Los hombres de la guadaña
- Автор: Коннолли Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:
Transcurridos un par de minutos, cambió ligeramente de postura. Se puso tenso y ladeó la cabeza, como un animal que presiente la proximidad de otro pero no ha decidido aún si representa una amenaza. Sabía que alguien lo observaba y que ya no era Wooster.
Gabriel se inclinó en el asiento, tocó el cristal y fue delineando con los dedos la cabeza, los pómulos y el mentón del chico, como un criador al verificar las cualidades de un purasangre. Sí, pensó, tienes el potencial para convertirte en lo que necesito.
Hay un Hombre de la Guadaña en ti.
Gabriel sabía que la gran mayoría de los hombres no eran asesinos natos. Si bien es verdad que muchos se creían capaces de matar, y era posible condicionar a hombres para ser asesinos, pocos nacían con esa capacidad innata para quitar la vida a otro. Se sabe, de hecho, que a lo largo de la historia muchos hombres en combate han demostrado un claro rechazo a matar, y algunos incluso se han negado a hacerlo cuando peligraba su propia vida, o la vida de sus compañeros. Se calcula que durante la segunda guerra mundial no más del quince por ciento de todos los fusileros norteamericanos en combate dispararon realmente sus armas contra el enemigo. Algunas disparaban a un lado o hacia arriba, si es que disparaban. Otros asumían tareas auxiliares tales como llevar mensajes, transportar munición e incluso rescatar a otros soldados heridos bajo el fuego, a veces corriendo un riesgo mucho mayor que el que habría representado quedarse en sus puestos y utilizar las armas. Dicho de otro modo, no era una cuestión de cobardía, sino consecuencia de una oposición innata en los humanos a matar a los de su propia especie.
Todo eso cambiaría, claro está, con las mejoras en el condicionamiento de los soldados para matar. Pero una cosa era el condicionamiento y otra encontrar al hombre para el que no hacía falta un condicionamiento. En momentos de miedo o ira, los seres humanos dejan de pensar con el prosencéfalo, que es, de hecho, el primer filtro intelectual contra el asesinato, y empiezan a pensar con el mesencéfalo, su faceta animal, que actúa como un segundo filtro. Si bien, según algunos, en esta etapa intervenía el mecanismo de «lucha o huida», el espectro de respuestas era en realidad mucho más complejo: luchar o huir era la última alternativa, una vez descartados el fingimiento o la sumisión.
La superación de ese segundo filtro era uno de los objetivos del condicionamiento, pero algunas personas carecían del filtro del mesencéfalo. Era el caso de los sociópatas, y la finalidad del condicionamiento era, en cierto sentido, crear un seudosociópata, uno al que pudiera controlarse, uno que obedeciera la orden de luchar y matar. El sociópata no obedecía órdenes y por tanto escapaba a todo control. Un soldado instruido de forma debida y condicionado era un arma en sí mismo. En ese proceso, lógicamente, se perdía algo bueno, quizás incluso la mejor parte del ser humano en cuestión: era la comprensión de que no existimos sólo como entidades independientes, sino que somos parte de un todo colectivo y cada muerte es una merma para ese todo y, por extensión, para nosotros mismos. En la instrucción militar, esa comprensión debía anularse, esa conciencia debía cauterizarse. El problema era que, como los primeros procedimientos quirúrgicos de la antigüedad, este proceso de cauterización se basaba en un conocimiento insuficiente de la mecánica del ser humano.
El miedo a la muerte o al daño físico no era la principal causa del colapso mental en combate: se había descubierto que éste, de hecho, se contaba entre los factores menos importantes. Tampoco lo era el agotamiento, aunque podía contribuir. Más bien era la carga de matar, y de matar de cerca y saber que era tu bala o tu bayoneta la que había puesto fin a una vida. En la marina no se daban bajas psiquiátricas en igual medida ni mucho menos. Tampoco entre los pilotos de bombardero que descargaban a gran altura sobre ciudades que quizás estuvieran, desde su lejana posición, totalmente deshabitadas. La diferencia estribaba en la proximidad, en la, a falta de una palabra mejor, intimidad. Hablamos de la muerte oída y olida y saboreada y palpada. Hablamos de enfrentarse a la agresividad y la hostilidad de otro dirigidas por entero contra uno mismo, y de reconocer a la vez la propia agresividad y el propio odio.
Hablamos de tomar conciencia de que uno se ha convertido, potencialmente, tanto en víctima como en verdugo. Hablamos de negar la propia humanidad y la humanidad de los otros.
Aquel chico, Louis, era especiaclass="underline" un individuo que había respondido a un estímulo hostil con el prosencéfalo, abordando la amenaza como un problema que resolver. No se trataba sin más de que se hubiese superado el segundo filtro, el mesencéfalo; más bien la cuestión era, se preguntó Gabriel, si siquiera se había llegado a esa etapa. Aquello había sido un asesinato premeditado, a sangre fría. Indicaba un considerable potencial. La dificultad, desde el punto de vista de Gabriel, residía en la distancia física respecto al propio asesinato que había mantenido el chico. Gabriel comprendía la relación entre proximidad física y el trauma de matar. Era más difícil matar a alguien de cerca con una navaja que dispararle de lejos con un rifle de mira telescópica. Análogamente, la duración de la sensación de euforia que con frecuencia acompañaba a un asesinato era menor cuanto más cerca estaba el asesino de su víctima, ya que en esta situación la culpabilidad estaba tan cerca como el cadáver. Gabriel sabía incluso de soldados que reconfortaron al hombre cuya vida habían quitado mientras agonizaba, susurrándole disculpas.