El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]
- Автор: Саймак Клиффорд Д.
- Год: 1964
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- Переводчик: Francisco Cazorla Olmo
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
Blaine se aproximó lentamente hasta llegar a la altura de la mesa.
—Usted es Finn — dijo.
—Lambert Finn — repuso el hombretón con una voz profunda, con el tono del orador de oficio, que nunca abandona, incluso cuando no tiene que pronunciar ningún discurso. Blaine se sacó las manos de los bolsillos y las puso sobre el borde de la mesa. Se fijó en Finn, quien miraba con curiosidad sus nudillos ensangrentados.
—Su nombre es Sheperd Blaine, y debo participarle que lo sé todo con respecto a usted.
—¿Incluyendo que algún día intentaré matarle?
—Incluyendo eso también — repuso impertérrito Finn —. O al menos la sospecha de que piensa hacerlo.
—Pero no esta noche — dijo Blaine —, porque deseo contemplar su rostro mañana. Quiero ver si es cierto que lleva a cabo lo que se propone.
—¿Y por qué ha venido a verme? ¿Es eso todo lo que ha venido a decirme?
—Es más bien algo divertido — repuso Blaine —. Pero en su momento particular. No tengo otra razón por ahora. No podría expresarle exactamente por qué me he molestado en venir.
—¿Quizá para hacer algún trato conmigo?
—No había pensado realmente en eso. No hay nada de cuanto yo desee que usted pueda darme.
—Quizá no, señor Blaine; pero usted sí que tiene algo que yo deseo. Algo por lo que le pagaría largamente.
Blaine se le quedó mirando fijamente, sin responderle.
—Usted estuvo en tratos con esa máquina estelar — dijo Finn —. Y usted sería la persona ideal para explicar su funcionamiento y su objetivo, sabiendo cómo se conectan sus piezas internas y cómo trabaja. Usted podría explicar muy bien su historia, en fin. Y sería una magnífica evidencia.
Blaine dejó escapar una risita entre dientes.
—Usted me tuvo una vez en las manos — dijo — y me dejó escapar.
—Sí, fue cosa de aquel estúpido doctor — dijo Finn ferozmente —. Le importaba mucho que no se diera ningún escándalo en el hospital y que adquiriera una mala reputación.
—Podría usted escoger mejor a su gente, Finn.
Finn dejó escapar un gruñido de impaciencia.
—No ha respondido usted a mi proposición.
—Ah, se refiere usted al trato, ¿no es cierto? Eso sería algo de mucho precio. Un precio terriblemente alto.
—Estoy preparado a pagar — dijo Finn —. Y usted está falto de dinero. Usted es un pobre fugitivo sin blanca, con el Anzuelo a sus talones.
—Hace precisamente una hora — dijo Blaine —, el Anzuelo me ha tenido preparado para él asesinato.
—Y usted ha escapado — dijo Finn, moviendo la cabeza —. Vaya… quizá no se escape a la próxima vez. O a la otra siguiente. El Anzuelo nunca abandona su presa, ya lo sabe. Tal y como está la situación, no tiene usted la menor oportunidad.
—¿Se refiere usted a mí especialmente? ¿O a alguien más? ¿Y qué hay con respecto a usted mismo?
—Es a usted especialmente — dijo Finn — Usted conoce a Harriet Quimby, ¿no es cierto?
—Muy bien — repuso Blaine.
—Pues bien, ella es una espía del Anzuelo.
—¡Está usted loco de atar! — exclamó Blaine.
—Piénselo con calma y lo verá — le aseguró Finn —. Y creo que estará de acuerdo conmigo.
Permanecieron ambos hombres por unos momentos mirándose fijamente el uno al otro, y el silencio que surgió entre ellos parecía algo vivo, como si existiese una tercera presencia viviente en la habitación.
Un pensamiento sangriento surgió en la mente de Blaine: «¿Por qué no matarlo allí mismo?» Matarlo no habría sido nada difícil. Era un hombre fácil de odiar. No por sus principios solamente, sino personalmente, hasta las mismas entrañas. Todo lo que tenía Blaine que hacer era pensar sencillamente en el sufrimiento pasado a través del país huyendo acosado día y noche, durmiendo muerto de frío y de hambre, enterrado por un puñado de hojas de los árboles, buscando un refugio durante el día, marchando solitario como una bestia perseguida por la noche. Levantó el brazo para atacarle; pero a medio camino se detuvo.
Y entonces hizo algo, involuntariamente, sin haberlo pensado siquiera, sin haberlo planeado ni por un segundo, o por un pensamiento de un solo instante. Y mientras lo hacía, se dio cuenta de que no era él quien así obraba, sino la otra persona la otra parte de su mente, el espía enroscado en su mente. Ya que él no pudo hacerlo, ni habría pensarlo en realizarlo. Ningún ser humano lo haría.
—Intercambio mi mente con la suya — dijo Blaine automáticamente y con mucha calma.
XXVII
La luna se alzaba sobre los prominentes picos que se levantaban sobre el valle del río, y en el lecho, a lo largo del valle, una lechuza desgranaba tristemente sus rítmicos lamentos en el aire frío de la noche.
Blaine se detuvo en el borde del río junto a un boscaje de cedros de enmarañadas ramas inclinados sobre la corriente, como viejos encorvados por el peso de los años, permaneció tenso y a la escucha durante un buen rato. No se percibía nada, excepto el canto de la solitaria lechuza y el suave roce de las hojas que todavía colgaban de algunos chopos de Virginia, de una colina situada algo más abajo. Y como música de fondo, un sordo rumor producido por el murmullo de las aguas del gran río a todo lo largo y lo ancho de su gran cauce.
Blaine terminó por sentarse en el suelo, cuando se convenció de que nadie le perseguía ni de que era nuevamente cazado, junto a la sombra protectora de los cedros de la orilla. Por el momento el Anzuelo le dejaría en paz por el incendio del Puesto Comercial, y Finn tampoco le perseguiría, ya que después de lo sucedido sería el último que pudiera intentarlo. Blaine comenzó a recordar, sin la menor traza de piedad en su interior, la mirada que apareció en los ojos de Finn cuando intercambió su mente con la suya, la vidriosa y horrorizada mirada que dejó escapar de sus ojos sombríos, los ojos de un fanático predicador que había enmascarado todo su odio con la capa de algo que si no era precisamente una especie de religión, trataba de parecer que lo fuese, como un nuevo profeta del mal. —¡Qué ha hecho usted! — le había gritado con horror —. ¡Qué ha hecho usted conmigo!
Lambert Finn había sentido instantáneamente en su cerebro la mordedura de aquella cosa extrahumana, que le había hecho en el acto gustar la gran inhumanidad y el odio que había vertido sobre los demás y que procedía del propio Blaine.
—¡Cosa! — le gritó Blaine —. ¡Usted no es más que una repugnante cosa! Ha dejado ya de ser Finn. Ahora sólo es usted humano en parte. En adelante será una parte mía y algo de lo que he encontrado en un mundo distante cinco mil años-luz de la Tierra. Y espero que eso le sirva de provecho.
Finn había abierto la boca en el colmo del estupor y después la había cerrado como un cepo.
—Y ahora salgamos — le ordenó Blaine —. Y para que no haya malentendidos saldrá usted conmigo. Me pondrá usted un brazo alrededor del hombro como si pareciésemos hermanos. Me hablará usted como si fuésemos viejos y buenos amigos, y si falla en hacerlo, le prometo ahora mismo que yo sabré descubrir ante el mundo entero quién es usted.
Finn pareció vacilar.
—Exactamente, quién es usted — repitió Blaine —. Ante todos esos periodistas que esperan abajo como una manada de chacales hambrientos de noticias.
Aquello era demasiado para Finn, mucho más de lo que hubiera podido soportar.
«Porque allí había un hombre, pensó Blaine, que no podía permitir por nada del mundo ser alcanzado por la menor idea de hallarse mezclado en cualquier cosa relativa a la magia, el hombre de rígida moral, de barbilla dura y huesuda, hierático, vulnerable al menor escándalo y que no podía ser herido por la menor sospecha ni el más pequeño susurro contra su proceder». Por tanto, los dos salieron por el corredor y descendieron la escalera y pasaron a través del vestíbulo, cogidos del brazo y charlando en la forma ordenada por Blaine. Habían salido finalmente a la calle, donde las llamaradas del incendio del Puesto Comercial subían hacia el cielo, y anduvieron un buen trecho por la acera de la calle como si tuvieran todavía que despedirse con un último saludo. Y finalmente, Blaine se había deslizado por la larga avenida y había corrido en dirección al este, hacia las colinas del río.