El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]
- Автор: Саймак Клиффорд Д.
- Год: 1964
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- Переводчик: Francisco Cazorla Olmo
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
Blaine le esquivó de lado; pero una de las manos de Grant, como una garra, le sujetó por el hombro, cogiéndole por la camisa El zarpazo hizo que Blaine perdiera momentáneamente el equilibrio y en seguida el tejido se rajó de arriba a abajo, quedando en manos de Grant una larga tira de la camisa. Grant volvió nuevamente a la carga como un toro furioso, surgiendo un alarido salvaje de su garganta. Blaine, con los pies bien sujetos al suelo, le lanzó los puños con rápida precisión, alcanzándole de lleno en el pecho y en la cabeza y haciendo que el factor cayera tumbado como un fardo sobre el duro suelo. Blaine se tiró sobre él, lanzándole un puñetazo tras otro, en un duro castigo, y una de las veces le asestó un terrible puñetazo que alcanzó a Grant en el antebrazo, que le dejó fuera de combate. Grant acabó cayendo definitivamente de espaldas rugiendo y barbotando maldiciones, medio inconsciente.
No era la cólera lo que hacía a Blaine actuar así, aunque se hallaba rabioso por la lucha y por la maldad inicua de aquel individuo al servicio del odioso Anzuelo, y no sentía miedo, ni confianza, sino la llana y simple lógica de que aquel camino emprendido era su única oportunidad, y que tenía o que acabar con aquel individuo que tenía frente a sí o sería acabado por su enemigo. Una vez conseguido aquel golpe afortunado, Blaine no le permitió rehacerse más. Le descargó un mazazo tras otro, mientras que tras la primera inconsciencia del hombretón del Puesto Comercial, comenzó nuevamente a defenderse con uñas y dientes como una fiera acorralada. Deliberadamente y sin misericordia alguna,Blaine le apuntó a la barbilla. El puñetazo fue algo monstruoso y la cabeza de Grant rebotó en el suelo con un ruido sordo. Aquello le dejó definitivamente fuera de combate. Rodó sobre sí mismo como un gigante desarticulado. Blaine dejó caer los brazos sintiendo el dolor de los nudillos y el punzante malestar de sus fatigados músculos.
Una sorpresa recorrió su mente, al comprender que hubiera sido capaz de realizar algo que le hubiera parecido imposible y de que él, con sus dos puños, hubiera podido abatir a aquel terrible bruto convirtiéndole en un enorme monigote ensangrentado. Comprendió que aquello no podía deberse a ninguna suerte, sino a la maravillosa y secreta información oculta en su cerebro que le había suministrado aquella criatura que vivía en su brillante estancia azul a cinco mil años-luz de distancia, al Color de Rosa, su medio otro yo. La frase había sido una orden que tenía el poder inmediato de hacer cesar a la piel soltar sus garras sobre lo que tuviera aprisionado. Sin duda, en alguna ocasión, en sus interminables vagabundeos por el espacio cósmico, el Color de Rosa había debido obtener toda la información concerniente al pueblo cactoide, y en el momento de máxima urgencia tales conocimientos habían pasado a formar parte de su propia mente, salvándole de una situación mortal de necesidad. Blaine se incorporó definitivamente comprendiendo que Grant no se movía y permanecía totalmente abatido.
«¿Qué haría entonces?» — se preguntó Blaine. Marcharse de allí, por supuesto, y tan rápidamente como le fuera posible. De no hacerlo así, muy rápidamente alguien del Anzuelo vendría en su busca a través del transo, al sospechar algo anormal por la falta de la llegada del prisionero. «Por tanto, tendría que huir nuevamente», pensó Blaine con amargura renovada. Correr y huir era la cosa que sabía hacer realmente bien hasta entonces. Estaba ya huyendo desde haría semanas y parecía que tal huida no iba nunca a tener fin.
Algún día debería detenerse en tal fuga. Tendría necesariamente que hacerlo en alguna parte, rehacer su vida y recobrar su propia estimación. Pero aquella ocasión no había llegado todavía para él. Aquella noche volvería a huir de nuevo; pero entonces huiría con un propósito definido. Entonces ya tenía algo por qué correr. Se dirigió hacia la botella que había sobre la mesa y la roció sobre la piel, que continuaba extendida sobre el suelo. Y después, de un puntapié furioso, la lanzó sobre los restos del fuego que aún ardía en la chimenea. Con el resto del licor en la mano, se dirigió hacia los géneros apilados en el almacén. Encontró unas balas de artículos fibrosos secos y muy combustibles. Acabó de rociar el contenido alcohólico de la botella sobre ellos y tiró la botella vacía a un rincón de la estancia.
Se volvió a la chimenea, levantó la rejilla y con una pala que encontró próxima al hogar sacó unos cuantos trozos encendidos de madera del fuego. Dejó caer los trozos ardientes de madera sobre aquellos géneros secos empapados en el licor y tirando la pala se dirigió al exterior. Las llamas surgieron inmediatamente envolviendo aquellas balas de fibras. Se extendieron rápidamente y comenzaron a cobrar fuerza. En cinco minutos más, aquello ardería en llamas por los cuatro costados. Todo el almacén sería un infierno y nada podría detenerlo El transo se reduciría a cenizas con todo ello y el rastro para el Anzuelo quedaría cerrado y perdido Se inclinó y agarró a Grant por el cuello de la camisa, arrastrándolo hacia la puerta, que abrió, tirándolo en el patio a unos treinta pies de distancia del edificio. Grant comenzó nuevamente a gruñir y a tratar da incorporarse sobre manos y pies; pero cayó sin sentido sobre el suelo nuevamente. Blaine se inclinó de nuevo y le arrastró a otros diez pies de distancia y comprendió que no tendría que golpearle más, ya estaba bien batido.
Blaine se encaminó por la larga avenida del pueblo y se detuvo un minuto esperando. Las ventanas del Puesto ya se hallaban llenas con el rugiente fuego de las llamas. Blaine le volvió la espalda y continuó andando avenida adelante.
«Y entonces, se dijo Blaine para si mismo, era una espléndida ocasión para enfrentarse personalmente con Finn». Dentro de pocos minutos la población estaría revuelta con el incendio del Puesto Comercial y la policía demasiado ocupada para molestar a un hombre que estuviera en la calle por la violación del toque de queda.
XXVI
Un grupo de gente permanecía en la puerta del hotel, atraída por el fuego, que rugía en la soledad de la noche, encendiendo el cielo de púrpura a dos bloques de casas más allá. No prestaron a Blaine la menor atención. No se advertía signo alguno de policía.
—Ya tenemos otro asunto con los enemigos del Anzuelo — decía un hombre a otro — Ahí ves qué mentalidad tienen, durante el día van a comerciar con ellos y por la noche se deslizan en la oscuridad y les prenden fuego a sus instalaciones…
—Te juro por Dios — dijo el otro hombre — que no veo por qué el Anzuelo se resigna a esto. Con lo fácil que les sería…
—Bah, al Anzuelo no le preocupa demasiado — repuso su interlocutor —. Yo estuve cinco años con ellos. Te digo que el sitio ese es fantástico…
«Reporteros de la prensa», se dijo Blaine a sí mismo. Un hotel lleno a rebosar con muchachos de la prensa venidos para presenciar lo que Finn iba a decir al día siguiente. Se fijó en el individuo que decía haber permanecido cinco años en el Anzuelo; pero no le reconoció en absoluto.
Blaine se adentró en el vestíbulo del hotel, que se hallaba vacío en aquel momento Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta para que nadie advirtiese el destrozo de sus nudillos, que llevaba ensangrentados. El hotel era una vieja instalación, tanto en el edificio como en la fornitura, y sin duda aquello no había cambiado desde hacía muchos años Todo estaba concebido al viejo estilo, ya muy pasado de actualidad, y se apreciaba enseguida el desagradable olor de la mucha gente que había pasado allí pocas horas bajo su techo. Unas cuantas personas estaban sentadas aquí o allá, leyendo un periódico o mirando distraídamente a cualquier sitio, con expresión aburrida. Blaine miró al reloj colgado encima de la recepción y marcaba exactamente las 11:30 de la noche. Se dirigió hacia el ascensor y a la escalera situada más allá.