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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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El 15 de enero de 1976, tras dos días de vistas, el Departamento de Control presentó su recomendación de denegar la licencia a El Zurdo.

Según El Zurdo:

Cuando los otros dos miembros del Departamento votaron para denegarme la licencia, Hannifin se negó a que el voto fuera público. Pero después de que los otros dos miembros acabaran sus discursos y pidieran que el voto fuera unánime, él se mostró de acuerdo.

Después de la vista, Hannifin vino y me alargó la mano. «Me gustaría disculparme ante ti y tu familia -dijo-, pero hice lo que debía.»

Yo sabía que Hannifin se sentía mal. Él sabía que yo había pasado un mal trago; ahora bien él, no era más que un maestro de escuela y funcionario de libertades condicionales de profesión, y el gobernador lo tenía en un puño.

Una semana después, mis abogados y yo volvimos a Carson City para apelar la decisión del Departamento, pero estaba claro que Echeverría nos iba a vapulear. En cuanto mis abogados iniciaron la presentación de su alegato, se le podía ver a él levantar el brazo de manera ostentosa, mirar el reloj y bostezar. No había mucho que apelar. El comité respaldó por unanimidad al Departamento de Control.

Deberían haberme concedido la licencia. Hannifin tenía mi expediente, todo el expediente, y no había nada en él que me pudiera impedir la obtención de la licencia para un empleo clave. Había individuos en la ciudad que poseían licencia que jamás lo hubieras dicho. Pero eso no era asunto mío. No podía señalar a los demás. Tenía que convencerles de que yo reunía las condiciones.

Ahora bien, entre tanto, llevaba cuatro casinos. Nadie más tenía cuatro casinos. Nadie en toda la ciudad tenía una responsabilidad como la mía en las salas. Si la comida no funcionaba en el Stardust o pasaba algo en el Fremont, yo tenía que estar allí. Contaba con gente cualificada para que me llamara a cualquier hora. En muchas ocasiones me tenía que levantar y volver a uno de los casinos a las tres de la madrugada.

Recuerdo que había oído varias veces que el cocinero del Stardust encargado de preparar la comida al momento servía algo horrible. Las quejas llegaron a mi despacho. Decían que los huevos revueltos no estaban hechos. Los sacaba crudos independientemente de lo que pidieran las camareras o los clientes.

Un día me levanté a las cuatro de la madrugada y fui al restaurante. Me senté, pedí unos huevos revueltos y le advertí a la camarera que quedaba despedida si le decía al cocinero que era yo quien los pedía. Cuando me los trajo, estaban crudos. Me levanté, entré en la cocina y lo despedí en el acto. Chico, por esto voy a tener problemas con el sindicato. Pero no podía soportar la incompetencia. Yo era muy estricto. Estúpido. Creo que se debía a tantos años de trabajar con los pronósticos. Tantos años recopilando información dieciocho horas al día, estudiando detenidamente veinte kilos de papel al día, en contacto con fuentes de todo el país. Es un negocio algo obsesivo, y ahora veo que apliqué las mismas costumbres laborales en un ambiente de más relación social.

La negativa del comité a concederle la licencia tenía que ser el final de Rosenthal, El Zurdo, en el Stardust. El Zurdo salía del juego. Ya no podía simular más cargos como director de relaciones públicas o encargado de restauración y cafetería. Le dieron cuarenta y ocho horas para vaciar el despacho. Y así lo hizo. El 29 de enero de 1976, El Zurdo dejó su despacho recién decorado en el Stardust y se fue a casa. Al día siguiente, los detectives del Departamento de Control descubrieron que su contrato de diez años de 2,5 millones de dólares seguía vigente.

Tercera parte

La retirada

15

«A joderse. Reviéntala.»

Rosenthal El Zurdo no tenía intención de abandonar ni de darse por vencido. Montó el estado mayor en su casa y emprendió una doble campaña: en primer lugar, seguir ejerciendo la máxima influencia en los casinos, y en segundo lugar, iniciar una serie de batallas legales con las autoridades estatales en el campo del juego para desafiar el poder del estado a que equilibrara las licencias de juego. Tales pleitos, acompañados de una gran publicidad, que cada vez se hicieron más duros, duraron años. Cada uno de ellos parecía perpetuarse toda una vida. Empezando por los tribunales de la ciudad y de allí a los estatales, a las salas de apelación, a los tribunales de distrito, a los de apelación a nivel federal hasta llegar al Tribunal Supremo de los Estados Unidos, El Zurdo organizó un verdadero despliegue de maniobras legales. En alguna ocasión ganó, en otras perdió. Cuando ganaba, se trasladaba de nuevo a su despacho del Stardust. Cuando perdía, se retiraba de él. Tal como afirma Murray Ehrenberg, su gerente del Stardust:

A El Zurdo le encantaba aquello. Pronosticaba sus pleitos de la misma forma que pronosticaba los partidos de fútbol. Empezó a leer. Empezó a investigar. Empezó a volver locos a sus abogados. Estaba en su ambiente.

Simplemente empezó. En enero de 1976, cuando se ordenó a El Zurdo que abandonara el Stardust, siguió dirigiendo el casino. Murray Ehrenberg y Bobby Stella continuaban en sus puestos. Conectó el teléfono rojo entre su habitación y la zona de las mesas del Stardust. Antes de su despido se habían invertido miles de dólares del capital de Argent en la conexión entre su residencia y el sistema electrónico del casino, y en ello se incluían las cámaras de vigilancia del Ojo; veía todas las mesas de juego del Stardust a través de los aparatos de televisión instalados en su casa. Como cuenta Shirley Daley, camarera retirada del Stardust:

Nosotros sabíamos que él nos observaba porque de pronto Murray o Bobby empezaban a criticarte por detalles insignificantes que sólo podía haber detectado El Zurdo, por ejemplo, una camarera que tardara demasiado en servir las bebidas o un croupier que no llamara al jefe de mesas antes de cambiar un billete de cien dólares.

Según Ehrenberg:

Tenía que estar fuera de allí pero seguía dando órdenes. Recuerdo que una noche El Zurdo nos convocó a todos a su casa. Por lo menos había quince coches aparcados fuera. Gene Cimorelli, Art Garelli, Joe Cusumano, Bobby Stella padre. Todos los jefes de casino se reunieron allí.

Lo que había sucedido era que yo había pescado a uno de los croupiers de blackjack despistando unos mil seiscientos dólares y quería echarlo a la calle. Bobby Stella, sin embargo, pretendía que lo dejáramos pasar. Yo no tenía intención de perjudicar al tipo, sólo quería decirle que se había terminado. Pero Bobby quería discutirlo. Estábamos de pie en el salón y El Zurdo nos escuchaba a los dos. Habían acudido también algunos jefes de mesa y de turnos pues habían presenciado el incidente. Tras escuchar a todo el mundo, El Zurdo me dio la razón. Bobby tuvo un gran disgusto. No quería que echaran a aquel individuo, pero El Zurdo se lo quitó de encima sin vacilar.

– ¿Qué quieres, la palmatoria? -le dijo El Zurdo.

Bobby sabía a lo que se refería éste. Bobby se había dedicado al negocio de los dados por cuenta de Momo Giancana. Cerró la boca al instante.

Tanto inquietaron a Allen Glick las reuniones de El Zurdo con el personal del casino que decidió encararse con ello:

Todos las negaron o afirmaron que se trataba de unas visitas estrictamente sociales. Por fin contraté los servicios de una agencia de detectives privados para que los siguieran. Quería comprobar con qué periodicidad se organizaban aquellas «reuniones sociales».

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