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En el otro viento [The Other Wind - es]

Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:

Al hechicero Aliso le aterra conciliar el sueño, pues hacerlo significa trasladarse a la tierra de los muertos para encontrarse con su esposa. Ella falleció muy joven y desea tanto regresar a él que lo besó a través del bajo muro de piedra que separa nuestro mundo de la Tierra Seca, donde la hierba está marchita, las estrellas, siempre quedas, y los amantes se cruzan sin reconocerse. Cada noche, los muertos atraen a Aliso hacia ellos para, a través de él, liberarse e invador Terramar.
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
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Irían abrió. Después del resplandor y la negrura de la tormenta, la luz de la lámpara en el camarote parecía cálida y firme, a pesar de que las lámparas se balanceaban y proyectaban sombras que también se balanceaban; y lo desconcertó sentir una notable sensibilidad para los colores, los diferentes colores de las ropas de las mujeres, sus pieles, oscura o pálida o dorada, sus cabellos, negros o grises o leonados, sus ojos, los ojos de la princesa mirándolo fijamente, asustados, mientras cogía un pañuelo o un trozo de tela para ponerse delante del rostro.

—¡Oh! ¡Creíamos que era el muchacho del cocinero! —exclamó Irían riendo.

Tehanu lo miró y preguntó con su habitual timidez y camaradería: —¿Hay algún problema?

De repente se dio cuenta de que estaba de pie en la puerta de aquel camarote mirándolas fijamente, prácticamente mudo, como alguien que trae un mensaje de fatalidad.

—No, nada de eso. ¿Estáis todas bien? Siento que esté todo tan borrascoso…

—No creemos que seas responsable del tiempo —dijo Tenar—. Nadie podía dormir, así que la princesa y yo les estábamos enseñando a las demás un juego kargo.

El Rey vio dados de marfil de cinco lados desparramados sobre la mesa, probablemente fueran de Tosía.

—Nos hemos estado apostando islas —dijo Irían—. Pero Tehanu y yo estamos perdiendo. Los kargos ya han ganado Ark e Ilien.

La princesa había bajado el pañuelo; estaba sentada mirando a Lebannen con resolución, sumamente tensa, como podría mirarlo un joven espadachín antes de una pelea de esgrima. En el calor del camarote, iban todas con los brazos y los pies desnudos, pero la conciencia del rostro de la princesa descubierto, lo atraía como un imán atrae a un alfiler.

—Siento que esté todo tan borrascoso —dijo otra vez, estúpidamente, y cerró la puerta. Al darse la vuelta oyó que todas se reían.

Fue hasta donde estaba el timonel y se puso a su lado. Mirando la oscuridad racheada y lluviosa, iluminada por los distantes relámpagos intermitentes, aún tenía en la retina el camarote de popa, la caída negra de los cabellos de Tehanu, la sonrisa afectuosa y burlona de Tenar, los dados sobre la mesa, los brazos redondos de la princesa, de color miel, igual que la luz de la lámpara, su garganta a la sombra de sus cabellos, aunque no podía recordar haberle mirado los brazos ni la garganta sino únicamente la cara, sus ojos llenos de desafío, de desesperación. ¿A qué le tenía miedo aquella muchacha? ¿Acaso pensaba que él quería lastimarla?

Una o dos estrellas brillaban en lo alto del cielo, hacia el sur. Fue hasta su camarote, colgó descuidadamente una hamaca, puesto que las literas estaban llenas, y durmió durante algunas horas. Se despertó antes del amanecer, más inquieto que nunca, y subió a la cubierta.

El día llegó tan despejado y tranquilo como si no hubiera existido nunca ninguna tormenta. Lebannen caminó hasta la barandilla delantera, allí se detuvo y vio los primeros rayos del sol cayendo sobre el agua, y se acordó entonces de una vieja canción:

¡Oh, mi alegría! Antes de existir la brillante Ea, antes que Segoy creara las islas, soplaba el viento de la mañana en el mar, ¡Oh, mi alegría, ser libre!

Era el fragmento de una balada o canción de cuna de su infancia. Era todo lo que podía recordar de ella. La melodía era dulce. La cantó suavemente y dejó que el viento se llevara las palabras de sus labios.

Tenar salió del camarote y, al verlo, se acercó a él. —Buen día, mi querido señor —le dijo, y él la saludó afectuosamente, recordando vagamente que había estado enfadado con ella pero sin saber por qué lo había estado ni cómo pudo haberlo estado.

—¿Vosotros los kargos ganasteis Havnor anoche? —pregunto.

—No, puedes quedarte con Havnor. Nos fuimos a dormir. Las jóvenes aún están allí, cabeceando. ¿Y así, cómo se dice, divisaremos Roke hoy?

—¿Avistar Roke, quieres decir? No, no hasta mañana por la mañana muy temprano. Pero antes del mediodía deberíamos estar en el Puerto de Zuil. Si es que nos dejan llegar hasta la isla.

—¿A qué te refieres?

—Roke se defiende de visitas indeseadas.

—Ah, Ged me habló acerca de eso alguna vez. Estaba en un barco, intentando regresar a Roke por mar, y enviaron un viento en su contra, él lo llamaba el viento de Roke.

—¿En su contra?

—Fue hace mucho tiempo. —Sonrió divertida ante la incredulidad del Rey, su renuencia a pensar que alguien pudiera haberse enfrentado a Ged alguna vez—. Cuando era un muchacho que se había entrometido con la oscuridad. Eso fue lo que me dijo él.

—Cuando era un hombre todavía se entrometía con ella.

—Ahora ya no —dijo Tenar, serena.

—No, ahora somos nosotros quienes tenemos que hacerlo. —Su rostro se había ensombrecido—. Desearía saber en qué nos estamos entrometiendo. Estoy seguro de que las cosas se están moviendo hacia algún lugar de gran oportunidad o de gran cambio, tal como lo predijo Ogión, tal como Ged le dijo a Aliso. Y estoy seguro de que Roke es el lugar en el que tenemos que estar para encontrarnos con esa oportunidad o con ese cambio. Pero, más allá de eso, no hay ninguna certeza, nada. No sé a qué nos enfrentamos. Cuando Ged me llevó a la tierra oscura, nosotros conocíamos a nuestro enemigo. Cuando llevé la flota hasta Sorra, sabía cuál era el mal que quería deshacer. Pero ahora… ¿Son los dragones nuestros enemigos o nuestros aliados? ¿Qué es lo que ha salido mal? ¿Qué es lo que debemos hacer o deshacer? ¿Podrán decírnoslo los Maestros de Roke? ¿O nos mandarán su viento en contra?

—¿Por miedo a…?

—Por miedo al dragón. Al que conocen. O al que no conocen…

El rostro de Tenar también estaba serio, pero lentamente se fue dibujando en él una sonrisa.

—¡Lo seguro es que les traes un buen baturrillo! —dijo—. Un hechicero con pesadillas, un mago de Paln, dos dragones y dos kargos. Los únicos pasajeros respetables de este barco sois tú y Ónix.

Lebannen no pudo reírse. —Si tan sólo él estuviera con nosotros —dijo.

Tenar posó su mano sobre el brazo del Rey. Comenzó a hablar y luego se detuvo.

El posó su mano sobre la de ella. Se quedaron así, en silencio, durante un rato, uno al lado del otro, mirando a lo lejos el mar agitado.

—Hay algo que la princesa quiere contarte antes de que lleguemos a Roke —dijo Tenar—. Es una historia de Hur-at-Hur. Allí, en su desierto, ellos recuerdan cosas. Creo que esto se remonta a antes que nada de lo que hayas escuchado nunca, a no ser la historia de la Mujer de Kemay. Tiene que ver con los dragones… Sería muy amable de tu parte que la invitaras, para que ella no tenga que pedírtelo.

Consciente del cuidado y la cautela con la que Tenar le había hablado, tuvo un momento de impaciencia, un atisbo de vergüenza. Vio, a lo lejos hacia el sur y sobre las aguas, el curso de una galera que iba de camino a Kamery o a Way, el destello tenue y pequeño de sus movimientos. —Por supuesto. ¿A mediodía estará bien?

—Gracias.

Cerca del mediodía, envió a un joven marinero al camarote de popa para pedirle a la princesa que se reuniera con el Rey en la cubierta de proa. Ella salió de inmediato, y puesto que el barco tenía tan sólo quince metros de longitud, Lebannen pudo observarla en todo el camino que recorrió hasta llegar hasta éclass="underline" no era una caminata muy larga, aunque quizás para ella sí lo fuera. Porque no era un cilindro sin formas lo que se acercaba hacia él, sino una alta y joven mujer. Llevaba unos suaves pantalones blancos, una larga camisa de un color rojo apagado y una corona de oro de la que colgaba un velo rojo muy fino que le cubría el rostro y la cabeza. El velo ondeaba con el viento del mar. El joven marinero la condujo, esquivando los diversos obstáculos y subiendo y bajando por la abarrotada y estrecha cubierta llena de aparejos. Caminaba lenta y arrogantemente. Iba descalza. Todos los ojos que había en aquel barco estaban posados sobre ella.

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