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Los hombres de la guadaña

Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:

Cuando parecía que la vida de Louis y Angel, los amigos del ex policía Charlie Parker, había alcanzado cierta paz y estabilidad, surgen de pronto sombras de su turbio pasado deseosas de saldar cuentas pendientes. No cabe duda de que alguien quiere atentar contra sus vidas. Y, en esta ocasión, prefieren dejar al margen a Parker, que ha perdido su licencia de investigador privado y el permiso de armas y se gana la vida de camarero en un bar. A Louis no le queda más remedio que volver a ponerse en contacto con su viejo mentor, el enigmático Gabriel… A los quince años, Louis estaba al borde del abismo: había vengado la muerte de su madre y, acusado de asesinato, se encontraba en pleno interrogatorio cuando apareció Gabriel y le ofreció una vía de escape: formar parte de los temibles Hombres de la Guadaña. Ahora, Louis tendrá que librar junto a Angel una encarnizada lucha a vida o muerte.
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– ¿Y ahora qué? -preguntó Ángel.

– Iremos a ver a Hoyle otra vez, y luego mataré a Leehagen. De lo contrario esto no acabará nunca.

– ¿Lo haces por ti o por Gabriel?

– ¿Eso importa? -contestó Louis.

Y si en ese momento Gabriel hubiera estado allí presente, habría visto algo del antiguo Louis, aquel a quien él había dado vida a fuerza de atención y paciencia, algo que emitía un siniestro resplandor.

Benton llamó desde una cabina de Roosevelt Avenue.

– Ya está -anunció.

Le dolían la muñeca y el hombro, y estaba seguro de que éste le sangraba otra vez. Se lo notaba húmedo y caliente. No debería haberse prestado a disparar contra el viejo, no después de las heridas recibidas en el taller, pero estaba furioso y deseaba compensar su fracaso anterior.

– Bien -dijo Michael Leehagen-. Ya puedes volver a casa.

Colgó el teléfono y recorrió el pasillo hasta la habitación donde dormía su padre. Michael lo contempló por unos minutos, pero respetó su sueño. Le comunicaría lo sucedido cuando despertara.

Michael ignoraba quién era en realidad el anciano. Ballantine había hablado de él de una manera muy vaga. Bastaba con saber que había intervenido en el asesinato de su hermano y que acababa de reunirse con Louis, el responsable directo de la muerte de su hermano. El atentado contra su vida sería un incentivo más para que Louis devolviera el golpe, una razón más para que viajara al norte. Por fin, Michael había empezado a entender el razonamiento de su padre: la sangre pedía sangre, y debía derramarse allí donde yacía su hermano, que aún no descansaba en paz. Seguía pensando que su padre sobre-valoraba la amenaza potencial que representarían Louis y su compañero una vez atraídos al norte, y que no había necesidad de involucrar al tercero, el cazador, el tal Ventura, pero fue imposible disuadir a su padre, y Michael había abandonado la discusión incluso antes de empezar. Daba igual. Era el dinero de su padre y, en último extremo, la venganza de su padre. Michael se avendría a los deseos del anciano, porque lo quería mucho, y cuando muriera, todo lo que en su día fue de él pasaría a manos de su hijo.

Por más que Michael Leehagen fuese un rey en ciernes, era leal al viejo soberano.

11

Ángel y Louis se presentaron en el edificio de Hoyle sin previo aviso. Simplemente entraron en el vestíbulo al final del día y pidieron a un miembro del servicio de seguridad que informase a Simeon de que el señor Hoyle tenía visita. El vigilante no pareció alarmarse por la solicitud. Ángel supuso que como Hoyle residía en el edificio, y además era reacio a enfrentarse con el mundo en las condiciones impuestas por éste, los vigilantes se habían habituado al tráfico humano a horas intempestivas.

– ¿Qué nombre doy? -preguntó el vigilante.

Sin contestar, Louis se colocó bajo la lente de la cámara más cercana, y mostró claramente el rostro.

– Creo que ya sabrá quiénes somos -dijo Ángel.

El vigilante avisó por el intercomunicador. Pasaron tres minutos. Una mujer atractiva con una ajustada falda negra y blusa blanca cruzó el vestíbulo y echó a Louis una mirada ponderativa. Casi de manera imperceptible, excepto para Ángel, Louis cambió de postura.

– Te has pavoneado -afirmó Ángel.

– No creo.

– Sí, te has erguido. Te las has dado de hetero. Te has deshomose-xualizado.

La puerta del ascensor privado se abrió en el vestíbulo y el vigilante les indicó que entraran. Se dirigieron hacia allí.

Louis se encogió de hombros.

– A un hombre le gusta que lo valoren.

– Creo que estás confuso sobre tu sexualidad.

– Tengo buen ojo para la belleza -dijo Louis. Tras un breve silencio, añadió-: Y ella también.

– Ya -convino Ángel-. Pero nunca te querrá tanto como te quieres tú.

– Es una cruz -respondió Louis mientras se cerraban las puertas. -A mí me lo vas a contar.

Cuando llegaron al ático de Hoyle, en el recibidor sólo los esperaba Simeon. Vestía pantalón negro y camisa negra de manga larga. Esta vez llevaba el arma bien visible: una Smith & Wesson 5906, enfundada en una pistolera Horseshoe.

– ¿Hecha a medida? -preguntó Louis.

– Maryland -contestó Simeon-. Hice limar los salientes.

Extrajo la pistola con suavidad y rapidez y la sostuvo en alto para que vieran los contornos rebajados de las miras delantera y trasera, la palanca del cargador, la guarda del gatillo y el percutor. La exhibición supuso un sorprendente gesto de vanidad por parte de Simeon -hasta el punto de que Ángel jamás habría esperado algo así de un hombre como él-, y una advertencia: habían llegado sin cita previa, y a altas horas. Simeon los trataba con cautela.

Enfundó la pistola y, sin poner especial atención, los registró con la varita. Después los acompañó de nuevo al salón con vistas a la piscina. Esta vez las ondas creaban en la pared un dibujo distorsionado e irregular, y Ángel oyó que alguien nadaba. Se acercó al cristal y vio a Hoyle surcar el agua en estilo mariposa.

– ¿Nada mucho? -preguntó a Simeon.

– Por la mañana y por la noche -contestó Simeon.

– ¿Alguna vez permite que alguien utilice la piscina?

– No.

– Imagino que no es de los que comparten.

– Comparte información -dijo Simeon-. La comparte con ustedes.

– Sí, es todo un pozo de conocimientos.

Ángel se volvió y se reunió con Louis junto a la misma mesa en torno a la que se habían sentado con Hoyle días antes esa misma semana. Simeon permaneció de pie no muy lejos, desde donde podía verlos y dejarse ver.

– ¿Cómo es que trabaja para ese hombre? -preguntó Louis por fin. El chapoteo en la piscina había cesado-. Para el talento que usted tiene, no puede ser un gran desafío estar aquí encerrado todo el día con alguien que rara vez sale a la calle.

– Paga bien.

– ¿Eso es todo?

– ¿Ha estado en el ejército?

– No.

– Entonces no lo entendería. Pagar bien compensa muchos pecados.

– ¿Tiene su jefe muchos pecados que compensar?

– Tal vez. A fin de cuentas, todos somos pecadores.

– Supongo. Aun así, con o sin pecados, esas aptitudes adquiridas en la infantería de marina se oxidarán.

– Me ejercito.

– No es lo mismo.

Ángel advirtió un ligero respingo en Simeon.

– ¿Insinúa que quizá tenga que usarlas pronto?

– No. Sólo digo que es fácil dar por sentadas esas cosas. Si uno no se mantiene en plena forma, puede no encontrarlas a mano cuando las necesita.

– No lo sabremos hasta que llegue el día.

– No, no lo sabremos.

Ángel cerró los ojos y suspiró. Había en el salón testosterona suficiente como para dejar calva una peluca. Estaban a un paso de echarse un pulso. En ese momento entró Hoyle. En albornoz blanco y zapatillas de andar por casa, se secaba el pelo con una toalla, aunque lo hacía con los ubicuos guantes blancos.

– Me alegro de que hayan vuelto -dijo-. Aunque habría preferido que fuese en circunstancias más propicias. ¿Cómo está su… -buscó la palabra para referirse a Gabriel y por fin eligió-: «amigo»?

– Herido de bala -contestó Louis sin más.

– Eso tengo entendido -dijo Hoyle-. No obstante, agradezco que me lo confirme.

Tomó asiento frente a ellos y entregó la toalla húmeda a Simeon, que se esforzó por disimular su irritación al verse reducido al rango de mozo de piscina delante de Louis.

– Supongo que el motivo por el que están aquí es el atentado contra Gabriel. Leehagen está provocándolo a usted, además de castigar a quienes responsabiliza de la muerte de su hijo.

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