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Los cronolitos [The Chronoliths - es]

Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:

Scott Warden es un hombre perseguido por el pasado… y pronto también por el futuro. En la Tailandia de comienzos del siglo XXI es un vago en una comunidad costera de expatriados, cuando es testigo de un acontecimiento imposible: la aparición en el boscoso interior de un pilar de piedra de casi setenta metros. Su llegada colapsa los árboles en un cuarto de kilómetro alrededor de su base. Parece estar compuesto de una exótica forma de materia y la inscripción tallada muestra la conmemoración de una victoria militar… que tendrá lugar dentro de dieciséis años.
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
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—Podría haberme matado —murmuré.

—Se trataba de una posibilidad muy remota. Además, consideré que se trataba de un precio justo con el que saldar la deuda. Di por supuesto que habías comprendido que correrías ciertos riesgos.

—¡Joder! —dije en un susurro.

—¿Y sabes? De esta forma, tampoco has tenido que darme las gracias.

Tuvimos la suerte de que la esposa de Jeffrey Helvig estuviera sola en casa.

Abrió la puerta vestida con ropa informal y se mostró precavida desde el mismo instante en que nos vio bajo la luz del porche. Cuando le dijimos que queríamos hablar con ella sobre su hijo Jeff, nos respondió que ya había hablado con la policía y que nosotros no teníamos pinta de serlo, así que quiénes éramos y qué queríamos realmente.

Le mostré varios documentos de identidad para demostrarle que era el padre de Kaitlin. Ella conocía a Janice y WMt, aunque no demasiado bien, y había visto a Kaitlin en diversas ocasiones. Cuando se quedó convencida de que sólo habíamos ido a su casa para hablar sobre Kaitlin, se relajó y nos invitó a entrar, aunque era obvio que lo hizo a disgusto.

La casa estaba meticulosamente limpia. En un rincón del salón, en el que abundaban los barcos embotellados y las fundas de sofá de encaje, ronroneaba un precipitador de polvo. Eleanor Helving se quedó cerca del panel de seguridad de la casa para poder activar la cámara y la alarma de seguridad en caso necesario… aunque era probable que la policía local ya estuviera recibiendo las imágenes. Creo que no nos temía, pero se mostraba demasiado recelosa.

—Sé por lo que está pasando, señor Warden —dijo—. Yo me encuentro en la misma situación. Supongo que entenderá que no me apetezca hablar de nuevo sobre la desaparición de Jeff.

Advertí que se estaba defendiendo de una acusación que nadie le había hecho. Su marido era un Copperhead. Un verdadero creyente, según Whit. Ella le había acompañado a diversas reuniones, así que era probable que apoyara sus ideas… aunque puede que no estuviera totalmente convencida de ellas. Deseé que así fuera.

—Señora Helving —dije—, ¿se sorprendería si le dijera que, al parecer, su hijo y sus amigos están haciendo un haj?

Parpadeó.

—La verdad es que me ofendería. Utilizar esa palabra de esa forma supone un insulto para la fe musulmana. Y también para un gran número de jóvenes sinceros.

—¿Jóvenes sinceros como Jeff?

—Espero que Jeff lo sea, pero no aceptaré una explicación superficial sobre lo que le ha sucedido. Debo decirle que no confío en los padres ausentes que sólo se preocupan por sus hijos en los momentos de crisis. De todas formas, así es la sociedad en la que vivimos, ¿verdad? Hay gente que considera que la paternidad es un tema genético, no un vínculo sagrado.

—¿Usted considera que Kuin ayudará a mejorar las cosas? —preguntó Hitch.

Lo miró desafiante.

—Creo que es muy difícil que pueda empeorarlas.

—¿Sabe qué es un haj, señora Helvig?

—Ya se lo he dicho. No me gusta esa palabra…

—Pero hay muchas personas que la utilizan… incluso un montón de jóvenes idealistas. He conocido a unos cuantos. Usted tiene razón: estamos viviendo tiempos difíciles, sobre todo para los jóvenes. He visto muchachos que sólo deseaban hacer un haj y han acabado despedazados al borde de la carretera. He visto niños, señora Helvig, violados y asesinados. Son jóvenes y puede que sean idealistas, pero también son demasiado ingenuos para ser conscientes de los peligros que les aguardan en el exterior de Miniápolis.

Eleanor Helvig palideció (creo que también yo lo hice).

—¿Quién es usted? —le preguntó a Hitch.

—Un amigo de Kaitlin. ¿Usted conocía a Kait, señora Helvig?

—Vino por casa en un par de ocasiones, creo.

—Estoy seguro de que su hijo Jeff es un joven fuerte, ¿pero qué me dice de Kaitlin? ¿Cómo cree que se las apañará allí fuera, señora Helvig?

—No lo…

—Allí fuera en la carretera, con todos esos soldados y hombres sin hogar. Si esos muchachos hubieran decidido hacer un haj, viajarían más seguros en coche. Incluso Jeff.

—Jeff puede cuidar de sí mismo —susurró Eleanor Helvig.

—¿A usted no le gustaría que hiciera autostop, verdad?

—Por supuesto que no…

—¿Dónde está el coche de su marido, señora Helvig?

—Se lo ha llevado al trabajo. Aún no ha regresado pero…

—¿Y el coche de Jeff?

—En el garaje.

—¿Y el de usted?

Vaciló el tiempo suficiente para que las sospechas de Hitch se confirmaran.

—Está en el taller.

—¿En cuál, exactamente?

No respondió.

—No es necesario que discutamos este tema con la policía —comentó Hitch.

—El viaje es más seguro en coche. Usted mismo lo ha dicho.

Ahora hablaba con un hilo de voz.

—Estoy segura de que tiene razón.

—Jeff no me habló del… peregrinaje, pero supongo que tendría que haberlo sospechado cuando me pidió el coche. Su padre dijo que no debíamos contárselo a la policía, porque sólo hubiéramos conseguido convertir a Jeff en un criminal. O a nosotros mismos, por ser sus cómplices. De todas formas, regresará. Sé que lo hará.

—Usted puede ayudarnos… —empezó a decir Hitch.

—¿Se han dado cuenta de lo mal que están las cosas? ¿Cómo podemos culpar a los jóvenes?

—Sólo tiene que damos su número de licencia y la firma del GPS del vehículo. La policía no sabrá nada.

Alcanzó su bolso con la mirada ausente, pero antes de abrirlo vaciló.

—Si los encuentran, ¿serán amables con Jeff?

Se lo prometimos.

Hitch habló con Morris Torrance, que localizó el paquete del GPS en un campo de reciclaje de El Paso; sin embargo, el resto del vehículo había desaparecido. Lo más probable era que lo hubieran vendido o intercambiado para cruzar a salvo la frontera.

—Están dirigiéndose a Portillo —dijo Hitch—. Estoy seguro.

—Pues vayamos allá —le dije.

Asintió.

—Morris está buscando un avión. Tenemos que partir lo antes posible.

Reflexioné sobre aquellas palabras.

—No se trata sólo de un rumor, ¿verdad? Me refiero a Portillo. El Cronolito.

—No —respondió con franqueza—. No es ningún rumor. Es necesario que nos pongamos en marcha inmediatamente.

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