Conquista salvaje
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:
– Frida -dijo una noche Lunder, dirigiéndose a su esposa en la intimidad de su alcoba-. He dejado pasar muchos días sin hablarte respecto a la carta que me envió Mateo Sandoval… El asunto es demasiado serio y necesitaba reflexionar.
– ¿Y bien?
– Mira; te pido antes que nada que olvides tus prevenciones y recelos contra la vida que elegimos, pues ahora se trata de nuestro porvenir y el de Blanca. Pero lee la carta… Ahí está…
Frida, sin responder, tomó la carta y extendió el arrugado papel bajo la luz de la lámpara. Trabajosamente fue deletreando los trazos duros de aquella lengua que nunca pudo comprender enteramente.
“Lunder: Durante dos días “he soportado en la población a su curita. ¿Acaso lo mandó usted? Porque Bernabé no necesita ya de él y nosotros tampoco… Bernabé ha muerto pero nosotros en cambio no ¡recuérdelo!; y voy derecho al asunto. Usted ya hizo lo suyo, ahora me toca a mí. Por última vez le exijo, entiéndame bien, que me entregue a ese maldito paisano o iré a sacárselo yo. También por última vez le ofrezco mi apoyo para asociarnos y explotar juntos nuestras tierras. Respecto a Blanca, quiero que sea mi mujer y no pararé hasta lograrlo… Tiene dos meses para pensarlo. Como socio y como yerno estaré a su lado para todo; como enemigo le voy a resultar bastante molesto. Por empezar le advierto que hasta que usted no me dé su palabra de aceptación no pasará por mis tierras ni una sola carreta suya, ni un solo hombre suyo. Esos caminos estarán cerrados desde hoy para usted. Atacaré sin piedad a quien cruce en su nombre los campos de la Compañía y esos campos llegan a las montañas y los bosques ¿lo sabe, no? Es inútil que venga el curita a visitarme. Durante dos meses estaré esperando su palabra. Hasta entonces. Sandoval.”
– ¿Qué opinas? -inquirió Lunder cuando su esposa hubo pronunciado el nombre de su enemigo. Pero ella se había sentado casi desfallecida sobre el lecho.
– ¡Es terrible! -exclamó al fin-. ¿Qué irá a ocurrir, Dios mío?
– Como amenaza significa que el camino a Comodoro o Colonia Sarmiento hay que hacerlo por el San Bernardo, cosa imposible hasta el verano. Sandoval, dueño del Paso, nos tiene como contra una pared… pero lo peor es lo que se refiere a Blanca.
– ¿Desde cuándo tiene tanto interés por ella? -se preguntó Frida sintiendo renacer su reserva ante la actitud de su hija en la noche que la sorprendiera regresando del paseo inexplicable.
Lunder contestó vacilante.
– Desde cuándo maldito si lo sé; pero ya me habló de ello el día que peleamos aquí mismo…
– ¡Ah!…
– ¿Por qué me preguntas eso? ¿Crees que Blanca pueda sentir algo por él?
– Si siente algo por él o no, no podría decirlo, pero que ella oculta algo, sí. Blanca sabe callar muy bien cuando quiere.
– ¿Qué imaginas tú? -preguntó extrañado Lunder.
– Que Blanca esconde algo, naturalmente; tú no lo has notado porque desde tu pieza se te escapan muchas cosas, pero ella está muy cambiada últimamente -aseguró Frida.
– Supongo que la habrás hablado… -dijo Lunder inquieto.
Frida se levantó y respondió paseándose nerviosa:
– No es tan sencillo, Whilem. Ya conoces a tu hija. Es terca cuando se empeña… He hablado con ella, pero sin ningún resultado…
– ¡Pues entonces nada más digamos de esto hasta no saber qué pasa! -exclamó el enfermo-. Mañana habré de averiguarlo personalmente…
Pero pasaría algún tiempo antes que el padre de Blanca hablase con ella como era su intención. Los cuidados del campo y su salud, tan quebrantada últimamente, le habían arrebatado mucha de su decisión, y fueron pasando los días sin realizar su propósito.
– ¡Ojalá sea así! y te diré que casi sería una solución que aceptase a Sandoval. ¡Si realmente la quiere todo puede arreglarse al fin! Ella va necesitando un hombre a su lado y aquí no hay otro mejor… así es el lugar que a ti te encanta…
– No faltan hombres honrados, cosa que jamás llegará a ser ese canalla de Sandoval… -replicó con energía Lunder-. Y no te alarmes demasiado por lo que Blanca pueda hacer… Nos quiere mucho y hará siempre lo correcto. En ese sentido no me preocupo… tengo fe en ella.
4
En aquella misma hora y bien lejana por cierto de imaginar la pasión de Sandoval y el dilema de sus padres, Blanca vivía su misterioso romance teniendo a la noche por amable cómplice. Habituada desde la cuna a los serenos fríos de las noches patagónicas, buscaba junto a Llanlil, ambos envueltos en los ponchos cuyos amplios pliegues les daban aspecto de togas, el recodo del río sosegado, donde el rústico asiento improvisado con un tronco caído, les ofrecía refugio para sus interminables coloquios. Marchaban en su busca sobre la nieve apenas licuada que, bañada por la luna, devolvía una claridad lechosa y fantasmal. Sobre sus cabezas el cielo en parte invadido de nubes bajas, resplandecía como siempre en su multitudinario centelleo de estrellas. Hacia el sur, las cuatro gemas encendidas de la cruz homónima, fulguraban cual si la luz tocase tímidamente la obscura línea del lejano horizonte, donde el mundo se hundía entre los hielos eternos del polo, absorbiendo ávidamente su chisporroteo sideral.
– Llegamos, Llanlil -dijo Blanca, sintiéndose levemente fatigada por la caminata-. Cansa andar sobre la nieve ¿verdad?
– Tal vez -respondió él-. Sin embargo, a mí me gusta… cubre la tierra como si fuera un gran quillango blanco. Además se me parece…
– No te entiendo.
– Es fría por fuera, pero la sangre de la tierra corre alegremente bajo su abrigo, ¿No ves cómo en primavera devuelve más rojas las flores y más verdes las praderas?
– Eres un poeta, Llanlil… -dijo ella.
– Ahora soy yo el que no entiende.
– No importa. ¡Ven! Siéntate junto a mí. Así, de pie me intimidas. Pareces el genio de la raza ¿cómo se llama?… que arrebata a las doncellas alejadas de la ruca de sus padres…
– Pillán… ¿De verdad crees en las historias que te cuento?
Blanca respondió simplemente.
– ¿Por qué no? Mis padres vienen de una tierra llena también de leyendas mágicas. Ellos no las toman muy en serio, por supuesto.
Llanlil meneó la cabeza y respondió con gravedad.
– Hace mucho tiempo, antes que llegaran los blancos los abuelos contaban viejas historias; ahora mi gente ya las “ha olvidado…
– ¿Y cómo entonces tú sabes tantas?
– Ríete si quieres, pero las aprendí con los blancos de las misiones… ellos las escribían en libros y allí quedaban prisioneras como arañitas de los bosques.
– Roque también sabe historias muy bonitas -afirmó Blanca- y las cuenta muy bien…
Quedaron en silencio, mirando al río que cantaba entre las piedras. Las aguas heladas arrastraban en su corriente láminas de escarcha que se deshacían a veces al chocar contra las rocas. El río había descendido de nivel y en las orillas asomaban las raíces de los árboles que inclinaban sus ramas secas como dedos descarnados queriendo atajar el paso del agua.
Blanca se oprimió contra el hombre, murmurando:
– Llanlil, ¿qué haremos? Mi madre sospecha de mí.
– Tú lo sabes, Huanguelén. Deja que hable con el padre… él me comprenderá y nos ha de ayudar.
– ¿Y si no ocurre así? ¿Y si pretenden separarnos?
– Si no dejas de quererme, Huanguelén ¡que hagan lo que quieran! -dijo Llanlil resueltamente-. La pampa es grande y tendrá un lugar para nosotros. ¿O es que el miedo te hace temblar ahora?
Blanca contestó con el único lenguaje que el enamorado no rechaza jamás. Alzando su rostro hasta el de Llanlil selló la boca enérgica con un beso apasionado. En los ojos de él brilló el fuego de su temperamento cálidamente viril y contestó a la caricia oprimiendo los suyos ávidamente contra la boca fresca de la muchacha. Toda inquietud desapareció en los dos dando paso a los impulsos del sentimiento. Esfuerzo le costó a Blanca volver a la calma y urgir a Llanlil a regresar. Como les ocurriera en otras ocasiones, nadie los vio acercarse y los amantes recorrieron la alameda sumergidos en ese íntimo diálogo en que los ojos dicen las inefables palabras sin sentido aparente, pero que han movido a la humanidad a través del dolor y de la muerte, para obtener al fin la renovada victoria encerrada en un breve chispazo de amor, como una centelleante manifestación de la vida. Luego se separaron y Llanlil, incapaz de esconder en la obscuridad limitada de un cuarto la gloria de los besos que todavía ardían en su boca, volvió sobre sus pasos, internándose en la alameda.