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Los hombres de la guadaña

Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:

Cuando parecía que la vida de Louis y Angel, los amigos del ex policía Charlie Parker, había alcanzado cierta paz y estabilidad, surgen de pronto sombras de su turbio pasado deseosas de saldar cuentas pendientes. No cabe duda de que alguien quiere atentar contra sus vidas. Y, en esta ocasión, prefieren dejar al margen a Parker, que ha perdido su licencia de investigador privado y el permiso de armas y se gana la vida de camarero en un bar. A Louis no le queda más remedio que volver a ponerse en contacto con su viejo mentor, el enigmático Gabriel… A los quince años, Louis estaba al borde del abismo: había vengado la muerte de su madre y, acusado de asesinato, se encontraba en pleno interrogatorio cuando apareció Gabriel y le ofreció una vía de escape: formar parte de los temibles Hombres de la Guadaña. Ahora, Louis tendrá que librar junto a Angel una encarnizada lucha a vida o muerte.
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Louis cerró el sobre y abandonó la sala. Gabriel no lo siguió. No era necesario. Sabía que el chico se marcharía de aquel pueblo. En caso contrario, Gabriel se habría equivocado con él y de todos modos no le serviría. El dinero daba igual. Gabriel confiaba en su propio criterio. Recuperaría ese dinero con creces.

Tras salir en libertad, Louis regresó con su abuela a la cabaña del bosque. No hablaron, pese a que era una caminata de casi cuatro kilómetros. Cuando llegaron, Louis llenó una bolsa con ropa y algún que otro recuerdo de su madre -fotos, una o dos joyas que le había dejado-, y luego sacó doscientos dólares del sobre y escondió los billetes en distintos bolsillos, en una raja en la cinturilla del pantalón, y en uno de los zapatos. El resto lo dividió en dos montones, se metió el más pequeño en el bolsillo anterior derecho del vaquero y el otro volvió a guardarlo en el sobre. A continuación dio un beso de despedida a las mujeres que lo habían criado, entregó el sobre con los quinientos dólares a su abuela y recurrió al señor Otis para que lo llevara en su furgoneta a la estación de autobuses. Por el camino le pidió que hiciera sólo un alto. Aunque reacio a complacerlo, el señor Otis vio en el chico lo mismo que había visto Wooster, y también Gabriel, y comprendió que no debía contrariarlo, ni con aquello ni con ninguna otra cosa. Así que el señor Otis se detuvo nada más pasar el bar de Little Tom, ocultó la furgoneta entre los arbustos que flanqueaban la carretera y observó al chico encaminarse hacia el aparcamiento de tierra y perderse de vista.

El señor Otis empezó a sudar.

Little Tom alzó la vista del periódico abierto sobre la barra. No había clientes que lo distrajesen, todavía no, y por la radio daban un partido de fútbol. Le gustaban aquellos momentos de calma. Durante el resto de la noche serviría bebidas y charlaría de banalidades con sus clientes. Hablarían de deportes, del tiempo, de las relaciones de los hombres con sus mujeres (ya que en el bar de Little Tom las mujeres no importunaban, no más que los negros, y por eso el local era refugio de cierta clase de hombres). Little Tom entendía el papel que desempeñaba su bar: allí no se tomaban decisiones de gran trascendencia, ni se desarrollaban conversaciones de la menor importancia. No había altercados, porque Little Tom no los toleraría, ni borracheras, porque Little Tom tampoco las aprobaba. Cuando un hombre había consumido lo que Little Tom consideraba «suficiente», lo obligaba a seguir su camino aconsejándole que condujera con prudencia y evitara las discusiones al llegar a casa. Rara vez era necesaria la presencia de la policía en el local de Little Tom. Mantenía buenas relaciones con los patriarcas del pueblo.

Esto no obstaba para que, como muchos hombres que practicaban una versión pública y superficial de lo que consideraban una forma de vida razonable, Little Tom fuese un pedazo de animal, una criatura de apetitos violentos y soeces, sexualmente incontinente y rebosante de desprecio por todos aquellos distintos de éclass="underline" las mujeres, en particular las que se negaban a tocarlo a menos que hubiese dinero por medio; los judíos, aunque no conocía a ninguno; los creyentes de cualquier tendencia o credo liberal; los polacos, los irlandeses, los alemanes y los de cualquier nacionalidad que hablaran el inglés con acento o tuvieran apellidos que Little Tom no podía pronunciar fácilmente, y toda la gente de color sin excepción.

Y ahora, desde el umbral del bar, un joven negro miraba a Little Tom mientras él leía el periódico. Little Tom no sabía cuánto tiempo llevaba allí de pie aquel muchacho, pero fuera el tiempo que fuese, era demasiado.

– Sigue tu camino, chico -dijo Little Tom-. Este no es lugar para ti.

El chico no se movió. Little Tom se irguió y se dirigió hacia la trampilla de la barra, que estaba levantada. De paso, agarró el bate que guardaba debajo de la barra. Allí Little Tom tenía también una escopeta, pero supuso que al negro le bastaría con ver el bate.

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