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En el otro viento [The Other Wind - es]

Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:

Al hechicero Aliso le aterra conciliar el sueño, pues hacerlo significa trasladarse a la tierra de los muertos para encontrarse con su esposa. Ella falleció muy joven y desea tanto regresar a él que lo besó a través del bajo muro de piedra que separa nuestro mundo de la Tierra Seca, donde la hierba está marchita, las estrellas, siempre quedas, y los amantes se cruzan sin reconocerse. Cada noche, los muertos atraen a Aliso hacia ellos para, a través de él, liberarse e invador Terramar.
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
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—El rostro descubierto —murmuró Seserakh en kargo. Y luego en hárdico, con aire pensativo, casi imperceptiblemente—: No tiene miedo.

Cerró sus velos y se quedó allí sentada, sin rasgos, inmóvil.

Las largas costas de Havnor seguían azules detrás de ellos. El Monte Onn flotaba impreciso y alto en el norte. Las columnas negras de basalto de la Isla de Omer se elevaban sobre el lado derecho del barco mientras éste atravesaba los Estrechos de Ebavnor hacia el Mar Interior. El sol estaba radiante, el viento fresco, otro día con buen clima. Todas las mujeres estaban sentadas debajo del toldo de lona que los marineros habían amañado para ellas junto al camarote de popa. Las mujeres traían buena suerte en un barco, y los marineros se desvivían por proporcionarles pequeñas e ingeniosas comodidades y facilidades. Porque los magos podían traer buena suerte o, de igual manera, mala suerte a un barco, los marineros también los trataban muy bien; su toldo fue amañado en un rincón del alcázar, desde donde tenían una muy buena vista. Las mujeres tenían cojines de terciopelo sobre los que sentarse (proporcionados por la previsión del Rey, o la de su mayordomo); los magos tenían bolsas de lona, que les iban también muy bien.

Aliso se encontró siendo tratado y considerado como uno de los magos. No podía hacer nada al respecto, aunque se sentía un poco avergonzado por si Ónix y Seppel llegaban a pensar que estaba atribuyéndose igualdad ante ellos, y también le preocupaba porque ahora ya ni siquiera era un hechicero. Su don había desaparecido. No tenía ninguna clase de poder. Lo reconocía con tanta certeza como hubiera reconocido la pérdida de su vista, la parálisis de su mano. Ahora no hubiera podido recomponer un cántaro roto, a menos que fuera con pegamento; y lo hubiera hecho mal, porque nunca había tenido que hacerlo.

Y además del arte que había perdido había algo más, algo más grande que el arte, que había desaparecido. Su pérdida lo dejaba, tal como lo había hecho la muerte de su esposa, en medio de un vacío en el que no existía ni existiría nunca ninguna alegría ni nada nuevo. Nada podía suceder, nada podía cambiar.

Puesto que no había sido consciente de aquel aspecto más importante de su don hasta que lo hubo perdido, meditaba sobre él, preguntándose cuál sería su naturaleza. Era como saber el camino que debía seguir, pensaba, como saber cuál era la dirección que debía tomar para llegar a casa. No era algo que uno pudiera identificar ni algo sobre lo que pudiera decirse demasiado, sino una conexión de la que dependía todo lo demás. Sin ella se sentía desolado. Era un inútil.

Pero al menos no hacía daño. Sus sueños eran fugaces, irrelevantes. Nunca lo llevaban a aquellos tristes páramos, la colina de hierba muerta, el muro. No había voces que lo llamaran desde la oscuridad.

Pensaba a menudo en Gavilán, deseando poder hablar con éclass="underline" el Archimago que había gastado todo su poder y que, habiendo sido grande entre los grandes, vivía ahora su vida en la pobreza y en la indiferencia. Sin embargo, el Rey deseaba ardientemente demostrarle su honor; de modo que la pobreza de Gavilán era por elección. Tal vez, pensó Aliso, los ricos y los plebeyos importantes no hubieran tenido compasión con un hombre que hubiera perdido su verdadera riqueza, su camino.

Ónix lamentaba claramente haber dejado que Aliso hiciera aquel trato o acuerdo. Siempre había sido muy cortés con Aliso, pero ahora lo trataba con respeto y reparos, mientras que su comportamiento con el mago de Paln se había vuelto un poco distante. El propio Aliso no sentía resentimiento alguno hacia Seppel y no desconfiaba de sus intenciones. Los Antiguos Poderes eran los Antiguos Poderes. Uno los utilizaba asumiendo el riesgo. Seppel le había dicho lo que tendría que pagar, y él lo había aceptado. No había entendido exactamente lo caro que iba a ser ese precio; pero eso no era culpa de Seppel. Era suya, por no haberle atribuido nunca a su don el valor del que era merecedor.

De modo que allí estaba, sentado con los dos magos, pensando en sí mismo como en una moneda falsa comparada con el oro de los otros dos, pero escuchándolos con toda su mente; porque ellos confiaban en él y hablaban abiertamente, y su conversación le ofrecía una educación con la que nunca había soñado siendo hechicero.

Sentados allí, a la clara y brillante sombra del toldo de lona, hablaban de un trato, un trato más grande que el que él había hecho para acabar con sus sueños. Ónix dijo más de una vez las palabras del Habla Antigua que Seppel había pronunciado en el tejado: Verw nadan. Mientras hablaban, poco a poco Aliso sacó la conclusión de que el significado de aquellas palabras era algo así como una elección, una división, que hacía dos cosas de una. Hacía mucho, mucho tiempo, antes de que existieran los Reyes de Enlad, antes de que se escribiera en hárdico, tal vez antes de que existiera la lengua hárdica, cuando solamente existía el Lenguaje de la Creación, parecía que la gente había hecho una especie de elección, había renunciado a un gran poder o posesión para ganar otro.

La conversación que tenían los magos acerca de este tema era difícil de seguir, no tanto porque escondieran algo sino porque ellos mismos buscaban a tientas cosas perdidas en el turbio pasado, en la época anterior a la memoria. Las palabras del Habla Antigua llegaban a su conversación por necesidad, y a veces Ónix hablaba todo el tiempo en esa lengua. Pero Seppel solía contestarle en hárdico. Seppel era parco en las palabras de la Creación. Una vez levantó su mano para evitar que Ónix siguiera hablando y, ante la mirada de sorpresa y de duda del mago de Roke, dijo suavemente: —Las palabras de conjuro actúan.

Alcatraz, el maestro de Aliso, también había llamado a las palabras del Habla Antigua palabras de conjuro. «Cada una es una acción de poder —le había dicho—. La palabra verdadera hace que la verdad sea.» Alcatraz había sido tacaño con las palabras de conjuro que conocía, pronunciándolas únicamente cuando era necesario, y cuando escribía cualquier runa que no fuera una de las más comunes que se solían escribir en hárdico, la borraba casi al mismo tiempo que la terminaba. Muchos hechiceros eran igualmente cuidadosos, ya fuera para guardar su conocimiento para sí mismos o porque respetaban el poder del Lenguaje de la Creación. Incluso Seppel, mago como era, con un conocimiento y un entendimiento mucho más amplios de esas palabras, prefería no utilizarlas en su conversación, sino limitarse al lenguaje común que, aunque admitiera mentiras y errores, también permitía incertidumbre y retractación.

Tal vez ésa había sido parte de la gran elección que los hombres habían hecho en tiempos remotos: renunciar al conocimiento innato del Habla Antigua, la cual compartieron alguna vez con los dragones. ¿Sería eso lo que habían hecho, se preguntaba Aliso, para tener una lengua propia, una lengua adecuada para la humanidad, con la que pudieran mentir, engañar, estafar e inventar maravillas que nunca habían existido y que nunca existirían?

Los dragones no hablaban otra lengua que no fuera el Habla Antigua. Sin embargo, siempre se decía que los dragones mentían. ¿Sería así?, se preguntó. Si las palabras de conjuro eran palabras verdaderas, ¿cómo podría utilizarlas un dragón para mentir?

Seppel y Ónix habían llegado a una de las largas, relajadas, y reflexivas pausas de su conversación. Al ver que Ónix estaba, de hecho, al menos medio dormido, Aliso le preguntó al mago de Paln en voz muy baja: —¿Es cierto que los dragones pueden mentir con las palabras verdaderas?

El hombre de la isla de Paln sonrió. —Ésa, decimos nosotros en Paln, es la misma pregunta que Ath le hizo a Orm hace mil años, en las ruinas de Ontuego. «¿Puede mentir un dragón?», preguntó el mago. Y Orm respondió: «No». Y luego respiró sobre él, quemándolo hasta convertirlo en cenizas… Pero ¿vamos a creernos la historia, teniendo en cuenta que el único que pudo haberla contado es Orm?

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