La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Shimon Litvak, arrastrando las palabras, con su acento eurobostoniano, d�bil cual una se�al distante emitida por una radio al otro lado del Atl�ntico, intervino gravemente, en el tono que emplea un disc�pulo para tranquilizar a su maestro:
-�Charlie jam�s ha huido de un peligro en toda su vida, Marty.
Y esto no es una presunci�n por nuestra parte, sino que es un hecho cierto. Consta en todo su historial.
Ya casi lo hab�an conseguido, dijo Kurtz a Misha Gavron m�s tarde, al relatar, durante un breve alto el fuego en su relaci�n, este punto de la conversaci�n con Charlie: una se�ora que consiente escuchar es una se�ora que consiente. Al o�r estas palabras, a Gavron poco le falt� para sonre�r.
S�, quiz� casi lo hab�a conseguido, pero, en lo tocante al tiempo que tendr�an que consumir, s�lo estaba al principio. Al pretender ser comprendido, Kurtz en manera alguna pretendi� ser r�pido. Kurtz insisti� en sus modales estudiados, en a�adir le�a a la frustraci�n de Charlie, en que la impaciencia de la muchacha se desbocara y se adelantara a los acontecimientos. Nadie mejor que Kurtz comprend�a lo que era tener un car�cter impaciente en un mundo de lentitudes, y c�mo sacar provecho de tal impaciencia. Pocos minutos despu�s de la llegada de Charlie, mientras �sta se hallaba todav�a asustada, Kurtz la trat� amistosamente. Y as� se port� como un padre para la enamorada de Joseph. Minutos despu�s, ofrec�a a Charlie la soluci�n de todos los desordenados problemas de su vida, hasta el presente momento. Kurtz se dirigi� a la actriz, a la m�rtir, a la aventurera. Halag� a la hija y excit� a la aspirante. Le hab�a permitido echar un breve vistazo a la nueva familia a la que Charlie quiz� quisiera unirse, sabedor de que Charlie, en el fondo, al igual que todos los rebeldes, s�lo ansiaba una m�s c�moda conformidad. Y, principalmente, al prodigarle todos estos beneficios, hab�a enriquecido a Charlie, lo cual, como la propia Charlie siempre hab�a dicho a cuantos quisieran escucharla, era el principio de la subordinaci�n.
Hablando m�s despacio y en voz m�s cordial, Kurtz dijo:
-�Lo que nosotros te proponemos, Charlie, es un recital abierto, que contestes a una serie de preguntas y que las contestes con toda franqueza, con toda veracidad, a pesar de que, por el momento, nada sepas en cuanto a la finalidad que perseguimos con estas preguntas.
Kurtz hizo una pausa, pero Charlie sigui� en silencio. Y, ahora, en su silencio hab�a ya una t�cita sumisi�n.
-�Te pedimos que no hagas juicios de valor, que jam�s intentes ponerte en nuestro punto de vista, que jam�s pretendas complacernos o contentarnos con tus contestaciones, en aspecto alguno. Hay en tu vida muchas cosas que quiz� t� consideres negativas, pero que nosotros no consideraremos as�. En modo alguno intentes pensar por nosotros.
Un breve y en�rgico movimiento del antebrazo de Kurtz puso punto final a estas amistosas advertencias. Sigui�:
-�Ahora voy a formular una pregunta. �Qu� pasar�a si, ahora o m�s tarde, o t� o nosotros decidimos abandonar el juego? Permite que sea yo quien conteste la pregunta.
Charlie dijo:
-�Si, m�s valdr�, Mart.
Charlie apoy� los codos en la mesa y la barbilla en las manos, y dirigi� una sonrisa y una mirada que intentaban expresar pasmada incredulidad. Kurtz dijo:
-�Muchas gracias, Charlie. Ahora escucha atentamente. Todo depende del momento en que t� o nosotros tomemos esa decisi�n; todo depende de los conocimientos que hayas adquirido en tal momento y de la calificaci�n que nosotros te hayamos dado. Hay dos soluciones. Primera soluci�n, conseguimos que nos hagas una solemne promesa, te damos dinero y te devolvemos a Inglaterra. Nos estrechamos las manos, nos declaramos nuestra rec�proca confianza, seguimos siendo buenos amigos, y te vigilamos un poquito para tener la certeza de que cumples lo prometido. �Comprendido?
Charlie baj� la vista a la mesa, en parte para hurtarse a la inquisitiva mirada de Kurtz, y en parte para ocultar su creciente excitaci�n. S�, ya que concurr�a otro factor con el que Kurtz contaba, y que son muchos los profesionales del servicio de informaci�n que se olvidan de �l con demasiada facilidad: para los no iniciados, el mundo del servicio secreto es, en s� mismo, atractivo. Por el mero hecho de girar sobre su propio eje, este mundo atrae hacia su centro a los que est�n s�lo d�bilmente unidos a �l.
Kurtz prosigui�:
-�Segunda soluci�n, soluci�n que es un poco m�s dura, pero en modo alguno terrible. Te ponemos en cuarentena. Te tenemos simpat�a, pero tememos haber llegado a un punto en que puedes comprometer el �xito de nuestro proyecto, un punto en el que el papel que queremos que representes no puede ser ofrecido con seguridad a nadie, en tanto que t� sigues en libertad para hablar de dicho papel.
Sin necesidad de mirar, Charlie sab�a que Kurtz dibujaba su bonachona sonrisa, con lo que indicaba que semejante debilidad por parte de Charlie ser�a muy humana. Kurtz sigui�:
-�Y, ahora te dir�, Charlie, lo que se har�a en semejante caso. Tomar�amos una bonita casa en cualquier sitio, en una playa o en cualquier otro lugar agradable. En esto �ltimo no habr�a problema. Te proporcionar�amos compa��a, una compa��a parecida a la de estos muchachos que aqu� tenemos. Gente agradable, pero competente. Nos inventar�amos una excusa que explicara tu ausencia. Probablemente ser�a una excusa congruente con tu reputaci�n de mujer caprichosa y mudable, tal como una m�stica estancia en el Lejano Oriente.
Los gruesos dedos de Kurtz cogieron el viejo reloj de pulsera que ten�a sobre la mesa. Sin mirarlo, Kurtz lo levant� y se lo acerc� a seis pulgadas. Sintiendo tambi�n la necesidad de desarrollar una actividad, Charlie cogi� una pluma y comenz� a trazar rayas sin sentido en el bloc que ten�a ante s�.
-�Cuando hubieras pasado esta cuarentena no te abandonar�amos ni mucho menos. Te dar�amos unos cuantos consejos, te dar�amos un saco repleto de dinero, nos mantendr�amos en contacto contigo para tener la seguridad de que no cometes imprudencias, y tan pronto consider�semos que no hay peligro, te ayudar�amos a reanudar tu carrera y tus amistades. Esto ser�a lo peor que podr�a ocurrir, Charlie, y te lo digo con la idea de que quiz� albergues ideas un tanto alocadas acerca de las consecuencias de decirnos no, ahora o m�s tarde, y que pienses que vas a acabar muerta en un r�o, con un par de botas de cemento. No, nosotros no nos comportamos as�. Y con los amigos menos.
Ahora, Charlie segu�a dibujando. Traz� un c�rculo, y lo cruz� en diagonal con una raya recta, para convertirlo en macho. Charlie hab�a le�do algunas obras de divulgaci�n de psicolog�a que utilizaban este s�mbolo. De repente, igual que el hombre molesto de que le interrumpan, Joseph habl�. Pero la voz de Joseph, a pesar de su severidad, produjo un efecto de calidez y emoci�n en Charlie:
-�Charlie, no basta con que interpretes el papel del testigo silencioso y moh�no. Estamos hablando de tu futuro, un futuro peligroso. �Intentas quedarte ah� sentada, en silencio, y dejar que determinen tu futuro sin consultarte? �Di algo, Charlie!
Charlie traz� otro c�rculo. Otro macho. Hab�a o�do todo lo que Kurtz hab�a dicho, hab�a percibido todas las insinuaciones. Hubiera podido repetir todas las palabras de Kurtz, tal como hab�a repetido las de Joseph en la Acr�polis. Estaba alerta y con la mente dispuesta en grado sumo, como jam�s en su vida lo hab�a estado, pero todos los instintos de la astucia le dec�an que estuviera fr�a y reticente.
En voz apagada, como si no hubiera o�do a Joseph, Charlie pregunt�:
-��Y durante cu�nto tiempo se representar� la obra, Mart? Kurtz dio su peculiar interpretaci�n a la pregunta:
-�Bueno, supongo que lo que quieres preguntarme es qu� ser� de ti cuando la serie de representaciones termine, �no es eso?