Los hombres de la guadaña
- Автор: Коннолли Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:
Pero eso sucedió después. De momento enfiló al oeste y no se detuvo hasta que vio y olió el mar. Encontró un sitio donde vivir y trabajar, y allí aguardó la llegada de los hombres.
10
Louis llegó temprano a su cita con Gabriel en el bar de Nate. No le gustaba llegar antes de hora a encuentros de esa clase. Prefería que los demás lo esperaran a él, consciente de las ventajas psicológicas que podían obtenerse incluso en los encuentros más aparentemente inocuos. Habría podido pensarse que tales precauciones no serían necesarias en una reunión entre Gabriel y él, ya que se conocían desde hacía muchos años, pero los dos hombres tenían plena conciencia de lo difícil que era su relación. No eran iguales, y aunque Gabriel había sido una figura paterna para Louis más que cualquier otro hombre en su vida, tomándolo bajo su ala cuando era aún adolescente, enseñándole a sobrevivir en el mundo mediante el perfeccionamiento de sus propias habilidades naturales, los dos sabían por qué lo había hecho. Si uno veía los instintos de Louis como una forma de corrupción, su predisposición al uso de la violencia, hasta el punto del asesinato, como una debilidad moral más que fortaleza de carácter, Gabriel había explotado esa corrupción, ahondándola y realzándola a fin de convertir a Louis en un arma que poder esgrimir de forma eficaz contra otros. Louis no era tan ingenuo como para creer que, de no haber conocido a Gabriel, habría podido salvarse de sí mismo. Sabía que, si Gabriel no hubiese entrado en su vida, probablemente ya estaría muerto, pero había pagado un precio por la salvación ofrecida. Cuando Louis, el último de los Hombres de la Guadaña, se alejó de Gabriel, lo hizo sin lamentarse y sin volver la espalda, y durante muchos años se mantuvo alerta, a sabiendas de que había quienes tal vez preferirían silenciarlo para siempre, y que acaso Gabriel fuera uno de ellos.
El viejo había formado parte de la vida de Louis durante más tiempo que cualquier otra persona, sin contar a las pocas mujeres aún con vida de su familia, e incluso a ellas las mantenía a distancia y, para acallar su propia conciencia, se aseguraba de que no les faltase dinero, aun cuando se daba cuenta de que tenían poca necesidad de lo que les enviaba y de que sus regalos eran más para su paz de espíritu que la de ellas. Gabriel, en cambio, había estado presente desde los últimos años cruciales de su adolescencia y luego en su vida adulta, hasta que Louis cortó los lazos. Ahora volvían a estar juntos, uno en la mediana edad, el otro en el ocaso de la vida. Se habían visto envejecer, y resultaba extraño pensar que, cuando se conocieron, Gabriel era más joven que Louis ahora.
Louis miró su reloj. En esta ocasión lamentaba especialmente llegar antes de hora, porque no estaba de humor para esperar. Sintió crecer la tensión dentro de él, pero no hizo nada por disiparla. Comprendió que se debía a la expectación. Louis sabía que se avecinaban conflictos y violencia, y su cuerpo y su mente se preparaban para ello. La tensión formaba parte de eso, y era buena. Habían llegado a su fin los meses de normalidad, de indolencia, de vida corriente. Pese a que Ángel y él habían viajado a Maine ese año, un tiempo antes, para ayudar a Parker con el vengador, Merrick, apenas se habían requerido sus servicios especializados, y él había regresado a Nueva York frustrado y decepcionado. Habían sido guardaespaldas con pretensiones, nada más. Ahora Ángel y él estaban bajo amenaza, y él se preparaba para responder. Lo que lo inquietaba era que no se había formado aún una imagen clara de esa amenaza. Por eso estaba allí, esperando en el viejo bar no lejos del taller de Willie Brew. Gabriel había prometido aclararle y confirmarle la información ofrecida por Hoyle, y Gabriel, cualesquiera que fueran sus defectos, no era hombre que incumpliera sus promesas.
La entrada de servicio del fondo del bar se abrió con un leve chirrido, y Gabriel entró. A petición de Louis, no se había echado el pestillo de la puerta, y Nate los dejó solos en el bar, por lo demás vacío. Nate sabía que no debía molestarlos. El bar era otro de los negocios en que Louis participaba como socio capitalista, un lugar donde reunirse y guardar algunos objetos esenciales por si algún día tenía necesidad de esconderse: dinero, una pequeña cantidad de diamantes y krugerrands, una pistola y munición. Los tenía en una caja cerrada con llave dentro de una caja fuerte detrás de los estantes del despacho de Nate, y sólo Louis sabía la combinación. Mantenía nidos como ése en cinco sitios distintos por todo Nueva York y Nueva Inglaterra, dos de los cuales, ése incluido, ni siquiera los conocía Ángel.
Gabriel se sentó e hizo una seña a Nate para que sirviera un café. No cruzaron palabra hasta que la taza llegó y volvieron a quedarse solos. Gabriel tomó un sorbo, con el meñique cuidadosamente apartado del asa. El viejo, pensó Louis, siempre respetaba los pequeños detalles de la vida civilizada, aun cuando estuviera organizando las cosas para que hombres y mujeres fueran barridos de la faz de la tierra.
– Cuéntame -dijo Louis.
Gabriel, inquieto, cambió de posición.
– Ballantine desapareció el día doce. Lo investigaba la SEC, la comisión encargada de la supervisión de la Bolsa y los mercados financieros. Sus activos estaban a punto de inmovilizarse. Por lo visto, alguien denunció el tráfico de información privilegiada en empresas dirigidas por Ballantine. Se enfrentaba a varias acusaciones. Se pensó que se había escondido, o que había huido a otra jurisdicción.
– ¿Hay alguna prueba que indique lo contrario?
– Tiene mujer y tres hijos. Los interrogaron y parecían sinceramente incapaces de explicar su ausencia. No se ha puesto en contacto con ellos. Encontraron su pasaporte en el escritorio de su casa. Tenía una caja fuerte en el suelo de un armario. Su mujer no sabía la combinación, o eso dijo. Se consiguió una orden judicial para abrirla. Contenía cerca de cien mil dólares en efectivo y casi el doble de esa cantidad en títulos negociables.
– No es la clase de chucherías que dejaría atrás un fugitivo.
– No, y menos un cabeza de familia tan formal como el señor Ballantine.
Las palabras de Gabriel destilaron sarcasmo como veneno de serpiente.
– ¿Demasiado limpio para estar limpio?
– Tenía una casa en los Adirondacks a nombre de una de sus compañías. Un sitio donde entretener a clientes, cabe suponer. Y donde le entretuviesen también a él.
– ¿Has encontrado a quien lo entretenía?
– Una prostituta. De alto nivel. Le recomendaron que permaneciera callada, aunque la verdad es que sabía bien poco. Llegaron unos hombres. Se llevaron a Ballantine. La dejaron a ella.
– ¿Tú ya sabías que él había desaparecido cuando te pedí que hicieras indagaciones?
Gabriel le sostuvo la mirada, pero fue un gesto postizo.
– No me mantengo al día sobre las actividades de mis antiguos clientes.
– Eso es mentira.
Gabriel se encogió de hombros.
– No del todo. Algunos continúan en el radar por buenas razones, pero de otros me desentiendo. Ballantine no me interesaba. Era un intermediario, nada más. Me utilizó. De vez en cuando también yo lo utilicé a él, pero lo mismo hicieron otros muchos. Tú precisamente deberías saber cómo van estas cosas.
– Exacto. Por eso intento ver cuánto me ocultas.
Por primera vez desde su llegada, Gabriel sonrió.
– Todos necesitamos secretos. Incluso tú.
– ¿Kandic era uno de los tuyos?
– No. Cuando me dejaste, perdí el interés en esos asuntos. Ahora hay una nueva raza de contratistas independientes, algunos de ellos veteranos de los conflictos en Chechenia y Bosnia. Son criminales de guerra. La mitad huye de las Naciones Unidas, la otra mitad de su propio pueblo. Kandic huía de los dos. Era ex miembro de los Escorpiones, una unidad de la policía serbia vinculada a las atrocidades en los Balcanes, pero, por lo que se ve, ya tenía una historia que esconder mucho antes de matar a viejos en Kosovo. Cuando se volvieron las tornas, entregó a sus propios camaradas a los musulmanes y se vino para aquí. Todavía no he podido averiguar el canal por el que lo contrató Hoyle.