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En el otro viento [The Other Wind - es]

Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:

Al hechicero Aliso le aterra conciliar el sueño, pues hacerlo significa trasladarse a la tierra de los muertos para encontrarse con su esposa. Ella falleció muy joven y desea tanto regresar a él que lo besó a través del bajo muro de piedra que separa nuestro mundo de la Tierra Seca, donde la hierba está marchita, las estrellas, siempre quedas, y los amantes se cruzan sin reconocerse. Cada noche, los muertos atraen a Aliso hacia ellos para, a través de él, liberarse e invador Terramar.
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
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Llegó hasta la cubierta de proa y se detuvo.

Lebannen le hizo una reverencia. —Es un honor tenerte entre nosotros, princesa.

Ella hizo a su vez una profunda reverencia con la espalda recta y dijo: —Gracias.

—Espero que no te sintieras muy mal anoche.

Ella posó su mano sobre el amuleto que llevaba colgado del cuello, un pequeño hueso atado con algo negro, y se lo enseñó. —Kerez akath akatharwa erevi —dijo. Él sabía que la palabra akath en kargo significaba hechicero o hechicería.

Había ojos por todos lados, ojos en las escotillas, ojos en lo alto del cordaje, ojos que eran como augurios, como barrenas.

—Acércate, si quieres. Pronto podremos ver la Isla de Roke —le dijo él, a pesar de que no existía ni la más remota posibilidad de ver ni un atisbo de Roke hasta el amanecer. Con una mano debajo de su codo aunque sin tocarla realmente, la condujo hacia arriba por la empinada inclinación de la cubierta hasta llegar a la punta de la proa, en donde entre un cabestrante, la inclinación del bauprés, y la barandilla a babor había un pequeño triángulo de cubierta que, cuando uno de los marineros se hubo escabullido por fin con el cable que estaba arreglando, quedó para ellos. Estaban más a la vista que nunca para todos los ojos del barco, pero podían darles la espalda: siendo dueños de esta manera de toda la privacidad de la que puede gozar la realeza.

Una vez hubieron ganado aquel pequeño refugio, la princesa dio media vuelta, lo miró de frente, y se quitó el velo del rostro. Él se había propuesto preguntarle qué podía hacer por ella, pero la pregunta parecía tanto inadecuada como irrelevante. No dijo nada.

Ella dijo: —Señor Rey, en Hur-at-Hur yo soy feyagat. En la Isla de Roke seré hija del rey de las Tierras de Kargad. Para ser eso, no soy feyagat. Voy con rostro desnudo. Si quieres.

Después de un momento, él le respondió: —Sí. Sí, princesa. Eso está…, eso está muy bien.

—¿Te complace?

—Mucho. Sí. Gracias, princesa.

—Barrezú —dijo ella, una aceptación regia de su agradecimiento.

Su dignidad lo avergonzaba. Su rostro estaba como encendido de rojo cuando apartó el velo; ahora no había en él color alguno. Pero ella seguía de pie, erguida e inmóvil, y reunió fuerzas para hablar una vez más.

—También —dijo—. Además. Mi amiga Tenar.

—Nuestra amiga Tenar —dijo él con una sonrisa.

—Nuestra amiga Tenar. Dice que debo decir a Rey Lebannen de Vedurnan.

El Rey repitió la palabra.

—Hace mucho hace mucho tiempo, la gente karga, la gente de hechicería, la gente dragón, ¿eh? ¿Sí? Toda la gente una, todas hablan uno, una, ¡oh! ¡Wuluah mekrevt!

—¿Una lengua?

—¡Ah! ¡Sí! ¡Una lengua! —En su apasionado intento por hablar en hárdico, por contarle lo que quería contarle, estaba perdiendo su cohibimiento; le brillaban los ojos y el rostro—. Pero luego, gente dragón dice: «Dejar, dejar todas cosas. ¡Volar!». Pero gente nosotros, nosotros dice: «No, quedar. Quedar todas cosas. ¡Habitar!». Entonces nos separamos, ¿eh?, gente dragón y gente nosotros. Entonces ellos hacen el Vedurnan. Éstos para dejar, éstos para quedar. ¿Sí? Pero para quedar todas cosas, tenemos dejar esa lengua. Esa lengua gente dragón.

—¿El Habla Antigua?

—¡Sí! Entonces gente nosotros, dejamos esa lengua Habla Antigua, y quedamos todas cosas. Y gente dragón deja todas cosas, pero queda eso, queda esa lengua. ¿Eh? ¿Seyneha? Este es el Vedurnan. —Sus largas y hermosas manos hacían elocuentes gestos mientras observaba el rostro de él con gran esperanza de que la entendiera—. Nosotros vamos al este, este, este. Gente dragón va al oeste, oeste. Nosotros habitamos, ellos vuelan. Algunos dragones vienen este con nosotros, pero no quedan lengua, olvidan y olvidan volar. Como la gente karga. La gente karga habla lengua karga, no lengua dragón. Todos quedan Vedurnan, Este, Oeste. ¿Seyneha? Pero en…

No supo cómo explicarse, y juntó las manos de su «este» y de su «oeste», y Lebannen dijo: —¿En el medio?

—¡Ah! ¡Sí! ¡En el medio! —Rió por el placer de encontrar la palabra—. En el medio, ¡vosotros! ¡Gente hechicera! ¿Eh? Vosotros, gente del medio, hablar lengua hárdica pero también, además, quedan para hablar lengua Habla Antigua. Vosotros la aprendéis. Como yo aprendo hárdico, ¿eh? Aprender a hablar. Luego, luego, esto es lo malo. La cosa mala. Luego vosotros decir, en esa lengua de hechicería, en esa lengua de Habla Antigua, decir: Nosotros no morir. Y así es. Y se rompe el Vedurnan.

Sus ojos eran como un fuego azul. Después de un momento preguntó:

—¿Seyneha?

—No estoy seguro de estar entendiendo.

—Vosotros quedar vida. Vosotros quedar. Demasiado tiempo. Vosotros nunca dejar. Pero morir… —Desplegó las manos en un enorme gesto de apertura como si arrojara algo muy lejos, en el aire, sobre el agua.

Lebannen sacudió la cabeza con pesar.

—Ah —dijo ella. Pensó unos instantes, pero ninguna palabra salió de su boca. Dándose por vencida, movió sus manos con las palmas hacia abajo en una pantomima de renuncia—. Tengo aprender más palabras —dijo.

—Princesa, el Maestro de las Formas de Roke, el Maestro del Bosquecillo… —La miró buscando comprensión, y volvió a comenzar—. En la Isla de Roke, hay un hombre, un gran mago, que es kargo. Puedes decirle a él lo que me has dicho a mí… en tu propia lengua.

Ella escuchó atentamente y asintió con la cabeza. Luego dijo: —El amigo de Irian. De mi corazón hablaré con este hombre. —Se le iluminó la cara ante aquella idea.

Esto conmovió a Lebannen. Y dijo: —Siento mucho que te hayas sentido sola aquí, princesa.

Ella lo miró, atenta y luminosa, pero no respondió.

—Espero que, a medida que vaya pasando el tiempo, a medida que vayas aprendiendo el idioma…

—Aprendo rápido —dijo ella. Él no supo si se trataba de una declaración o de una predicción.

Estaban mirándose fijo a los ojos.

Ella volvió a su postura majestuosa y habló formalmente, tal como lo había hecho al principio: —Agradezco que haber escuchado a mí, Señor Rey. —Bajó suavemente la cabeza y se tapó los ojos como señal formal de respeto e hizo una vez más la reverencia con la rodilla doblada, diciendo alguna fórmula convencional en kargo.

—Por favor —dijo él—, dime lo que has dicho.

Ella hizo una pausa, dudó, pensó, y respondió: —Vuestros, vuestros, eh, ¿pequeños reyes?, ¡hijos! Hijos, vuestros hijos, dejar que sean dragones y reyes de dragones. ¿Eh? —En su rostro se dibujó una sonrisa radiante, dejó caer el velo sobre él, se apartó cuatro pasos, dio media vuelta y se alejó, ágil y con pie firme recorriendo toda la extensión del barco. Lebannen permaneció allí de pie, como si el relámpago de la noche anterior lo hubiera alcanzado finalmente.

CAPÍTULO V

La unión

La última noche de travesía fue tranquila, cálida, sin estrellas. El Delfín se movía con un balanceo largo y relajado sobre el terso oleaje hacia el Sur. Resultaba fácil dormir, y la gente durmió, y durmiendo soñó.

Aliso soñó con un pequeño animal que se acercaba en la oscuridad y le tocaba la mano. No podía ver qué era, y cuando estiraba la mano para tocarlo, había desaparecido, lo había perdido. Sintió una vez más el pequeño hocico aterciopelado tocándole la mano. Comenzó a despertarse, y el sueño se le escurrió, pero el agudo dolor de la pérdida se había instalado en su corazón.

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