Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Le he traído unas revistas. Sé que no fue capaz de leer las últimas, pero he pensado que unos relatos cortos quizá le apetezcan más. ¿O tal vez algo para los niños?
—Es usted muy amable —dijo Kathleen.
Alice la miró a hurtadillas. No sabía cómo actuar ante la enorme pérdida de aquella mujer. Kathleen la llevaba grabada en el rostro, en los párpados caídos y en las arrugas nuevas que le habían salido alrededor de la boca. Era visible en el esfuerzo que parecía suponer para ella simplemente pasarse la mano por la frente. Parecía casi extenuada, como si solo deseara tumbarse y dormir durante un millón de años.
—¿Quiere tomar algo? —preguntó Kathleen de repente, como si acabara de acordarse. Luego miró hacia atrás—. Creo que tengo algo de café. Aún debería estar caliente. Estoy segura de haberlo hecho esta mañana.
—Estoy bien, gracias.
Ambas mujeres se sentaron en la pequeña habitación y Kathleen se enroscó en su chal. Fuera, las montañas estaban en calma, los árboles, desnudos, y el cielo gris flotaba justo por encima de las estilizadas ramas. Un cuervo solitario rompió el silencio con su graznido estridente y desagradable sobre la cima de la montaña. Spirit, que estaba atada al poste de la valla, dio una patada en el suelo, exhalando vapor por las fosas nasales.
Alice sacó los libros de la alforja.
—Sé que al pequeño Pete le encantan las historias de conejos y esta es una nueva, acaba de llegar directamente de la editorial. También he señalado algunos pasajes de la Biblia en esta que le he traído y que podrían ofrecerle consuelo, si sigue sin apetecerle leer algo más largo. Y le he traído poesía. ¿Le suena George Herbert? Tal vez quiera echarle un vistazo. Yo también he estado… leyendo bastante poesía, últimamente. —Alice posó los libros con cuidado sobre la mesa—. Puede quedárselos hasta Año Nuevo.
Kathleen observó el montoncito durante unos instantes. Luego, extendió un dedo y siguió el título del libro por la cubierta, antes de apartarlo.
—Señorita Alice, será mejor que se los lleve. —La mujer se apartó el pelo de la cara—. No querría desaprovecharlos. Sé lo desesperados que están todos por leer. Y eso es una larga espera para algunos.
—No hay problema.
Kathleen esbozó una sonrisa vacilante.
—De hecho, no creo que le merezca la pena perder el tiempo viniendo hasta aquí arriba, en estos momentos. A decir verdad, no soy capaz de retener ningún pensamiento en mi cabeza y los niños… Bueno, no creo que tenga mucho tiempo ni energía para leerles a ellos, tampoco.
—No se preocupe. Hay muchos libros y revistas para repartir. Y le traeré solo libros ilustrados para los niños. No tendrá que hacer nada y ellos podrán…
—No puedo… No soy capaz de concentrarme. No puedo hacer nada. Me levanto cada día, hago las tareas del hogar, alimento a los niños y me ocupo de los animales, pero todo me parece… —Kathleen bajó la cabeza y ocultó la cara entre sus manos, dejando escapar un suspiro sonoro y trémulo. Permaneció así unos segundos. Entonces, sus hombros empezaron a agitarse en silencio y, justo cuando Alice se estaba preguntando qué decirle a Kathleen, un aullido grave y desgarrador emergió de lo más hondo de su ser, un grito descarnado y animal. Era el sonido más doloroso que Alice había escuchado jamás. El alarido, que subió y bajó como una marea de pesar, parecía venir de un lugar totalmente desolado—. Le echo de menos —sollozó Kathleen, apretando con fuerza las manos sobre la cara—. Le echo mucho de menos. Echo de menos acariciarle y tocarle, y echo de menos su pelo y la forma en que decía mi nombre, y ya sé que estuvo mucho tiempo enfermo y que, al final, apenas era una sombra de sí mismo, pero, Señor, ¿cómo voy a poder seguir adelante sin él? Dios. Dios mío, no puedo hacerlo. No puedo. Señorita Alice, quiero que mi Garrett vuelva. Solo quiero que vuelva.
Aquello fue doblemente impactante para Alice porque, quitando la indignación, Alice nunca había visto a ninguna de las familias locales expresar una emoción mayor que un leve desagrado o una alegría moderada. La gente de las montañas era estoica, poco dada a dar muestras inesperadas de vulnerabilidad. Y eso hacía que aquello resultara, en cierto modo, aún más insoportable. Alice se inclinó hacia delante y estrechó a Kathleen entre sus brazos. El cuerpo de la joven se sacudía con unos sollozos tan violentos que el propio cuerpo de Alice se agitaba con ellos. La rodeó fuertemente con sus brazos, la estrechó contra ella y la dejó llorar mientras la abrazaba tan fuerte que la tristeza que Kathleen rezumaba se convirtió casi en algo tangible, como si la pena que arrastraba fuera un peso que se había instalado sobre ambas. Alice apretó la cabeza contra la de Kathleen, intentando sustentar parte de su tristeza y decirle en silencio que aún había belleza en ese mundo, aunque algunos días necesitara toda su fuerza y obstinación para encontrarla. Finalmente, como una ola que hubiera roto en la costa, los sollozos de Kathleen se ralentizaron y se acallaron convirtiéndose en resuellos e hipidos, y la mujer empezó a negar con la cabeza, avergonzada, mientras se secaba los ojos.
—Lo siento, lo siento, lo siento.
—Tranquila —le susurró Alice—. Por favor, no lo sienta. —Tomó las manos de Kathleen entre las suyas—. Es maravilloso haber llegado a amar tanto a alguien.
Kathleen levantó entonces la cabeza y sus ojos hinchados y enrojecidos buscaron los de Alice, mientras le apretaba las manos. Ambas estaban endurecidas por culpa del trabajo, eran delgadas y fuertes.
—Lo siento —repitió la mujer, y esa vez Alice se dio cuenta de que se refería a otra cosa. Siguió mirándola a los ojos hasta que Kathleen finalmente le soltó la mano y se limpió las lágrimas con la palma abierta, antes de echar un vistazo a los niños, que seguían dormidos—. Dios santo. Será mejor que se vaya. Tiene rondas que hacer. Está claro que el tiempo va a empeorar. Y yo debería despertar a esos críos, o volverán a hacerme pasar media noche en vela otra vez.
Alice no se movió.
—¿Kathleen?
—¿Sí? —La mujer esbozó de nuevo aquella sonrisa desesperada, radiante y trémula, pero aun así determinada. Parecía costarle todo el esfuerzo del mundo.
Alice levantó los libros que tenía en el regazo.
—¿Quiere…? ¿Quiere que lea para usted?
Para todo hay una estación, y un momento para cada cosa en esta tierra: un momento para nacer y un momento para morir; un momento para sembrar y un momento para recoger lo que se ha sembrado; un momento para matar y un momento para curar; un momento para destruir y un momento para construir; un momento para llorar y un momento para reír; un momento para lamentarse y un momento para bailar.
Las dos mujeres estaban sentadas dentro de la diminuta cabaña, en la ladera de la vasta montaña, mientras el cielo se oscurecía lentamente y, desde el interior, las lámparas proyectaban rayos de luz dorada a través de las rendijas de los anchos tablones de roble. Una leía, con voz suave y clara, y la otra estaba sentada con los pies cubiertos con calcetines recogidos sobre el asiento, con la cabeza apoyada en la palma de la mano, perdida en sus pensamientos. El tiempo pasaba lentamente sin que ninguna se diera cuenta y, cuando los niños se despertaron, en lugar de llorar se sentaron en silencio, escuchando, aunque apenas entendían nada de lo que allí se decía. Una hora después, ambas mujeres estaban de pie en la puerta y, casi como por impulso, se abrazaron con fuerza.
Se desearon la una a la otra feliz Navidad y ambas sonrieron con ironía, conscientes de que, ese año, a ninguna de las dos les quedaba más remedio que aguantar.
—Vendrán tiempos mejores —dijo Kathleen.
—Sí —respondió Alice—. Vendrán tiempos mejores. —Y, con ese pensamiento, se enroscó la bufanda alrededor del cuello dejando solo los ojos al descubierto, se montó en su pequeño caballo marrón y blanco, y emprendió el camino de regreso al pueblo.