuo acuerdo separarse, seguir caminos diferentes. Ese acuerdo recibió el nombre de Vedurnan.
La cabeza de Ónix se alzó, y los ojos oscuros y brillantes de Seppel se abrieron de par en par. —Verw nadan —susurró el mago de Paln.
—Los seres humanos fueron hacia el este, los dragones hacia el oeste. Los humanos renunciaron a su conocimiento del Lenguaje de la Creación, y a cambio recibieron todas las habilidades y las artes de las manos, y la propiedad de todas las cosas que pueden hacer las manos. Los dragones abandonaron todas esas cosas. Pero se quedaron con el Habla Antigua.
—Y con sus alas —dijo Irían.
—Y con sus alas —repitió Lebannen. Se había encontrado con la mirada de Azver—. Maestro de las Formas, tal vez puedas continuar tú con la historia mejor que yo.
—Los aldeanos de Gont y de Hur-at-Hur recuerdan lo que los hombres sabios de Roke y los sacerdotes de Karego olvidan —continuó Azver—. Sí, de niño me contaron esta historia, creo, o alguna otra muy parecida. Pero los dragones habían sido olvidados en aquella historia. Hablaba de cómo la Gente Oscura del Archipiélago rompía un juramento. Todos nosotros habíamos prometido renunciar a la magia y al lenguaje de la magia para hablar solamente nuestra lengua común. No pronunciaríamos nombres, ni urdiríamos sortilegios. Confiaríamos en Segoy, en los poderes de nuestra madre la Tierra, madre de los Dioses Guerreros. Pero la Gente Oscura rompió el convenio. Incluyeron al Lenguaje de la Creación en su arte, escribiéndolo en runas. Lo escribieron, lo enseñaron, lo utilizaron. Hicieron hechizos con él, con la destreza de sus manos, y con lenguas falsas que nombraban las palabras verdaderas. De modo que la gente de las Tierras de Kargad nunca más pudo confiar en ellos. Eso es lo que dice la historia.
En ese momento, Irian tomó la palabra: —Los hombres le temen a la muerte, los dragones no. Los hombres quieren poseer la vida, ser dueños de ella, como si se tratara de una joya en una caja. Aquellos antiguos magos ansiaban una vida eterna. Aprendieron a utilizar nombres verdaderos para evitar que los hombres murieran. Pero los que no pueden morir, nunca pueden renacer.
—El nombre y el dragón son uno —dijo Kurremkarmerruk, el Maestro de los Nombres—. Nosotros, los hombres, perdimos nuestros nombres en el verw nadan, pero aprendimos a recuperarlos. El nombre es el ser. ¿Por qué debería la muerte cambiar eso?
Miró al Invocador; pero Brand seguía sentado, pesado y adusto, escuchando, sin hablar.
—Sigue hablando de esto, Nombrador, por favor —le pidió el Rey.
—Digo que medio he aprendido, medio he adivinado, no de los cuentos de las aldeas sino de los libros más antiguos de la Torre Solitaria. Mil años antes de que existieran los primeros Reyes de Enlad, había hombres en Ea y Solea, los primeros y más grandiosos magos, los Hacedores de Runas. Fueron ellos quienes aprendieron a escribir el Lenguaje de la Creación. Hicieron las runas, las cuales los dragones nunca llegaron a aprender. Nos enseñaron a darle a cada alma su propio nombre: cuál es su verdad, su ser. Y con su poder les garantizaron a los que llevan su nombre verdadero, una vida más allá de la muerte del cuerpo.